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Letras Libres 74 Letras Libres

La fama de la fama

por Enrique Lynch
Letras Libres nº 74, Noviembre 2007

Número de páginas: 4
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Se suele interpretar la pauta de diferencia que hace de un individuo alguien famoso como un aura que devendría de haber realizado una proeza. Sin embargo, sabemos de sobras que el valor de las hazañas cambia con el paso del tiempo y que el aura de algunos individuos es cualquier cosa menos natural. Durante siglos, Sandro Botticelli figuró como artista en los catálogos y las historias del arte pero sin que nadie le atribuyese virtudes especiales hasta que un crítico, Walter Pater, al que le faltaba un genio para completar su panorama de la pintura del Quattrocento , resolvió incorporar las pinturas de Botticelli a su lista de obras geniales. De este modo un tanto arbitrario, una figura relativamente poco relevante se convirtió en uno de los representantes paradigmáticos del Renacimiento italiano, categoría que sólo más tarde y con criterios comparativos supuestamente fundados en principios teóricos e iconográficos solventes sería corroborada y consagrada por Aby Warburg. El "descubrimiento" del "aura" de Botticelli fue más bien una construcción, lo mismo que su convalidación moderna, cosa que no tiene por qué sorprendernos: lo cierto es que no hay tal aura, ni carisma, a menos que creamos en los espíritus (lo que no es el caso).
La fama no es la exposición o el efecto de ningún aura. ¿Qué entonces? ¿Hay acaso una cualidad innata que convierte en afamado a un individuo y a su obra en sobresaliente, una condición que los antiguos identificaban con lo elevado ( to hypsous , fórmula que Boileau tradujo con la idea de lo sublime) y que se manifiesta en unos pocos tanto como escapa a las facultades de la mayoría? Quizá, pero no hay manera de comprobarlo. Del fundamento de la fama no podemos saber casi nada, entre otras razones, porque su desencadenante es función de los millones de miradas que se concentran en el famoso y, por lo demás, quienes no han alcanzado la fama jamás lograrán dilucidar su misterio mientras que, quienes ya son famosos, guardan celosamente el secreto de su éxito, o están tan ocupados en disfrutar de su condición que no tienen la disposición de ánimo para ocuparse del asunto.
Los griegos antiguos, que lo pensaron casi todo y eran además muy dados a celebrar las muchas dimensiones de la fama, usaban tres categorías diferentes para hablar de ella: distinguían entre kydos , especie de lustre o maná que se gana por haber alcanzado el éxito en alguna empresa; kleos , mérito que no es del hombre sino de su trabajo o de su esfuerzo y que convierte ese trabajo en algo que merece ser narrado; y tym e , es decir, el honor o el estatus que hace a un hombre diferente de los demás. Así pues, los griegos pensaban que la fama llega a quien posee cualquiera de estas condiciones, que siempre son sancionadas y cantadas por los poetas; y aunque es obvio que un personaje afamado puede poseer alguna o todas estas cualidades al mismo tiempo, la clasificación resulta especialmente interesante para nosotros porque no sólo nos permite discriminar entre modelos de fama sino entre formas de rendirle culto, o sea, entre diferentes maneras de mirarla. Se diría que a cada fama corresponde un tipo de mirada, un estilo en la admiración. Y, si echamos una vista hacia el pasado, comprobaremos que hay épocas en que una manera de lograr la fama predomina sobre las otras, aunque siempre sucede que el personaje famoso que es mirado -o sea: odiado, vigilado, imitado, envidiado, escrutado...- es ad -mirado por sus actos, o por su jerarquía descollante o por haberse transformado en otra persona en virtud de circunstancias excepcionales.
En el carisma del famoso reconocemos sobre todo su sombra. Sea kydos, kleos o tim e , la fama es una sombra, pero a diferencia de la sombra corriente, no sigue sino que precede y anuncia al individuo famoso. Rudyard Kipling en The man who would be king nos da una versión plausible de este fenómeno cuando describe la portentosa transformación que sufre Daniel Dravot, el aventurero inglés que, tras salvar la vida por casualidad en un combate, se convierte en una especie de semidiós para las tribus afganas. Igual que le sucedió hace veinticinco siglos a Alejandro Magno, en la novela de Kipling el temerario masón inglés Dravot gana batallas sin necesidad de librarlas, por la sola resonancia mágica que, a los ojos de los primitivos afganos, acompaña todos sus movimientos. Es la versión desencantada de la gesta del macedonio que, tras derrotar a los persas en Gaugamela, se lanza a la conquista de Asia. Nada impide el avance de Dravot que, precedido por su fama, recibe constantes vasallajes y tributos sin realizar un solo disparo. Sus hazañas, como las de Alejandro, ya no son correlato de ningún portento ni reflejo o resplandor de ningún aura. No es la estela de un paso ni una composición ex-post creada por admiradores sino una condición casi transcendental como la que se alude en el conocido adagio envidioso: "Hazte fama y échate a dormir". La historia de Dravot, como la de Alejandro Magno, podría servir como parábola: se llega a ser famoso cuando ya no es preciso demostrar nada, cuando la fama, sombra prodigiosa que nos precede, nos exime de toda realización. No es preciso probar lo que somos: una vez alcanzada la fama basta con dejarse anunciar por ella.
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