Es el día de la inauguración. Despertamos temprano para ver una película checa e inmediatamente después dar la conferencia de prensa. Las preguntas de siempre: "¿Cómo se ven las películas desde el punto de vista del actor?" "¿Estás emocionado?" Para eso existen respuestas automáticas, y aun así uno siempre sale mal parafraseado. Todos temblamos por la doble ración de café que pedimos -a súplicas- y, desde esa perspectiva, vemos el día como una carrera de largo alcance. Para la ceremonia de la noche se va a necesitar traje y corbata. Voy con todo, menos con la corbata. Empieza la ceremonia y comienza el protocolo. Pasa el Ministro de Cultura, que es recibido con una larguísima ovación. Toma el micrófono por veintitantos minutos y hace un recuento ameno y divertido del cine alemán del año pasado. En el discurso pone mucho énfasis en que la Berlinale podía hacer lo que quisiera consigo misma, y que el gobierno sólo entregaba el dinero y todas las facilidades a su alcance para que el Festival siguiera siendo autónomo. El ministro es puesto en jaque varias veces por la presentadora, que, en vivo y por televisión, lo invita a llevarse el podio cromado que fue hecho con dinero del gobierno para el Festival. Desde ese momento empiezo a notar las diferencias entre nuestro gobierno y el alemán. Luego le dan paso al alcalde de Berlín, a quien reciben con la ovación más grande que he visto y oído para un político que no esté en campaña. Es abiertamente homosexual, y muy querido por sus esfuerzos para hacer de Berlín una ciudad libre y vibrante, donde haya respeto y tolerancia.
La presentadora del Festival, que lo ve retirarse hasta su asiento, pide aplausos para él y dice: "¡Mírenlo, hasta por detrás se ve bien!"
9 de febrero
Despierto de mala hostia, a la española. Hace mucho frío en la ciudad y hay pocas esperanzas de que la luz del día se filtre por las nubes. El jet lag me la está cobrando. Desde muy temprano vimos tres películas de distintas partes del mundo: Brasil, Corea y Estados Unidos. Las tres tenían algo en común: ninguna de ellas compromete su contexto o voz para llegar a ser "universal". Son específicas en su contenido y en ningún momento se percibe en ellas pretensiones de apaciguamiento de mercado. Si no hubieran sido estas películas las que se exhibieron en mi día de malestar, seguramente me habría dormido durante su proyección, cumpliendo de manera poco profesional con mis obligaciones de muchacho jurado por tierra teutona.
Qué bueno que existe el té verde.
10 de febrero
Raudo y nada veloz me incorporo al día, después de unas fiestas bien acondicionadas a pesar del cansancio. Ha sido de los comienzos de día más inusuales que he tenido en mi vida; quizá de los más poéticos, por el silencio de la nieve que lo acompañaba. Me despierto temprano para ver una película fascinante. Sucede en un desierto -y no puedo decir más. Tanta inteligencia y simplicidad puesta en una historia tan pequeña, que atrapó a todo el público. Fue ovacionada. Después nos dirigimos a la primera junta del jurado, para deliberar, más o menos, hacia dónde se van a encauzar las aguas. No puedo decir más, pero quizá algún día lo haré, como lo hizo Paul Schrader en 1989, cuando fue miembro del jurado de este mismo Festival. Schrader escribió una obra de teatro a partir de las discusiones del jurado, en la que figura una actriz italiana que no paraba de preguntar cuál era el Alfred Bauer Award. (Alfred Bauer fue el primer presidente del Festival de Berlín, y hay un premio que se da en su nombre al trabajo más innovador del Festival.) Hubo una coincidencia, de las buenas: todo el jurado tenía hambre y todos queríamos terminar a tiempo con la conversación. Así que nos enfocamos en discutir lo que nos gustó de las películas que vimos, y dejamos a un lado lo que no nos gustó. Una vez más me doy cuenta que hablar de lo que no te gusta, en términos subjetivos y en torno a cosas inofensivas como las películas, es mucho más fácil que encontrarle palabras a lo que te gusta. Ha sido un ejercicio del que he aprendido mucho, mucho más del cine, que si hubiera hecho lo contrario. Dicen que se aprende de los errores, pero es más difícil -e igual de necesario- aprender de los aciertos. Después sucedió lo inevitable: a todos nos dio frío y sueño, y fuimos cada quien a descansar a su manera.
Otra vez tuve sueños vívidos. Muy agitados y abstractos. Cada día me despierto con una sensación más aguda de no entender en dónde estoy. Quizá es el martilleo a los sentidos por ver tres películas al día. O quizá es todavía el jet lag . Tuvimos la proyección de una película alemana, y después la gala, con bombo, platillo y champaña, de la película de Robert de Niro. Después de casi tres horas, salí a una cena en Mitte, con un amigo cineasta, en la que se encontraban algunos próceres del cine alemán y el nuevo mundo literario joven de Estados Unidos, que se encuentra por acá de intercambio. Entre ellos estaban Jonathan Safran Foer y Nicole Krauss, pareja de escritores muy simpáticos que apenas llevaban una semana en Berlín. Hablamos de lo poco que se puede hablar en esas cenas.
Int. casa en Preslauerberg-noche
Todos cenan y la conversación está dividida entre la gran cantidad de gente.
Nicole krauss: Do you know Roberto Bolaño?
Gael: Yes. I mean, I never got a chance to meet him but I've read him. Why?
Nicole Krauss: I just read Los detectives salvajes. I loved it!
Jonathan Safran Foer : Yeah, now she wishes she was born in Mexico at that time. How is it like living there these days?
Pasamos al postre, que era melón con helado.
11 de febrero
Desperté y otra vez me fui directo al cine. Todo el jurado estaba en fila india, café en mano. La película italiana comenzó y tuve la sensación de estar yendo a misa temprano por la mañana. La historia transcurría en un monasterio rodeado de agua; un personaje le preguntaba a Dios y a sí mismo si tenía vocación para ejercer el sacerdocio. Cada vez que el personaje topaba con pared y sufría, era apoyado por la música, que subía por la pantalla como el órgano de una iglesia. Hace mucho tiempo que no voy a misa: habré ido unas cinco veces, cuando era niño, a bautizos o comuniones. También hice mucha investigación para un papel, hace no mucho tiempo. Pero en Berlín, a las nueve de la mañana, con Paul Schrader y Willem Defoe a mi lado, lo que menos me esperaba era compartir con ellos la sensación de miedo y sueño que sentía de chico, cuando me metían a misa un poco a la fuerza. Salimos, y para hacernos civiles, ateos y demócratas, nos llevaron a una comida protocolaria con el alcalde de Berlín en la casa de gobierno, que antes era la sede del gobierno de Berlín del Este. Es un edificio que fue bombardeado durante la Guerra, con varias remodelaciones anteriores a la incursión soviética, que ahora tiene acabados cromados (más bien terribles). Parchado pero histórico, el edificio era -según Dietter Koslick- el más feo de toda Alemania, pero donde mejor se podía apreciar el sello político de cada época y disfrutar de la mejor degustación de hígados de ciervo del mundo. Bajo el manto de los escudos en forma de vitrales de los diferentes barrios de Berlín, comimos y compartimos mesa con políticos y empresarios con los que, creo, difícilmente nos encontraremos otra vez. Se dio una conversación rarísima, basada en dilucidar quién era más flojo para el trabajo, si los españoles o los mexicanos. Perdimos por paliza por razones como la siesta, los horarios de trabajo y el veraneo de los españoles.
Un español se ofendió y el alcalde le ofreció que se tomara unas vacaciones hasta que se le bajara el enojo.