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Letras Libres 75 Letras Libres

La censura y los medios. El regreso de la isegoría

por Antonio Elorza
Letras Libres nº 75, Diciembre 2007

Número de páginas: 5
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Los riesgos afectan en consecuencia también a la interactividad, convertida en emblema de una participación libre de los ciudadanos en los medios. No hay debate televisivo o por radio que se precie en que falten unas gotas de intervenciones procedentes de los espectadores, supuestamente para integrar la opinión de la calle , del mismo modo que en la prensa resultan indispensables desde tiempo atrás las cartas procedentes de los lectores. Indudablemente esta inclusión de los receptores en el proceso de emisión tiene un resultado muy positivo por lo que toca al grado de libertad de expresión, y por tanto de isegoría. Eso sí, siempre que no sea objeto de una manipulación deformadora. Interactividad manipulada no es signo de libertad, sino de obstáculo para la libertad. Es algo que recuerda el elogio irreflexivo de toda movilidad social ascendente como indicador de la democracia, sin tener en cuenta que eso depende de cuál sea el sujeto y cuáles los procedimientos que propician esa movilidad. Ningún régimen político favoreció más la perspectiva de un ascenso social ilimitado que el despotismo otomano: un esclavo podía llegar a ser visir, aunque con el pequeño riesgo de que su señor, el sultán, truncase la brillante carrera enviándole un día al triunfador una cuerda de seda para que él mismo se estrangulara.
De hecho, son muy amplias las posibilidades de manipulación a la hora de filtrar las llamadas de oyentes o espectadores a un programa, o incluso en las secciones de cartas de lectores de un periódico, a efectos de que los mensajes contenidos en las mismas refuercen las valoraciones de la emisión, ora por su calidad, ora por su torpeza, en el caso de proceder de un discrepante. En las cartas de lectores, cuando se trata de defender un artículo de opinión situado dentro de la línea general , la inclusión de una carta crítica puede verse acompañada de otra de elogio al comentarista amaestrado, previamente dispuesta para poner lo que en el vocabulario del baloncesto se denomina un tapón. O la incómoda no se publica, y punto.
Cabe pensar que el ideal de un Gran Manipulador en los medios consiste hoy en un monopolio de emisión ejercido bajo la cobertura de un bosque de blogs, foros, mensajes de receptores, de significación final nula, si es que no sirve para reforzar el contenido de la línea política del medio en cuestión. Como siempre, y aquí con especial cuidado, el poder ha de estar sometido a un estricto control desde el exterior para no evitar que se ampare en una falsa isegoría.
4. La revolución impulsada desde internet afecta asimismo a los sistemas de censura. Los tradicionales permanecen, tal y como fueron implantados en el siglo XIX para la prensa, en todo caso adaptados a lo largo del siglo XX a la radio y a la televisión. Siempre ha existido una agilización de la censura, por efecto de una mayor rapidez en las comunicaciones, y del mismo modo, el emisor trata de ajustarse a los cambios, sobre todo jugando con la homogeneización del lenguaje para disimular los posibles objetos de sanción y con la rapidez del proceso de difusión de escritos y palabras. Un programa en directo no admite la censura de las respuestas del invitado, lo cual se intentará corregir desde el medio en cuestión mediante la cuadratura del círculo del "directo en diferido", que por ejemplo permite, sin introducir cortes, hacer inaudibles las intervenciones políticamente incorrectas (y pienso en un programa de debate así titulado). Aunque casi siempre sea más fácil no invitar al opinante incómodo. La imbricación entre poder económico y medios de comunicación se mantiene en los mismos términos que antes: la retirada de un sponsor o de un importante contrato publicitario sigue siendo un procedimiento muy eficaz e indoloro para eliminar los contenidos indeseables. La novedad reside en la aparición de un inesperado tipo de censura a escala de la globalización. Hubo ya un primer ensayo imperfecto, en este sentido, a lo largo de las décadas de existencia del bloque comunista. Las corrientes ideológicas, los autores, los símbolos, excluidos de la comunicación en el conjunto de países del "socialismo real", sobrevivían lógicamente en el llamado "mundo libre", pero en los casos de mayor relieve se veían sometidos a la presión de las organizaciones comunistas, actuando como grupos censurantes. La eficacia era casi siempre limitada, ya que esa presión censoria se ejercía en el plano institucional o mediante movilizaciones, pero entonces como protesta justamente por no haber sido lograda la prohibición del "enemigo de clase".
Con el radicalismo islámico tales obstáculos desaparecen y la censura puede ser ejercida en un ámbito mundial, de acuerdo con el carácter también mundial de la umma o comunidad de los creyentes. El enorme eco obtenido en todo el mundo musulmán por la fatua del imam Jomeini contra el escritor Salman Rushdie como sanción por la supuesta blasfemia contenida en sus Versos satánicos, fue la prueba de que un elemento en apariencia consustancial a la libertad, la difusión generalizada de la noticia, podía convertirse en un agente de represión y acción punitiva de gran eficacia. El principio de que todo creyente ha de asumir la responsabilidad de "ordenar lo prescrito y prohibir lo condenable", es decir, de convertirse en ejecutor de los mandatos de la sharía, tanto para forzar a todos a su cumplimiento como para impedir y castigar las infracciones, reveló todo su potencial, reduciendo al escritor a la condición de alimaña acorralada. Situación que se ha repetido a partir de septiembre de 2006 con el profesor francés Robert Redeker en calidad de víctima por haber publicado un artículo en Le Figaro donde recomendaba al "mundo libre" plantar cara a la difusión del discurso de violencia islamista.
A fines de los años ochenta, momento en que tiene lugar la condena de Rushdie, falta todavía una premisa para que cobre forma la censura islámica a escala mundial: la entrada en escena de unas redes de comunicación globales que permitan transmitir las noticias y los mensajes desde un punto de vista islámico. Es lo que por una parte va a lograr la cadena de televisión Al-Jazeera, cuya versión informativa alcanza a los telespectadores musulmanes en la práctica totalidad del planeta, sentando así las bases de una umma o comunidad de los creyentes real, hasta entonces simple supuesto teórico. Paralelamente, la generalización de las páginas web hace posible una masiva propaganda islamista, e incluso yihadista, presente hasta hoy mismo en la red como si la cadena de atentados iniciada el 11- S nunca hubiera tenido lugar. En los años sesenta o setenta, los colectivos musulmanes de Asia apenas tenían noticia del conflicto de Oriente próximo. Hoy cualquier noticia que afecte al mundo musulmán, y en particular los conflictos de Irán y Palestina, se difunde de inmediato como reguero de pólvora, provocando las consabidas reacciones.
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