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Letras Libres 73 Letras Libres

Vargas Llosa entre cajas

por Vicente Molina Foix
Letras Libres nº 73, Octubre 2007

Número de páginas: 2
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¿De qué forma articula el dramaturgo esa totalidad en el escenario? Tengo sólo un recuerdo difuso y no del todo satisfecho de la puesta en escena de La señorita de Tacna en los primeros años ochenta (ahora ha vuelto la obra a las tablas, con la misma y extraordinaria Norma Aleandro), pero me parece que el teatro de Vargas Llosa necesita, o necesitaría, de un gran director-narrador, cualidad ésta que algunos de los más famosos metteurs-en-scène no poseen (y es una carencia responsable, por ejemplo, de los últimos y sonados fracasos al montar en España a Valle-Inclán, otro novelista y dramaturgo total). Lanzando un reto al futuro de sus puestas en escena, el propio Mario Vargas Llosa lo insinuó en 1985, poco antes de publicar La Chunga , al hablar del anhelo de una corporización teatral que explore en los escenarios nuevos caminos, "en vez de seguir transitando, cacofónicamente, los tres modelos canónicos del teatro moderno que, de tan usados, comienzan ya a dar señales de esclerosis: el didactismo épico de Brecht, los divertimentosdel teatro del absurdo y los disfuerzos del happening y demás variantes del espectáculo desprovisto de texto".
¿Cómo le sienta al impetuoso autor de Conversación en La Catedral y La fiesta del Chivo la limitada caja del teatro? Sus mundos novelescos y dramáticos coinciden (hay en las piezas ecos y préstamos de las novelas), al igual que reaparece en escena la obsesión del autor -entre epistemológica y policial- por la búsqueda de la verdad: de un crimen, de una traición, de una noche de amor, corriendo gustosamente, ficcionalmente, el riesgo de perderse, mientras inquiere, en las apariencias. Pero hay algo que este poderosísimo relatador de historias, este gran creador de tiempos ilusorios y auténticos seres imaginados, le concede más en exclusiva a su producción escénica, haciendo de ella una esfera mental donde ir a soltar sus más indómitos fantasmas personales. El escenario como lugar simbólico de liberación, el más idóneo, y cito de nuevo al autor, "para representar el inquietante laberinto de ángeles, demonios y maravillas que es la morada de nuestros deseos".
En los últimos tiempos, el síndrome de la subida del telón se ha apoderado tanto de Vargas Llosa que nos hemos encontrado con el Mario intérprete, casi al modo de esos formidables actor-managers del xix británico, organizadores, autores o reescribidores de textos clásicos y "matadores" después de gran prestancia en los grandes coliseos londinenses. La fascinación que como espectador he tenido ante sus espectáculos de "recuento" escenificado junto a la actriz Aitana Sánchez-Gijón (en La verdad de las mentiras y Odiseo y Penélope ) ha sido compartida, como se sabe, por públicos muy numerosos de aquí y de allá, anunciándose ahora una continuación orientalista de lo más apetecible. Pienso, con todo, que esta atrayente faceta del Mario actuante es sólo una extensión depurada de su teatro anterior, y en particular de mi pieza preferida entre las cuatro suyas que conozco, La Chunga , menos ambiciosa quizá en su campo de acción dramática pero muy lograda en el planteamiento de las alteridades que tanto atraen al Vargas Llosa comediante. No habiendo en La Chunga , al contrario que en La señorita de Tacna o Kathie y el hipopótamo , la figura de un escritor que a la vez que interviene como personaje compone la obra, el autor despliega en el "barcito de gentes pobres y dudosas" de Piura donde coinciden La Chunga, la hermosa Meche y los disipados Inconquistables, un abanico de personificaciones cambiantes y sustitutivas, de verificaciones, falsías o silencios sobre lo que realmente pasó en el altillo del bar entre Meche y La Chunga.
El mismo juego de máscaras y sondeos de la ficticia verdad que ahora, con su brillante compañera de reparto, Vargas Llosa adopta muchas noches al descubierto ante las candilejas de los teatros.
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