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Letras Libres 74 Letras Libres

La fama de la fama

por Enrique Lynch
Letras Libres nº 74, Noviembre 2007

Número de páginas: 4
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Ahora bien, esta sombra que anuncia al famoso suscita un tipo diferente de prestigio: la fama de la fama, que es lo que atrae poderosamente la atención de quienes desean medrar a toda costa. Los que dedican ingentes esfuerzos y energías y cometen toda clase de iniquidades para ascender en su posición relativa o para alcanzar méritos y reconocimientos que, por naturaleza, no les está dado detentar, adoran la fama de la fama. No procuran alcanzar una condición que les dará renombre sino que buscan la fama que los entronizará en una posición. Son los que inflan sus curricula , los que verifican el centimetraje en el espacio que les dedica la prensa o comprueban si lo que han publicado está en página par o impar y llaman una y otra vez a la redacción para apoyar sus artículos, o bien se esmeran en adular al poderoso o al personaje influyente que, en su imaginación y en su esperanza, puede darles la notoriedad que sus propios actos o virtudes no consiguen reportarles. En todas las épocas y en todos los medios ha habido individuos así, pero sólo en nuestras sociedades, donde ya no hay jerarquías naturales y se han roto todas las estirpes y las tradiciones, los patrones de la notoriedad y de la fama han sido sustituidos por la lista curricular de los méritos o por el culto a la celebridad. De este modo se da pábulo, profesión, aliento y esperanza a una verdadera hueste de advenedizos. De ahí que, aunque en cierto modo nuestras sociedades, que abominan de las esencias, son más justas y equitativas, al mismo tiempo, son mucho más vulnerables a la acción de estos individuos inesenciales que carecen de escrúpulos; y sucumben al arribismo, la demagogia y la trivialidad, porque los ardides de los arribistas y de los que medran a toda costa casi siempre dan resultado. El escenario entero de la vida moderna: la política, la cultura, la economía, el arte, las instituciones académicas y científicas, los deportes, los medios de comunicación, etcétera, allí donde haya público, está colmado de esta especie de individuos, lo que muestra sin lugar a dudas que el medrador tarde o temprano se sale con la suya. La archicitada boutade de Andy Warhol ("A todo el mundo le llegan en algún momento los quince minutos de celebridad") no hace más que sintetizar, en forma de eslogan, una pauta vigente en todos los órdenes de la existencia contemporánea.
Pero ¿es ésta la fama de la que hablaban los griegos? Yo diría que no; que, como sagazmente ha observado Zygmunt Bauman, nosotros llamamos "fama" a su variante plebeya: la celebridad , versión democrática y populista que, como fenómeno social, resulta harto notable en España, una sociedad que ya era plebeya antes incluso de que se hiciese democrática. Quizá sea en la sociedad española donde se muestra la celebridad en toda su obscena, flagrante y rotunda presencia. A diferencia de lo que sucede con la fama, que precede y, por esto mismo, redimensiona a quien la detenta, la celebridad es como un reguero o el eco que produce el murmullo ensordecedor que sale de los comistrajos de la plebe. La sociedad y la cultura españolas conocen muy bien este ruido cuya resonancia más notoria se difunde a través de la denominada prensa rosa o del corazón, pero cuya pauta llega a todos los ámbitos, incluso a la forma en que se resuelven las querellas políticas y la discusión de los asuntos públicos, trátese de quién ha cometido un atentado cruel o de especular acerca de un noviazgo en la Casa Real o de una complicada operación financiera. El precio de la celebridad lo pone una habladuría y se inscribe en la conciencia de las gentes en forma de cháchara de tertulia. Que estas tertulias sean hoy en día públicas, televisivas, radiofónicas o que se propaguen en los chats o en el marco de algún blog muy visitado, es lo de menos. La tertulia española es casi una matriz constitutiva del trasiego de la opinión y el cotilleo y en cierto modo, la expresión de la autoconciencia nacional más auténtica, de donde la condición de ser célebre en España sólo llega merced a alguna habladuría. "Que hablen de mí, aunque sea mal", decía (según he oído, por cierto, de una habladuría) Dalí, astuto instrumentador de los mecanismos que rigen la notoriedad y personaje célebre entre todos los personajes célebres.
Sin embargo, la fama es, como decía Jon Elster, un estado que es "esencialmente subproducto", como el sueño o la lujuria. No acontece como resultado de un acto deliberativo, de una decisión. Un individuo se hace famoso pero no decide o escoge serlo, tan sólo puede decidir hacerse célebre . En efecto, puedo echarme a descansar pero el sueño, como un dios, viene o no viene (y no digamos, la lujuria). La celebridad, en cambio, puede ser y es objeto de programa y de estrategia, incluso a veces consiste en inventarse a uno mismo como personaje. Así confiesa haberlo hecho, por ejemplo, Carlos Barral cuando describe con detalle en sus memorias la forma en que dispuso transformarse en "Carlos Barral". No dejó nada a la improvisación: escogió su vocabulario personal y su indumentaria, hizo suyas las referencias marineras, la pipa, la barba recortada, la capa negra, la melena ensortijada, la camisa desabotonada en el pecho que dejaba a la vista varios collares dorados desparramados. Hasta el Capitán Argüello , su pequeño barco, pasó a formar parte del personaje que Barral había creado para sí con tanta eficacia como sus poemas.
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