Me he referido en numerosas ocasiones, como historiadora, a la importancia que tuvo la memoria histórica en todos los protagonistas de la transición de 1975 y de la elaboración constitucional del 78. Precisamente porque se era muy consciente de lo que había ocurrido en el siglo XIX y en 1931, donde la concordia -es decir, la "amistad civil" en los asuntos de interés general- no había prevalecido, y una parte importante de la ciudadanía -casi la mitad de los españoles- quedaba excluida del consenso constitucional; precisamente por todo ello, los constituyentes del 78 lucharon ejemplar y generosamente para que nadie quedara fuera. Claro que se practicó el
olvido , como insisten los que ahora se erigen a sí mismos en guardianes de una memoria lejana que de alguna manera tiende a relativizar la memoria cercana de
lo que sucede ahora -entre otras cosas, las víctimas de la guerra
relativizan las víctimas del terrorismo en plena democracia. Pero no fue el olvido pasivo, amnésico y distorsionador de la realidad; no fue "caer en el olvido", sino "echar en el olvido" (como nuestra rica lengua castellana diferencia con matices decisivos); fue en todo caso un
olvido activo , que salda la cuenta del pasado a fin de acabar con una espiral de violencia y abrir el futuro, como -de nuevo- Arendt y Heller, las dos grandes filósofas judías, han reflexionado dolorosamente en sus escritos al hablar de las víctimas, de la necesidad de justicia y al tiempo del legado a las futuras generaciones. Un "olvido activo", en frase de Koselleck en el que se olvida la deuda, pero no los hechos, en los que se precisa la terapia de la memoria para "curar la capacidad destructora de los recuerdos"
[ 5 ] .
Pues no es lo mismo recuerdo personal, memoria subjetiva que historia. Y las personas y los pueblos, a través de la herencia social y cultural que decía Umberto Eco -por la que se filtran las percepciones de la realidad y del tiempo, y sin la cual no sobrevive ningún tipo de sociedad ni cultura humana -, eligen siempre. En la especie humana, ni individual ni mucho menos colectivamente (esa falacia de "memoria colectiva", esa moda del memorialismo, que, manipulada por el poder político, ya Koselleck ha denunciado claramente como ideología política interesada) no todo puede ser recordado, ni tampoco todo puede -ni debe- ser olvidado; en ambos extremos se cae en la locura. Como ya escribí en otra ocasión, qué se refuerza en la memoria histórica y qué se difumina en el olvido es un dilema que no tiene solución más que en los regímenes totalitarios, pero no en nuestros sistemas liberales y democráticos. En cualquier caso, como señalan Koselleck, Ricoeur, Bruckner y tantos otros pensadores, filósofos e historiadores, no se trata de recuerdos privados; no se trata de "memoria colectiva" ("mi memoria depende de mis experiencias y nada más", ha dicho Koselleck); no se trata de moralismos ni nostalgias ("la nostalgia nada tiene que ver con la memoria, porque el pasado al que se refiere permanece fuera del tiempo, congelado en una especie de perfección que nunca existió", expresa muy bien Rodríguez Rivero). Esa memoria "tiene que ser la que van reelaborando de manera crítica los historiadores", para contrarrestar la memoria ideologizada y muchas veces demagógica .
Incluso admitiendo una
memoria dividida , como dice Reinhart Koselleck (siempre es mejor que inventar una única, de una pieza, como hizo el franquismo y como hacen ahora buen número de historias autonómicas nacionalistas), es posible la
concordia , siempre que no se intenten reabrir viejas heridas (insisto, a veces para disimular las recientes) y que se acepte que el otro puede tener una parte de verdad, una parte de razón. Y, sobre todo, que no se posponga la única memoria imprescindible para que una sociedad pueda funcionar: la que puede mantener vivo el origen del derecho, la que apunta a una
pedagogía de la democracia . Esto quiere decir no ocultar ni fracasos ni errores históricos, pero huir al tiempo de la locura y el odio en espiral que se promueve cuando el necesario uso del recuerdo y de la memoria histórica se utiliza solamente para fortalecer el traumatismo, "la conmemoración de las catástrofes que han asolado a un pueblo"
[ 6 ] , cuando sólo, o primordialmente, "los guardianes del resentimiento", que decía Domínguez Ortiz, tienen voz política. Ese pasado se interioriza entonces como un
continuum , con la consecuencia fatalista a que tal uso exclusivo puede abocar. Además de desatar unas fuerzas irracionales que velan los auténticos problemas del presente y que luego los "aprendices de brujo" no pueden contener (aunque lo crean desde la pérdida de sentido de la realidad que con frecuencia produce la omnipotencia).
Por lo demás, quizás haya que recordar que debería ser obligatorio para todos releer de vez en cuando a Max Weber, esa pequeña obra maestra que es
El político y el científico . En ella, y en lo que se refiere a la política, nos advierte sobre "ese clerical vicio de querer tener siempre razón". Trasladando el sentimiento de las lides eróticas al espacio público, se acaba pensando que "el rival debe valer menos cuando ha sido vencido". Tanto para vencedores como para vencidos, Weber advierte que "ponerse a buscar -desde la perspectiva del político- después de perdida una guerra quiénes son los ‘culpables' es cosa propia de viejas; es siempre
la estructura de una sociedad la que origina la guerra "
. Y la complejidad de esa estructura corresponde sacarla a la luz por los historiadores -no por la retórica demagógica- para que no se vuelva a repetir. Bajo ésta, "todo nuevo documento que tras decenios aparezca -decía Ricoeur- hará levantarse de nuevo el indigno clamoreo, el odio y la ira, en lugar de permitir que, al menos
moralmente , la guerra hubiera quedado enterrada al terminar"
[ 7 ] .