La concordia -y sus benéficas consecuencias- es algo que nunca hay que olvidar. Frente a esos lenguajes que, decía Agnes Heller, "destruyen las diferencias entre lo bueno y lo malo" y manipulan cínicamente la realidad; frente a esa perversa disociación entre la realidad concreta de los hechos y su aprehensión lingüística (tan separados también en la educación que se ha impartido en nuestro país en estos treinta años de progreso en libertad -y ese fallo educativo lo estamos pagando en muchos terrenos, políticos, científicos y cívicos-, donde como decía Savater "no se ha estado educando en España para la convivencia pluralista, sino para diecisiete formas de autismo divergente"); frente a la discordia que -ella sí- olvida los intereses generales y reinventa y tergiversa la historia, sin la distancia crítica que el tiempo del historiador permite introducir en el pasado; frente a todo esto, sigamos a Brückner cuando insiste en que hay que "sopesar bien las palabras para pensar bien el mundo"; sigamos al gran poeta y ensayista Brodsky, cuyo primer mandamiento -su primera regla de las seis, llenas de sabiduría, para lanzarse al mundo- es "cuidar el lenguaje" (algunas otras son: "cuidar de los padres" -no dice "amarlos", sino cuidar-, lo que podríamos parafrasear en "cuidar nuestros ancestros, nuestra historia"; además de "ser modestos" y de los avisos contra el victimismo, contra la envidia y otras pasiones de poder y sus efectos); seamos muy conscientes de las consecuencias no p revistas de toda acción, de que beneficios aparentes y precipitados a corto plazo resultan muy dañinos a medio y largo; recordemos que la sociedad global del presente (en donde los retos y las oportunidades son de una envergadura enorme y, por ello, también pueden ser los errores graves y profundos) exige, como pocas veces en la historia, el juego cooperativo, el ajuste de intereses a través de la concordia .
"Cuidar el lenguaje", decía Brodsky ( Del dolor y la razón , 2000) como primera regla: cuidar las palabras. Pues ellas crean realidad, la conforman y la aprehenden o distorsionan definitivamente.
Una de esas palabras que abren el mundo y no lo cierran es concordia . No la perdamos nunca, ni en nuestro lenguaje ni, sobre todo, en los hechos.