El desplazamiento de la fama por obra de la celebridad es un fenómeno típico de la sociedad individualista e igualitaria en la que vivimos y, como proceso, es irreversible. Es nuestra manera de elaborar la vanagloria, puesto que fama o celebridad se sostienen en una misma enfermedad del deseo, la vanidad , aquel vicio que los viejos moralistas griegos y romanos no se cansaban de desaconsejar en sus máximas pero que, como prueba la experiencia de todos los tiempos, no puede separarse de la condición humana, quizá porque sirve a la afirmación de uno mismo en medio de la nada. La vanidad nace en la experiencia del amor materno, como la mayor parte de los defectos y los vicios que abruman la vida adulta de hombres y mujeres sin distinción; y siempre dice lo mismo: se manifiesta como un reclamo obstinado de llamar la atención -cuando mamá no nos ha querido tanto como hubiésemos deseado; o como pulsión de repetición -cuando mamá nos ha mal acostumbrado a gozar de unos favores que sólo ella es capaz de dispensarnos; y como hay muchas maneras de ser madre también hay muchas, infinitas, maneras de ser vanidoso. Unas son divertidas o buenas y otras son insoportables para los demás, pero lo cierto es que sin vanidad no habría ni arte ni escritura, no habría erotismo ni música, las mujeres tendrían vello y bigote y los hombres mal aliento y muy probablemente no habría nada cómico ni irónico en nuestros intercambios. Nadie escapa al influjo de la vanidad, poderoso temple que surge de ese amor por uno mismo que en última instancia es lo que nos sostiene con vida y nos hace esperar que alguna vez nos sobrepondremos a la desgracia de haber nacido. De manera que más vale desconfiar de quienes se reclaman libres de su influencia. Con toda razón observa Montaigne que es inútil luchar contra la vanidad de la fama, porque incluso quienes se enorgullecen de haberse sobrepuesto a ella no suelen resistir la tentación de hacerse famosos por haberlo conseguido, lo declaran o lo escriben o lo hacen saber por cualquier gesto, ya que ningún placer tiene sabor si no se encuentra a alguien a quien comunicárselo.
Por otra parte, el deseo de hacerse famoso es también un intento desesperado, aunque callado, de escapar a la muerte, en la inútil esperanza de que más tarde estaremos de alguna forma en condiciones de verificar cómo hemos escapado a ella. Más aún, creemos que una vez alcanzada la inmortalidad a través de la fama, seguiremos gozando de ella.
No obstante, en el anhelo de fama, no en el afán de celebridad, hay algo más que la característica vanidad o la ambición infantil del trepador. Puesto que la fama es también una forma especial de la experiencia de uno mismo, alcanzarla implica representarse a través del conocimiento real o imaginario que de uno tienen los demás. En este sentido, quien desea la fama, por una parte la anhela como compensación a su finitud, ganado por la certera conciencia de que va a morir, pero también como parte de un extraño deseo de objetividad . En efecto, al famoso le cabe el premio de haber conseguido escapar, por una vez, a esa cárcel inexpugnable que es el yo.