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Letras Libres 74 Letras Libres

La fama de la fama

por Enrique Lynch
Letras Libres nº 74, Noviembre 2007

Número de páginas: 4
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No todas las famas son iguales. Una es la meritoria de los griegos, otra la estridente y hueca celebridad que impera en nuestra sociedad. Pero ambas comparten, nos dice Enrique Lynch, una raíz inevitable: la vanidad, que unos saben llevar con gracia y otros con grosera desfachatez.
El filósofo norteamericano Stanley Cavell publicó en 1981 un libro algo extravagante donde analiza los elementos éticos y la moral implícita de las comedias clásicas de Hollywood. En la portadilla de este libro se puede ver una foto de Cary Grant.
Está sentado, vestido de smoking y con el brazo derecho cruzado sobre el respaldo de la butaca mientras mira serenamente hacia el objetivo de la cámara. Atraviesa su rostro una amplia sonrisa, con el gesto típico de autocomplacencia que lo hizo famoso y la profunda hendidura del mentón que habría de consagrarlo como patrón de belleza. Al pie de la foto se puede leer una frase sin referencia que se supone es del propio Cavell. La frase dice así:
"Este hombre, en palabras de Emerson, lleva la fiesta en los ojos; está dotado para soportar la mirada de millones de personas."
No sé por qué la foto y la frase me impresionaron tanto (por cierto, bastante más que el libro).
Muchas cosas se podrían comentar acerca de esta fotografía. Por una parte, tiene algo gratificante. Alguna cualidad hay en esta imagen que complace de inmediato al observador, probablemente debido a que, como es archisabido, Cary Grant era un individuo con una poderosa seducción personal. No sólo era un hombre muy apuesto sino que, además, a diferencia de otras bellezas que inspiran respeto o circunspección, la suya suscita simpatía, lo cual hace de su perfil como actor un carácter idóneo para la comedia. Cualquier gesto de Cary Grant, un mohín distraído o uno de sus característicos ademanes galantes, basta para que el espectador entable con el personaje representado por él una complicidad que está más allá del papel o de la función que le está asignada en la trama.
En esta instantánea, por otra parte, hay muchos otros elementos que llaman nuestro interés: la indumentaria de etiqueta que Grant luce, como siempre, de forma impecable, el escenario -una elegante reunión de sociedad en un lugar distinguido- y la expresión, que transmite desapego y displicencia que no son ni frívolas ni impostadas: Grant mira hacia la cámara con dominio absoluto de la escena y de su papel en ella, de tal modo que enseguida se nota que el sesgo de la toma ha quedado invertido. Parece como si fuera él y no el fotógrafo, quien nos tiene bajo control. En la relación imaginaria que se establece entre nosotros y la foto, él es la instancia dominante.
A esto se añade la cita de Emerson, que asocia la mirada resplandeciente de Grant con una ocasión festiva y el comentario de Cavell que, por decirlo así, se desmarca de la toma al interpretar la simpática altanería de Grant como el signo que nos traslada a una dimensión paralela de la imagen: lo que importa es que este hombre esté dotado para soportar, incólume, innumerables miradas. En cierto modo, el comentario pareciera implicar que Cary Grant gozó de fama incomparable porque fue capaz de trascender la natural disposición de los individuos a mantenerse ocultos, como aconsejaba Epicuro; y de mostrarse con singular desparpajo, ofreciéndose sin tapujos a la mirada y curiosidad de su prójimo.
Se admite que esta capacidad y las condiciones personales asociadas con ella (la desvergüenza en un sentido que no es moral, el exhibicionismo o la ausencia absoluta de pudor) o bien son atributos de personalidades muy poderosas a las que les tiene sin cuidado la opinión de los demás porque siempre se salen con la suya; o, paradójicamente, son propias de caracteres muy débiles. De hecho, se suele decir que los mejores actores y las actrices más versátiles son los que carecen de toda estima por ellos mismos, que son hombres y mujeres vacíos e inidentificables, cualidades negativas que no obstante les permiten asumir con eficacia y convicción cualquier papel que les encarguen. Pero la frase de Cavell sugiere además otra cosa, no tanto que a Cary Grant le faltara la estima de sí y el recato necesarios cuanto que, por el contrario, poseía una cualidad insólita reservada a los dioses: la capacidad de recibir inmensas cantidades de amor sin corresponderlas; o sí, pero sólo por medio de gestos destinados a ganarse aún más, si cabe, el afecto o la admiración de quienes los observan arrobados.
Todas las grandes estrellas de cine tienen esta virtud y no importa demasiado que sea una habilidad aprendida o innata o que la hayan adquirido porque sean objeto de amor indiscriminado. Semejante juicio sería, por otra parte, indicio de resentimiento. Tampoco tiene sentido pensar que esta capacidad les llega solamente por efecto de su fama. No adquieren el don de soportar la mirada de los demás porque se hayan hecho famosos, más bien es al revés. Se hacen famosos porque ya lo poseen , por eso la fama de que gozan es un misterio.
Se me podría objetar, con razón, que por este procedimiento invierto el sesgo de la mediación que se establece entre el personaje famoso y la admiración de que es objeto, que añado un elemento más a la condición extraordinaria de alguien que goza de fama y no atiendo a ninguna de sus realizaciones, que adopto una actitud esencialista. Sin embargo, está claro que la sociedad y la cultura que han encumbrado a estos personajes no presta tanta atención a sus proezas o realizaciones sino que escoge , por decirlo así, a quién quiere adorar, y muchas veces lo hace a tenor de esta extraña capacidad que es soportar la mirada de millones de personas. Weber lo llamaba "carisma", nombre que, por cierto, no aclara gran cosa. El carisma del individuo que alcanza la condición de famoso es ante todo la capacidad de serlo , y ser famoso es atraer y soportar la mirada o la atención admirativa de millones de personas. Einstein, pongamos por caso, alcanzó renombre por sus contribuciones sobresalientes a la física y la matemática pero sobre todo ha sido famoso porque de algún modo supo responder como Einstein, como eminencia científica, es decir, supo estar a la altura de su papel de "Einstein", esa investidura que sus realizaciones lo habían llevado a asumir. Sin embargo, ¿cuántos científicos hay o ha habido que han contribuido en igual o mayor medida que él al conocimiento del universo y, no obstante, son absolutos desconocidos para la mayoría de las gentes? Lo mismo podría decirse de Picasso, quien sin duda descollaba como pintor de genio pero que sobre todo demostró una notoria habilidad para "hacer de Picasso", un papel que, tanto o más que su obra como artista, le proporcionó fama.
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