Antes de continuar con el hilo de esta idea, déjenme describirles esta ciudad tal como la conocí cuando era niño y tal como ahora la veo, a las puertas de mi senectud. Se trata de una historia que abarca más de sesenta años. Comienza en los años cuarenta y continúa todavía hoy. Huelga decir que no me alcanzará el tiempo de entrar en detalles. Trataré, pues, de condensar mis impresiones. El famoso Dar-al-Khalafeye Nasseri , que es como se llamaba Teherán en la época del rey Nasser Eddine Shah Qadjar -asesinado al finalizar el siglo XIX , tras casi cincuenta años de reinado-, había desaparecido como un espejismo. Nosotros vivíamos en el barrio del norte de la ciudad, en una casa art déco construida a principios de los años treinta por el arquitecto armenio Vartan Avanessian, una casa que ya no tenemos pero que todavía existe, en un estado de ruina total. La Teherán de los años cuarenta era aún una ciudad pequeña, y la gente se desplazaba en carruajes ínfimos, dorochkés les decíamos. El barrio moderno comprendía seis o siete avenidas principales, en que estaban todas las novedades, los cines, los cafés, los hoteles y las embajadas. Cuando entrábamos al sur de la ciudad descubríamos un mundo totalmente distinto. La modernidad y la tradición tenían su espacio propio, estaban separadas por una frontera invisible. Había mucha cortesía en las costumbres de los barrios modernos, los señores que se encontraban en la avenida de Estambul -el centro palpitante de la ciudad- se saludaban inclinándose y levantando el sombrero. Las mujeres no llevaban velo, y la elegancia de algunas era extraordinaria. Cuando comparo aquella Teherán con la que miro hoy día, me figuro que he ido hacia atrás en el tiempo, y que ahora me encuentro en una época anónima, ilocalizable, donde los rascacielos y las autopistas gigantes atraviesan una civilización no identificable desde el punto de vista histórico: no se trata ni del Irán tradicional del pasado ni del nacimiento de la modernidad, tal como la conocí durante mi infancia. Pero más adelante volveré sobre esta cuestión. Volvamos a los años cuarenta. En esa época sentíamos una gran seguridad afectiva, nos adaptábamos al ritmo de las estaciones y de la transhumancia. En invierno nos quedábamos en la ciudad. En verano nos trasladábamos a la periferia del norte, hacia las alturas, muy cerca de las montañas. Allá nos encerrábamos en un lindo jardín. Estábamos a salvo del tiempo, de las vicisitudes, vivíamos aislados en un mundo totalmente mágico. La Teherán de los años cuarenta, la mía, era ya una ciudad civilizada y multicultural. En nuestra callecita convivían todas las minorías. Frente a nosotros, al norte de la calle, vivía una agradable familia judía, en un pabellón al estilo de la dinastía Qadjar; probablemente ellos eran más persas que todos nosotros. Al fondo, al este, una familia musulmana de grandes terratenientes; hacia el oeste de la calle (yendo de este a oeste) estaba la consulta de un médico mazdaísta muy respetado por todos; casi frente a él, el establecimiento del ebanista armenio Aram, un artesano excelente y honesto que venía con frecuencia a la casa a reparar o fabricar algunos objetos, y en la punta de la calle que desembocaba en la gran avenida Saadi, una familia de inmigrantes griegos que me fascinaban con sus cantos melodiosos. Añadamos a este séquito a nuestro chofer Thomas, un sirio que fue tal vez el hombre más generoso que he conocido nunca. Convivimos por años en armonía en un espacio bastante reducido, sin odios ni racismo, y con mucha simpatía los unos por los otros. Así aprendí a querer a mis semejantes en la diversidad y a poca distancia.
En mi vida ha habido dos acontecimientos principales: en primer lugar, la ocupación de mi país en 1941 por parte de las fuerzas aliadas, durante la Segunda Guerra Mundial. Yo tenía seis o siete años, y lo recuerdo todo muy bien. Y mucho más tarde, casi cuarenta años después, ya maduro, viví otra ocupación, aunque más bien se trataba de una invasión desde adentro: la horda furiosa de los desheredados que se apoderaron de la ciudad y ocuparon todos los rincones, eliminando todo lo que osara oponerles resistencia, de manera que los antiguos habitantes tuvieron que "emigrar" adentro de sus casas y convertirse en exiliados endógenos. En realidad, la primera ocupación fue menos larga y menos importante para nosotros, porque, en primer lugar, nos abría nuevos horizontes hacia un mundo desconocido, y en segundo lugar porque, aparte de los soviéticos que crearon un estado títere en el Azerbaiyán, los otros ocupantes se fueron en el momento oportuno. Ése era nuestro primer contacto con el mundo occidental a gran escala. Vimos cómo llegaban los rusos, los ingleses y los estadounidenses, y de la noche a la mañana todo cambió. La transformación del país fue rápida en extremo, y era la primera vez que recibíamos una dosis tan copiosa de occidentalización. La gran novedad eran los estadounidenses. Nos parecía que ya los conocíamos un poco gracias al cine. No podemos subestimar la influencia enorme de Hollywood en todos nosotros. Todos nos hemos alimentado y formado a través de las imágenes que nos proyectaban las fábricas de sueños estadounidenses. De seguro el fenómeno de la mimesis intervenía en todos los ámbitos; tal vez nos dejábamos americanizar sin querer. De modo que, cuando llegaron, nos parecía que ya los conocíamos un poco. Los ingleses no nos inspiraban confianza, por su pasado colonial y su poder, y nos manteníamos a cierta distancia de ellos, discretos, un poco a la sombra. Los rusos no salían gran cosa de sus cuarteles; se los veía tristes, como si cargaran sobre la espalda todo el sufrimiento de la humanidad. Los estadounidenses, en cambio, no sólo andaban por todas partes, sino que trajinaban toda clase de productos: aquello era el cuerno de la abundancia, la cueva de Alí Babá. Hablaban con nosotros y nos ofrecían chocolate y chicles. Todo el mundo trataba de hablar inglés. Las tres categorías sociales que se advertían eran las prostitutas, los camareros y los limpiabotas. Trajeron también la cultura de los accesorios: los cascos coloniales de fibra, los anteojos para el sol al estilo de McArthur, los armazones de antojos y las botas de una excelente calidad. Nos fascinaba todo lo que salía de las fábricas, lo considerábamos como la venganza de la industria contra la artesanía. Habría que esperar a la industrialización del país, la transformación de Teherán en una metrópoli internacional, en los años sesenta y setenta, para que el artesanado recuperara a nuestros ojos el aura que había perdido.