Toda ciudad auténtica es también un palimpsesto, un pergamino escrito y pintado, pero con rastros de escrituras y figuras antiguas ocultos y legibles debajo de las páginas de su historia. De modo que no es casualidad que Freud, en El malestar en la cultura , compare los estratos de la psique con las capas arqueológicas de la ciudad de Roma, porque Roma es un verdadero palimpsesto, donde junto a los restos y ruinas de la ciudad clásica antigua encontramos las construcciones medievales, las grandes obras del Renacimiento y los suntuosos palacios barrocos, y eso sin tener en cuenta los edificios más modernos.
Todo se mezcla allí: la vejez unida a la juventud, lo sublime junto a lo más vulgar; las épocas se entrecruzan, y todo en un crecimiento orgánico inigualable en el mundo. Pero la ciudad también se puede convertir en una imagen que represente el mundo y la historia. Por ejemplo, París. Me parece que no hay otra que ofrezca este raro carácter de liber mundi , es decir que sea un manuscrito de piedra, un paisaje de reminiscencias cuyo desciframiento nos inicia en el alma misma de Occidente. Un amigo mío, el cineasta rumano Paul Barba-Negra, tiene una visión muy sugerente de París, que explica de cierto modo la vocación histórica de la ciudad como un movimiento que va del este al oeste, aguas abajo del Sena, o sea de la Catedral de
Nuestra Señora a la Plaza de la Estrella, y en el camino hacia el este encontramos las sucesivas etapas de la migración del espíritu. Si la Catedral gótica en el corazón de la Isla de San Luis es la aurora naciente de la luz, un microcosmos perfecto que integra en su sueño de piedra la ciencia total, cosmológica del mundo -por lo menos para el hombre medieval-, el Palacio del Louvre -residencia de los príncipes- es el centro de la santificación del poder temporal, ya que aquí el poder absoluto del rey sacerdote sustituye la ciencia cósmica de la totalidad. Y más hacia el oeste llegamos a la Plaza de la Concordia, donde el derecho divino de los soberanos Capetos fue sacrificado en el altar de la Revolución. Mientras que, más hacia el oeste aún, el Arco del Triunfo -de la Plaza de la Estrella (Plaza Charles de Gaulle)- inaugura el esplendor del Imperio Napoleónico, el de la difusión de la nueva ideología liberal por todos los rincones de la Tierra. En realidad no sé decir si nos encontramos delante del crepúsculo de los dioses o ante el progreso fulgurante del pensamiento humano, como afirmaba Condorcet. Como quiera, el movimiento hegeliano encuentra en París sus transformaciones arquitectónicas más elocuentes, y en ningún otro lugar del mundo vemos un escenario más completo de las obras del pensamiento en el espacio y en el tiempo.
Abandono aquí mis digresiones y retomo el tema de nuestro coloquio, que es la ciudad de Teherán. ¿Se trata de una ilusión, como lo fue la París de Baudelaire, aquel visionario de la modernidad, cuando develaba "los pliegues sinuosos de las viejas capitales", donde hasta el horror puede ser una maravilla? O quizá es como aquella San Petersburgo espectral, onírica, fantasmagórica que soñaron e imaginaron Gógol y Dostoievski? ¡No, en absoluto! Teherán, al contrario de Ispahán, que es por sí misma un microcosmos, nunca fue una ciudad emblemática, ni tuvo el prestigioso estatus de una ciudad llena de historia. Y otra pregunta: ¿es Teherán, como Estambul y Roma, y otras urbes antiquísimas, una ciudad palimpsesto? Pues no, ¡tampoco! Porque, en realidad, sólo tiene dos siglos de antigüedad, aunque los indicios de su existencia, gracias al prestigio de la antigua ciudad de Raghés, muy cercana, se remonten al siglo XI o XII, y ello le haya conferido cierta aura. Convertida en capital del Imperio Persa a fines del siglo XVIII, por decisión de Agha Mohammad Khan, fundador de la dinastía Qadjar [la cual duró de 1781 a 1925], Teherán no dejó de ser, con todo y los sucesivos embellecimientos que los soberanos Qadjar realizaron en ella, un lugarcillo más o menos agradable, más o menos sociable, encerrado en sí mismo como una madreperla, cuya arquitectura anunciaba ya la decadencia de una visión que, en la época de la dinastía Safávid, había llegado a su apoteosis; mientas que de los reyes Qadjar sólo se reflejaba el crepúsculo y la decadencia. Bajo la dinastía Pahlavi [1925-1979], Teherán conoció un verdadero desarrollo moderno, con anchas avenidas rectilíneas orientadas de norte a sur y de este a este, bordeadas de arboles, que transformaron el espíritu oriental de la ciudad. Esta nueva configuración provocó una división sociológica entre el norte moderno, habitado por los ricos occidentalizados, y el sur más tradicional, donde la gente vivía aún alrededor del zoco y de los restos más o menos conservados de una época ya pretérita. El paisaje urbano cambió radicalmente a raíz de la creación del espacio público alrededor de plazas y jardincillos. Se construyó una universidad, centros administrativos, un banco central y un museo nacional, y nació un estilo imperial nuevo: el "neoaqueménida". En esta tarea inmensa participaron muchos arquitectos extranjeros, armenios e iraníes, la mayoría de los cuales se habían formado en la Escuela de Bellas Artes de París. Pero todas estas obras, a pesar de su importancia, fueron esfuerzos furtivos que se deshilvanaron con el tiempo, y la ciudad no alcanzó la categoría de metrópoli hasta el reinado de Mohammad Reza Shah Pahlavi, el último rey del antiguo régimen. Por último, después de la revolución, creció desmesuradamente, tanto en extensión como en altura, y se dejó invadir por la masa aplastante del éxodo rural para convertise, a la larga, en una megalópolis empobrecida, un útopos adverso -el lugar que no es lugar-, sin carácter ni identidad. Y con todo, ¿no gozaba ya Teherán de un emplazamiento privilegiado? Me refiero al esplendor de la cadena montañosa del Alborz que rodea la ciudad por el norte, y que cualquiera con un mínimo de gusto pensaría que, en una localización como ésta, un desarrollo urbano, por poco inteligente y meditado que fuera, debería haber puesto de relieve este don excepcional que la naturaleza nos había regalado con tanta generosidad. Pero no fue así, y se hizo todo lo posible por hacerlo desaparecer, por destruirlo con una ira casi feroz.