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Letras Libres 64 Letras Libres

La venganza del perdedor

por Ian Buruma
Letras Libres nº 64, Enero 2007

Número de páginas: 2
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¿La masturbación lleva a perpetrar bombardeos suicidas? Uno diría que no. No existe un vínculo más directo con los bombardeos suicidas que con la ceguera o la esquizofrenia. Pero puede haber una relación entre la disfunción o la frustración sexual y la atracción por el extremismo violento. Éste es el tema de Diecisiete , una cautivadora novela breve del escritor japonés Kenzaburo Oe, ganador del premio Nobel de literatura en 1994. La historia ocurre alrededor de 1960, época en la que se escribió.
El personaje principal es un muchacho de diecisiete años que no puede dejar de masturbarse en el baño, en el dormitorio, tras los arbustos, incluso en clase. Esta costumbre le avergüenza, al igual que lo hace casi todo lo demás. El muchacho es malo para los deportes, un fracaso con las mujeres y agresivo en casa; en realidad no soporta a nadie: ni a su desganado padre progresista, ni a su madre, a su hermana o a sus maestros y, sobre todo, no se soporta a sí mismo. Consciente siempre de ser un horrible fracaso, no le queda más que masturbarse, aterrorizado entre tanto por la posibilidad de que el mundo entero se percate de su actividad sólo con mirarlo. Pero tiene ante sí una forma de salvación. Un amigo presenta al muchacho a un grupo de jóvenes de extrema derecha, uniformados y a las órdenes de un líder que se la pasa despotricando contra los comunistas y los traidores socialistas, y desvariando acerca de las glorias del imperio japonés. Pronto el gran masturbador recibe también un uniforme y unas botas, y se le acepta como guerrero de la causa imperial contra los extranjeros y los traidores de izquierda. Incluso participa en algunos enredos violentos. Y disfruta de su primer orgasmo satisfactorio, en un salón de masajes, con su nuevo uniforme, mientras sueña con el poder total, con la matanza de sus enemigos, la violación de sus esposas y sus hijas, y con su propia muerte en aras del glorioso emperador.
No es una de las ficciones más sutiles de Oe. A menudo el narrador da la impresión de ser una herramienta literaria para expresar las ideas políticas que más aborrece su creador. Pero el pantano sexual en el que puede fructificar el extremismo está bien descrito y bien vale la pena explorarlo. En su condición de intelectual de izquierdas un tanto dogmático, Oe parece pensar que el extremismo violento, nacido de un fantasioso deseo de omnipotencia, es del dominio exclusivo de la extrema derecha. Varias veces ha expresado su admiración por el presidente Mao. Pero la combinación de frustración sexual y violencia era tan típica de la Guardia Roja de Mao como de los Camisas Negras de Japón.
En contraste con el presidente insaciable, que poseía su harén privado de muchachas danzantes, a los varones chinos se les obligaba a vivir como monjes revolucionarios y se les desalentaba a casarse jóvenes. El Gran Timonel, por cierto, tuvo sus propios roces extraños con la disfunción sexual, según cuenta su médico personal. Su vigor sexual ascendía y descendía, por decirlo así, en concordancia con su suerte política. Bastaba una amenaza, imaginaria o real, a su idea de control absoluto, para que se marchitara.
La privación sexual puede ser un factor en la ola actual de violencia suicida, desatada tanto por la causa palestina como por el islamismo revolucionario. La perspectiva tentadora de poder escoger entre las vírgenes más hermosas del paraíso se les ofrece sin ambages a los jóvenes entrenados para una muerte violenta. E incluso aquellos que no están entrenados para matar y morir a menudo viven en sociedades autoritarias en las que el sexo antes del matrimonio está estrictamente prohibido, en las que las mujeres que no pertenecen a la familia no sólo deben ser intocables, sino invisibles. El acceso a MTV, a internet, a los DVD y a la publicidad global refuerza la noción de que los occidentales viven en un jardín degenerado de deleites pecaminosos. Esto hace aún más insoportable el destino de millones de jóvenes árabes, y puede provocar una mezcla de ira y de envidia. De vez en cuando, esta ira explotará en orgías de violencia cuidadosamente orquestadas. Se dice que Mohammed Atta visitó un cabaret de striptease antes de estrellar un avión contra las Torres Gemelas. Acaso ansiaba mordisquear el fruto prohibido antes de su propia extinción terrenal. El hecho de que fuera prohibido -repugnante, pero también terriblemente seductor- determinó su visión general de las mujeres. Dejó claramente establecido en su testamento que no quería que la presencia de ninguna mujer profanara su tumba.
De nuevo, esto no equivale a decir que la frustración sexual o la misoginia acendrada conducen directamente a la matanza colectiva. Si así fuera, viviríamos realmente en un mundo muy peligroso. Pero no pueden desecharse como factores. Ya desde hace tiempo se ha supuesto que los jóvenes son mejores combatientes cuando se les priva de sexo, como perros jadeantes que pelean en un foso.
Una de las muchas barbaries de la guerra, tanto en épocas antiguas como en conflictos recientes, es la promesa, administrada a hombres hambrientos y embrutecidos, de que una vez que se tome una ciudad, las mujeres serán parte del botín. La única diferencia entre esto y aquellas legendarias huríes del paraíso es que los objetos de la lujuria aplazada son reales y pagan un precio horrible por serlo.
La idea de que el sexo con mujeres debilita el espíritu de lucha en los hombres es común incluso en actividades menos sangrientas, como el fútbol. Con frecuencia, cuando un equipo nacional va a lanzarse a la batalla, el entrenador anuncia que las esposas y las novias quedan proscritas. A los hombres hay que mantenerlos bajo control. El sexo será su recompensa una vez que se derrote al enemigo. Entre los grandes mitos del fútbol holandés está la historia del Mundial de 1974. Privados de toda compañía femenina, algunos de los jugadores supuestamente se saciaron con prostitutas locales y, en consecuencia, perdieron la final contra Alemania.
Todo esto atañe al sexo con mujeres. El sexo con hombres puede ser una opción muy diferente. Por regla general, las sociedades que valoran el machismo y el honor masculino no miran con buenos ojos a la homosexualidad. Se la tolera, en el mejor de los casos; pero sólo la parte activa, "masculina", sobre todo si se trata de alguien mayor y casado, puede salir con honra de los encuentros homosexuales. La parte pasiva es la de una mujer: sumisa, débil, despreciable. Así parece ser aún en muchos países árabes, como lo fue en la Grecia antigua.
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