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Letras Libres 64 Letras Libres

La venganza del perdedor

por Ian Buruma
Letras Libres nº 64, Enero 2007

Número de páginas: 2
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Pero hay excepciones notables a esta regla. Algunas de las sociedades más machistas de la historia han valorado las relaciones homosexuales. El ejército espartano estimulaba las relaciones amorosas entre los soldados, toda vez que fomentaban la lealtad y la valentía. Los samurai del Japón feudal tenían una actitud similar. El sexo con las mujeres estaba bien para lo que servía, que era procrear niños. Pero el honor y la nobleza sólo podían hallarse en las relaciones entre hombres. La premisa detrás de esto no difiere mucho de la homofobia en otras culturas machistas. Las mujeres son apacibles y su proximidad apacigua a los hombres, al igual que las tretas de Cleopatra apaciguaron al general romano Marco Antonio. La verdadera virilidad nunca debe mancillarse con sexo femenino, o con la domesticidad que éste representa.
En 2004 Johann Hari escribió acerca del "solapamiento" entre la homosexualidad y el fascismo. "Ha habido hombres gays," escribió, "en el centro de todo gran movimiento fascista que haya existido..." Esto era especialmente perturbador para Hari, que se define como "gay progresista". Los ejemplos en apoyo a su tesis son fáciles de hallar: Pim Fortuyn (aunque realmente no un "fascista", como parece pensar Hari) era gay. Se dice que Jörg Haider es gay. Y luego estaban las tropas de asalto de los nazis, las Camisas Pardas de la SA dirigidas por un matón llamado Ernst Röhm. Röhm y muchos de sus camaradas eran homosexuales.
Röhm era un promotor entusiasta del ideal espartano del apareamiento entre atléticos combatientes. Como muchos soldados alemanes inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial, se percibía como perdedor, amargado por la derrota militar y marginado por la paz. Para él, la SA era un camino para recuperar su autoestima. La concebía como una élite de hombres superiores, elegidos para controlar Alemania, primero, y al mundo, después. En parte, Röhm se asemejaba al muchacho de 17 años de la novela breve de Oe: los uniformes, las botas, la brutalidad le permitían sentirse omnipotente. El sexo era una manifestación de poder, y el poder estaba cargado de erotismo. "Dado que soy un hombre inmaduro y cruel," dijo alguna vez, "la guerra y los disturbios me atraen más que el buen orden burgués." Hari sugirió que había algo en la naturaleza de la homosexualidad que cuadraba particularmente bien con el fascismo. Citando a un "pornógrafo gay", Bruce LaBruce, se refería al "culto del cuerpo, la alabanza de los fuertes, la devoción fetichista por las figuras autoritarias y por la crueldad". Pero esto equivale a suponer que los deseos homosexuales pueden reducirse a una caricatura de Tom de Finlandia, en la que los personajes se ven vejados por policías vestidos de cuero. Tales fantasías existen, sin duda, y el fascismo las ha explotado a fondo. Para hacerse una idea sólo basta con observar las esculturas enormes de atletas desnudos en el antiguo Foro Mussolini de deportes en Roma. Nunca debe olvidarse que a pesar de las payasadas de Röhm y sus amigos, a los homosexuales se les perseguía en la Alemania nazi. Hay una explicación más verosímil a la atracción que sienten ciertos tipos de homosexuales por el elitismo violento y las causas políticas extremistas, y es el odio a la vida burguesa. Röhm dividía a los hombres en soldados y en civiles, y para él estos últimos eran "cerdos". Cualquier cosa vinculada con la "prudencia" le resultaba odiosa. Para un hombre como Röhm, la sociedad burguesa, domesticada era, por definición, cobarde, materialista, aburrida y estaba siempre tiranizada. Lo que ansiaba, por encima de todo, era la constante acción violenta para perturbar el tipo de vida del que se sentía excluido. Ésta, más que la naturaleza del deseo homosexual, puede ser la clave del fascismo gay. El extremismo es la venganza del perdedor contra la sociedad. Quiénes son los perdedores depende de las características de la sociedad. Pueden ser homosexuales que se sienten excluidos o jóvenes inmigrantes musulmanes.
El escritor alemán Hans Magnus Enzensberger escribió recientemente un ensayo brillante acerca del "perdedor radical", el tipo de persona, por lo general un joven, que se siente víctima del mundo entero y que se odia a sí mismo tanto como odia a las fuerzas que lo oprimen. Estos hombres son bombas de relojería ambulantes. Cualquier cosa los puede detonar: el desaire social, la pérdida de un trabajo. Y la explosión matará casi siempre no sólo a los enemigos, sino al que lleva la bomba. Las circunstancias determinan hasta cierto punto quiénes son los enemigos, pero las categorías tienden a ser limitadas. Como dice Enzensberger, "los sospechosos más comunes son los inmigrantes, servicios secretos, comunistas, norteamericanos, multinacionales, políticos, infieles. Y casi siempre los judíos."
Lo único que falta en el análisis de Enzensberger es el factor sexual, la psicología del gran masturbador, el matón gay, el déspota marchito. Quizá este elemento se aclare más si recordamos una historia muy reciente: el asesinato en Amsterdam del cineasta holandés Theo van Gogh. Su asesino, Mohammed Bouyeri, nació en Holanda, aunque sus padres provenían de Marruecos. En la adolescencia intentó adaptarse a la cultura de su ciudad natal. Se emborrachó, fumó marihuana y trató de seducir a chicas holandesas. A fin de cuentas, todo en la cultura, desde la música pop hasta los anuncios de televisión, promete sexo. Esto sucede a años luz del hogar, donde la madre virtuosa y las hermanas virginales deben quedar protegidas de las miradas lujuriosas.
Pero las cosas empezaron a malograrse para Mohammed. Las chicas holandesas no eran tan fáciles como él había supuesto. Dejó de interesarse en sus estudios. Los subsidios para esto o aquello no acabaron de cuajar. Hubo roces desagradables con la policía. Y su hermana se echó novio. Esto enfureció a Mohammed. Se sintió ultrajado, inútil, marginado. Era, en resumen, un perdedor radical, y el Islam prometía el asesinato justiciero, el martirio y la sensación, aunque fuera efímera, de un poder absoluto. La razón por la cual Van Gogh se convirtió en el blanco de Mohammed fue un corto que aquél realizó con la política de origen somalí Ayaan Hirsi Ali, autora del guión. La película, Sumisión , muestra textos del Corán proyectados en los cuerpos semidesnudos de mujeres con velo que habían sido vejadas por hombres. Hirsi Ali culpa al Islam del sometimiento sexual de las mujeres y del machismo descarriado y frustrado de los hombres. Su concepción de la sociedad secular europea es exactamente la contraria a la de Mohammed. Donde ella ve liberación -sobre todo, liberación sexual- él ve deshonra, decadencia, suciedad y confusión. A ella la libertad de vivir en Holanda le permitió prosperar, mientras que a él lo hizo sentirse pequeño y odioso. Y por eso quería destrozarla y con ella a la civilización que lo hizo sentirse como un perdedor radical.
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