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Letras Libres 66 Letras Libres

En el lugar sin límites

por Enrique Lynch
Letras Libres nº 66, Marzo 2007

Número de páginas: 2
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No son muy distintas las cosas si las pensamos en un plano individual. Hay tipos inquietos que cambian de trabajo o de pareja como quien se muda de camiseta y los hay que se hunden en la melancolía cada vez que por alguna razón, voluntaria, forzada o imprevista, han de enfrentarse a una mudanza. Unos sólo saben reconocerse a sí mismos si transitan por los mismos lugares para hacer siempre las mismas cosas. Para estos, más territoriales -por así decirlo- el mundo es por fuerza un escenario hostil o, cuando menos, peligroso, donde no merece la pena correr riesgos. En cambio, hay otros que presienten el riesgo en ellos mismos, y experimentan cada repetición -la misma casa, el mismo menú, el mismo lugar de vacaciones, las mismas ocupaciones- como una experiencia anticipada de la muerte. A estos últimos se los ve siempre en movimiento, como si escaparan de un fantasma o de la amenaza de la peste. Las actitudes frente al viaje -un sucedáneo de la migración- marcan dos idiosincrasias incompatibles: lo que para unos es contratiempo, para otros es la exaltación que sobreviene con cada escenario desconocido. Bruce Chatwin escribió páginas inolvidables donde compara su pasión de viajero con la pulsión del nómada; y Primo Levi describió su vida como la de un molusco de roca: nació y vivió siempre, hasta su suicidio, en la misma casa. El nómada insatisfecho o el obstinado sedentario representan dos visiones del mundo alternativas pero un mismo modelo de felicidad que se traza y se diseña en -o se refiere a- un territorio.
Las migraciones han tenido su épica (el éxodo de los judíos, la Larga Marcha de los comunistas chinos, el viaje de los Founding Fathers a Nueva Inglaterra, etc.) y sus tragedias (el tráfico de esclavos que llenó de africanos las Antillas, la caída del imperio romano de Occidente, las deportaciones masivas en la Segunda Guerra Mundial, etc.) Detrás de cada una de ellas hay una causa más o menos razonable, pero todas en conjunto responden a una misma humana necesidad: sobrevivir . Lo que hace a las de esta época diferentes no es su naturaleza o su razón, que es siempre la misma, sino su territorio, su lugar (o lugares) de referencia, que ya no tiene límites; y su tendencia, que siempre es reversible. Vivimos en un viaje perpetuo por un lugar sin límites. El sedentario moderno es un nómada que está a gusto en todas partes y, por ello, no ve inconveniente en levantar la tienda en cualquier horizonte, como ha hecho el judío errante desde tiempos ancestrales.
Quizá no sea la migración actual, grande o pequeña, silenciosa o dramática -o sus causas históricas coyunturales- lo que merezca ser investigado, sino el destino de ese territorio cuyos límites se han desvanecido como un espejismo y para siempre. Un solo mundo y un tiempo único, sin hitos ni tradiciones hegemónicas ni matices, un lugar que sólo existe para recorrerlo.
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