Gael García, invitado como jurado a la Berlinale, escribió a petición de Letras Libres una crónica diaria de sus experiencias. En este trabajo, el más internacional de los actores mexicanos revela, en un estilo fresco, una gran capacidad de observación y un agudo sentido del humor.
5 de febrero
Aún no logro comprender cómo es posible que los aviones vuelen. Estoy sentado junto a la ventana de uno que nos lleva hacia Frankfurt, para después aterrizar en Berlín. Dejé todo lo que tenía que hacer hasta el último minuto -como obligan las reglas de la prisa- y me desenchufé al momento de entrar en la atmósfera monocorde del avión. Apenas despegamos, me pongo a leer las revistas de política que compré antes de abordar. De inmediato me doy cuenta de que estas revistas no viajan bien, y menos a Alemania. Se convierten, apenas despegamos, en instructivos para entusiastas y expertos en la nada, que confían en que al mencionar la palabra "México" nuestra atención sea irrestricta, y abusan de lo mal que nos va para atraparnos y forzarnos a buscar entre líneas la manera de solucionarlo. Solamente pueden ser entendidas por gente que ha decidido anestesiar la memoria para poder vivir día con día. Quizás estoy confesando ser asiduo lector de estas revistas , partícipe y cómplice del son jarocho que dice "El mundo se va aca..." ¿Y si se las doy a algún estudiante alemán que hable español y que se haya enamorado de México? Creo que no entendería nada. Menos con palabras como fobaproa . No le voy a dar las revistas , pero voy a intentar hablar con él para saber qué es lo que hizo en sus vacaciones por México.
Int. Avión - noche
Los dos personajes abusan del whisky gratis.
Gael (bebiendo) : Entonces México te parece violento...
Alex : Violento como consecuencia del desprecio, que a veces se confunde con envidia.
Gael (atónito) : Nunca había escuchado a alguien describir la violencia en México de esa manera...
Alex : Es que ustedes la sobreviven a diario. Yo, como soy antropólogo, uso pocas palabras. A lo mejor es que ya estoy medio borracho.
Por la ventanita se ve la luna, casi llena.
6 de febrero
Despertamos en Frankfurt, llenando las tazas de un té de calcetín que nos sirve Lufthansa. Los alemanes tienen una manera discreta pero eficaz de recordarte que estás entrando en su territorio: todo funciona. Cada botón, cada palanca y cada artefacto mecánico sirve. Y si no funciona te dicen que así es, pero te dejan sin argumentos para quejarte ante el gerente. ¡Hicimos nueve horas de vuelo! Tiempo récord, me imagino, desde México hasta Alemania. Tomamos el avión a Berlín y llegamos como a las cuatro de la tarde. Apenas pusimos las maletas en el suelo nos llaman para tener una junta con Dietter Koslick, director del Festival, y con los demás miembros del jurado. De inmediato me hago amigo de la actriz palestina Hiam Abbas. Además de ser una persona encantadora, compartimos la complicidad de pertenecer a los países que representan el bloque pobre entre los miembros del jurado. Es muy divertido hablar desde esa trinchera, porque tienes carta blanca para frivolizar a gusto.
Int.Lobby de hotel - día
Para contrarrestar la vergüenza, G ael se sienta en el sillón que encuentra más cerca.
Hiam : ¿Teníamos que venir bien vestidos?
Gael : Uy, creo que sí... Pero estamos exentos por ser actores, me imagino.
Hiam : Más bien por ser de países pobres, ¿no?
Gael : Tienes toda la razón. Pero ese argumento se me está agotando día con día...
Hiam : Estás joven todavía.
No es cierto que en Alemania todo funcione: hay doce botones para apagar y prender luces que vuelven todo muy complicado. Hay una luz que no se puede apagar, pues es una luz de "seguridad". ¿Contra qué?, ¿para qué?
7 de febrero
Despierto apenas, y voy hacia la primera reunión, planeada para que se conozca el jurado. Están Hiam Abbas, Willem Defoe -t reme ndo actor estadounidense-, Paul Schrader - nuestro presidente y guionista de Taxi Driver y Toro Salvaje -, Nansun Shi -productora de Hong Kong, experta en películas de acción y thrillers policiacos-, Mario Adorf -actor de leyenda del cine alemán- y Molly Malene Stensgaard -editora de Lars von Trier y madrina del manifiesto Dogma. Después de tomar un tecito y comer un pan de centeno, nos encaminamos, fríos y desvelados, a ver dos películas. La primera es una fábula acerca de la desaparición de la inversión económica del mundo occidental en la Alemania del Este, un tema recurrente en las expresiones artísticas modernas de los países que fueron parte del bloque Soviético. Se sostiene la idea, no oficial, de que el dinero invertido desde la caída del Muro en los países ex comunistas fue justo eso: una inversión que benefició a los que dieron el dinero, y no a la gente en general. Quizás ganaron nuevas posibilidades de elegir entre marcas de ropa y automóviles, pero la inversión social no es tangible. Los alemanes se quejan de que el marco capitalista se ha convertido en un mecanismo para abrir nuevos mercados para las empresas que ya existen, donde los beneficiados son únicamente estas empresas.
Nos llevan a una cena para cuarenta personas en un hotel en las afueras de Berlín, famoso por haber hospedado a la Selección Alemana de Fútbol en el pasado Mundial. Todos en el jurado somos felices de dejarnos llevar, como un rebaño, a donde sea que nos lleven.
Int. Smokin Rroom, hotel-noche
Mario Adorf : Yo viví en México mucho tiempo. Es más, en algún momento tramité mi nacionalidad para quedarme a trabajar allá.
Gael (levanta las cejas) : ¿...?
Mario Adorf : Trabajé con "El Indio".
Gael : No lo puedo creer...
Mario Adorf : Hicimos juntos una película con Sam Peckinpah que se llamó Major Dundee. Era con Warren Oats, Charlton Heston, y "El Indio" y yo éramos los mexicanos bandidos malos. Mi personaje se llamaba Sergeant Gómez.
Gael : ¿En serio? ¿Con "El Indio"? ¿Cuánto tiempo estuviste en...?
Mario Adorf (riéndose) : Un día, una noche más bien. Llevábamos tres días sin dormir, y yo, anticipando que en cualquier momento me desvanecería de borracho, decidí irme para mi casa en la Colonia Nápoles. Estaba recogiendo mi saco cuando se acerca a toda velocidad "El Indio", me coloca un cuchillo de carnicero en el estómago, y me dice "Escuché que te querías ir". Aterrado, le dije: "Oye Emilio, tranquilo, ¿qué te pasa? Estás ya muy borracho." Me suelta, saca un limón, lo parte a la mitad, me da un vaso de tequila, y absolutamente serio me dice: "Ya te estabas rajando pinshi tedesco..."
Esa noche tuve sueños que me llevaron hasta Vietnam del Norte, en donde nunca antes he estado.
8 de febrero