De ahí que el Gobierno insista mucho más en la destrucción de la imagen del adversario que en promocionar de forma concreta sus propios logros. En este aspecto, se limita a una permanente operación de marketing de escaso calado, con un panglosiano todo va a lo mejor en el mejor de los mundos. Su objetivo principal consiste en la movilización de un electorado de izquierda que sorpresivamente acudió a votar el 14 de marzo de 2004 y que ahora puede tener sus dudas sobre la competencia política de un Zapatero demasiado seguro de sí, demasiado superficial y demasiado mendaz. El retrato que de él ha hecho su amigo y casi hagiógrafo Suso de Toro, en el libro Madera de Zapatero [ver p. 68] , nos da la imagen de un hombre enamorado de sí mismo y de su voluntad de poder, leninista en la gestión del partido y excelente maniobrero, de lo cual ha dado sobrados ejemplos al superar las catástrofes políticas por él causadas en la gestación del Estatuto de Cataluña y en el "proceso de paz vasco". Superficial, porque según explica en el prólogo a un libro del ex ministro Jordi Sevilla, "ideología significa idea lógica y en política no hay ideas lógicas". Hay que actuar sobre los datos del momento y para el momento siguiente, con tal de mantener el propio poder. Hábil en la maniobra, porque a pesar de todo logró incorporar al catalanismo moderado a última hora para que el Estatut, por encima de sus tremendas deficiencias, llegara a ser votado, y en el caso vasco, a fuerza de macerar las conciencias con que si erró fue por su buena voluntad de salvar vidas, ha conseguido ensombrecer una realidad de incumplimiento del acuerdo del Congreso. Hoy sabemos que el presidente no tenía datos ciertos de que ETA fuera a desarmarse y admitió una negociación política (aunque luego rechazase las aspiraciones de ETA), omitió una imprescindible información del proceso y sus resultados a la opinión pública, mintiendo al afirmar de modo solemne la "suspensión" de todo contacto tras el atentado de Barajas, y, en fin, según sus propias declaraciones a El Mundo , si mantuvo el diálogo en los primeros meses de 2007 eso fue a petición de instituciones internacionales. No las citó, pero una de las dos que le devolvieron al buen camino de "dialogante-por-encima-de-todo" fue el Sinn Fein. El Sinn Fein como asesor del Gobierno de España en el tema ETA. Sobran los comentarios.
El balance político del gobierno Zapatero tiene así dos caras de opuesto signo. Algunos de sus ministros, como Solbes o Alonso, han dado pruebas de una excelente capacidad. Ciertamente a favor de la coyuntura mundial y de la recepción masiva de inmigrantes, la economía ha crecido por encima de nuestro entorno europeo y Solbes, muchas veces en desacuerdo ante las ocurrencias de Zapatero y sus concesiones a Cataluña, ha sabido dirigir el país hasta un nivel óptimo de bienestar, por desgracia ahora puesto en cuestión ante la perspectiva de un cambio de ciclo. Otro buen ejemplo: el ministro Alonso en Interior. Supo asumir la difícil herencia del 11-M y desde entonces la política de su ministerio, por encima de la pasividad de Educación y en parte de Justicia, ha contenido eficazmente las amenazas terroristas. En la modernización de los usos sociales, desde la unión de homosexuales a la enseñanza de la Ciudadanía y a las leyes asistenciales, el Gobierno Zapatero ha ofrecido la excelente imagen que le convirtió por el momento en innovador de la socialdemocracia en Europa. Ello sirvió además para marcar una divisoria frente a una derecha católica que es hoy una sucursal poco documentada pero muy agresiva de la nueva política de "soberanía de Dios" propugnada por Benedicto XVI. Paradójicamente, la movilización de los obispos y de sectas como los kikos , si bien constituye una amenaza para la convivencia civil a medio plazo, de momento avala la asociación entre voto popular y extrema derecha, que puede llevar a una parte reticente del electorado a votar PSOE.
La vertiente negativa corresponde a la política de Estado, allí donde el estilo de hacer política de Zapatero provoca desviaciones más espectaculares. Como el bulldog con que le compara De Toro, Zapatero es poco inteligente, se forma opinión de los grandes problemas sin cuidarse de las ideas y sí de las conveniencias a corto plazo, y una vez ha mordido con la decisión, ya no suelta el mordisco pase lo que pase. Le sucedió en el caso catalán, a cuya puesta en marcha fue arrastrado por las ideas del nuevo catalanismo de Pasqual Maragall, de raíz progresista y fondo arcaizante, con la Corona de Aragón en la lejanía y la perspectiva de consolidar su presidencia en lo inmediato. Luego, a la vista del desastre, sólo hubo tiempo de alcanzar una solución cargada de problemas, productora de frustraciones y amenazada por la declaración de una evidente inconstitucionalidad.
De paso, la batalla por el control del Tribunal Constitucional mostró la escasa importancia que populares y socialistas confieren a la independencia del poder judicial. La maraña en torno al "proceso de paz" aumentó aún más la sensación de que Zapatero reproduce la vieja posición del rey absolutista Jacobo i de Inglaterra, de los jueces como leones bajo el trono. En la agonía de la tregua de ETA, el paso al hospital del terrrorista De Juana, la semilegalización de ANV, el testaferro de Batasuna, la tolerancia hacia las actividades públicas de ETA, el olvido total de las víctimas, fueron las muestras de una subordinación del judicial al ejecutivo, incompatible con los principios del Estado de derecho. A favor de que los medios de comunicación próximos al PP se dedicaban a un bombardeo masivo, sin precisiones, el Gobierno pudo salvar tales escollos al establecer de un flujo circular con sus propios medios, orientado en cada momento a proporcionar la versión de los contecimientos deseada por el Gobierno. Así, no era el gobierno quien explicaba la negociación fallida con ETA, sino su prensa y su televisión afines. Y si no había argumentos, entraba en juego el espejo para poner en primer plano el boicot a la paz ejercido por el PP.
Progresismo y buenas intenciones de fachada, oportunismo y manipulación de fondo. En unas recientes declaraciones en televisión, la secretaria de Exteriores para América Latina, Trinidad Jiménez, ofrecía un perfecto ejemplo de ese lenguaje engañoso: a su juicio, la democracia progresa en todos los lugares en América Latina, desde hace un par de décadas, y ahí están Argentina y Brasil; del progreso de la democracia en Venezuela y en Cuba, ni palabra. Así, España ha logrado sin nada a cambio que Cuba supere las sanciones de la Unión Europea, trata con "respeto" a Putin sobre Chechenia, abandona a los saharauis, apoya a Chávez, invita a Irán al Foro de la Alianza de Civilizaciones para que su viceministro acuse a los Estados Unidos de terroristas y apoya la aspiración europea de Turquía, lo que en sí mismo es muy justo, pero como un cheque en blanco y sin que el espectro del abuelo fusilado por los franquistas, siempre esgrimido por el presidente, le obligue a pedir un cambio de actitud turco sobre el genocidio armenio o en la política de protección de las minorías cristianas. No ha de extrañarse Zapatero de que en sus grandes iniciativas quede siempre aislado.
Por encima de todo, ha hecho tambalearse el delicado equilibro en que se encontraba el Estado de las autonomías, abriendo un camino incierto cuyo horizonte más próximo sería una confederación, y el de mayor riesgo, antes inexistente, la segregación. Los nacionalismos conocen el precio que pueden hacer pagar después de las elecciones a un Zapatero cuya prioridad es mantener la presidencia. Acuerdo sobre la Constitución (¿?) con el Partido Popular, coaliciones con CIU y PNV para "dar estabilidad al Estado". Aceptando el referéndum pro-autodeterminación enmascarado que contra viento y marea quiere llevar adelante Ibarretxe en octubre próximo a cambio de sus votos de investidura? No es momento para hablar de eso. Es tiempo de elecciones.