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Letras Libres 67 Letras Libres

Diario berlinés

por Gael García Bernal
Letras Libres nº 67, Abril 2007

Número de páginas: 4
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De ahí nos fuimos -mejor dicho, nos llevaron, como a todo- a ver una película sudafricana que transcurre a lo largo de tres décadas, desde finales de los sesenta hasta la liberación de Mandela en los noventa. Después de tres horas salí con un hambre de chivo en vivero, y me fui a cenar con un amigo brasileño -le pedí permiso para incluir su nombre en estas crónicas. Nos sentamos y Walter pidió un vino que el mesero de Puglia tomó como una ofensa. Terminamos tomando tres botellas impuestas por el dueño del restaurante -bastante buenas. Para variar, hablamos de cine y de las películas que yo había visto -todo en código, porque no se me permite decir nada de ellas. Luego pasamos a temas de mayor importancia, como su nueva paternidad y el punto de encuentro entre el Este y el Oeste de la nueva Alemania, experimento único en el mundo y con resultados que no tienen eco en ninguna otra parte. Desde esta cómoda y serena distancia hablamos de México y Brasil, y de las dos Américas que se están delineando dentro de la democracia de nuestro continente y que, sintomáticamente, están dibujando un muro: la costra de una llaga más honda que la pared que fue construida en esta ciudad al final de la Segunda Guerra Mundial.
12 de febrero
Los días transcurren, se esfuman, y pasan inadvertidos por la falta de luz natural de los cines. Estamos cumpliendo con nuestra cuota de ver tres películas diarias sin queja alguna. ¿De qué nos podríamos quejar? Este trabajo es un placer, sobre todo para quienes gustan de hacer y ver cine. Además nos están tratando de maravilla: nos atienden dos chicas ya expertas en jurados internacionales, que saben anticipar cualquier contratiempo con raciones de cafeína o alcohol para que no se duerman los jueces. La primera película que vemos es de Estados Unidos, dirigida por un joven de veinticuatro años. Es su segunda película. La que siguió fue una película francesa diametralmente opuesta: dirigida por el experimentado André Techiné, tiene el artificio de parecer un documento histórico en forma de ficción rescatado de las latas de alguna filmoteca en los años ochenta. Trata sobre la crisis del descubrimiento del sida en esos años, con una fidelidad a la época que resulta escalofriante. Nos lleva directo a una década en la que algunos de nosotros aún éramos niños, pero que recordamos con el filtro de inocencia propio de la infancia. Al salir nos fuimos a la segunda reunión del jurado, que en esta ocasión tuvo lugar en una sala privada en el Ministerio del Exterior. Todos nos preguntamos por qué nos llevan a diferentes lugares con tanta discreción. ¿Es para despistar al enemigo y así hacernos sentir en confianza para gritar y romper vidrios si no estamos de acuerdo con algún otro miembro? Nos dicen que es únicamente para que conozcamos más de la ciudad, para que no nos hartemos de los mismos edificios, y para que nos sintamos importantes. La respuesta nos deja satisfechos. Para subir a la sala de juntas hay tres opciones: las escaleras, el elevador, y otro elevador de madera, que es un contenedor para dos personas que sube y baja sin parar. Uno tiene que brincar y montarse al vuelo del compartimento que sube y contar hasta siete pisos para bajarse, también al vuelo. La incógnita es qué pasaría si te quedaras en el compartimiento hasta que diera la vuelta para bajar. ¿Te pondría de cabeza y estarías expuesto a un buen golpe?
Esa noche tuve la fortuna de cenar con un director alemán que marcó mucho mi infancia y mi adolescencia. Nos recibió en su casa, que parece estar en lo más alto de la ciudad. Se puede ver el ángel que mira hacia la puerta de Brandeburgo, con la cabeza agachada. Sobre ese ángel estaba parado otro ángel, que en la película escuchaba a Gorbachov sentado en su escritorio mientras pensaba.
13 de febrero
Estoy saliendo de la sombra de las rocas en Cabo Polonio, Uruguay. Tengo la boca pastosa, y el aire huele a todo menos a mar. Despierto sin poder reconocer el lugar, diez minutos antes de la cita para vernos en el vestíbulo del hotel y de allí dirigirnos al "Talent Campus". Me habían invitado a ofrecer una charla en ese taller gigantesco que corre a la par de la Berlinale. Muchos estudiantes de cine de todas partes del mundo se juntan allí para tomar talleres, asistir a pláticas con directores, actores y escritores, y para mostrar su trabajo y discutirlo con gente de países y profesiones distintas. Estamos en un teatro antiguo, de los pocos que no fueron bombardeados durante la guerra, para hablar del tema "Cruzando fronteras en el cine". Llegamos a eso después de una hora de preguntas acerca de cómo empecé a trabajar y por qué me gusta la actuación. Lo recurrente en todas las preguntas es el tema del renacimiento del cine mexicano, y lo que pienso de su ascenso meteórico a nivel mundial. Respondo lo de siempre: que a fin de cuentas todo se reduce a que hay una coincidencia de gente en México que está haciendo buen cine. También, que el cine en cualquier parte del mundo es un punto de vista personal, un esfuerzo grupal impulsado por una sola voz, la cual depende de los recursos y la infraestructura que se consigan para llevarse a cabo. En México se está dando esto, pero hay que asegurarnos de que estas oportunidades no sean sólo llamaradas de petate. Tiene que existir una industria sólida que dé cabida a todas estas voces, para así contar con más historias que nos hagan conocer al "otro" que habita y comparte nuestro mismo territorio, y para darnos cuenta de que ese otro somos también nosotros.
( Flashback )
Int . Río de Janeiro , taller de cine de la favela Roisinha-día
En pleno seminario, el director Walter Salles le da la palabra a una chica de veinte años que tiene dos hijos, y que lleva dos años yendo al taller de cine que montó Fernando Meirelles.
Chica : Yo no sé si me quiero dedicar al cine, pero sé que el cine me ha enseñado muchísimo. (Todos en la sala escuchan con atención.) No tanto a hacerlo, sino a verlo. Antes de haber visto películas pensaba que el mundo era mucho más pequeño; que la realidad de personas de otras regiones y países era completamente distinta a la realidad en la que vivo en esta favela. Pero gracias al cine me di cuenta que somos muy parecidos, y que de alguna manera extraña compartimos el mismo territorio. En pocas palabras, creo que ahora me siento más cerca de la especie humana. Todos en el taller toman aire, y algunos empiezan a creer en los dioses del cine.
Salgo corriendo porque no llego a tiempo a la comida que tengo con un grupo de amigos actores que compartimos generación. Había dos alemanes, un islandés, un argentino, un escocés, dos francesas, una rumana y una italiana. De alguna manera todos hemos trabajado juntos, con pocos grados de separación, y corremos con la suerte de coincidir mucho en estos eventos. Espero que toda la vida sea así. Compartimos schnitzels y ensalada rusa, y mirando el viejo aeropuerto de Tempelhof nevado, tomo una bocanada de felicidad que me durará bastante tiempo. Ya entonado y lleno de valor, como suele salir uno de esas comidas eternas, me dirijo a ver una película argentina que, como si esto fuera el guión de una película, se llama El otro. Después veo una película inglesa. Al salir, me dejo llevar hacia mi hotel por el viento, con la intención de irme a dormir hasta marearme.
14 de febrero
Número de páginas: 4
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