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Letras Libres 60 Letras Libres

Usos y abusos de la historia. Elogio de la concordia.

por Carmen Iglesias
Letras Libres nº 60, Septiembre 2006

Número de páginas: 5
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De la concordia, pues, establecida con la Constitución de 1978 respecto a los intereses generales y, por tanto, al punto capital de la estructuración del Estado en democracia y libertad, en igualdad de todos los ciudadanos ante la ley (todo eso significó la Constitución), se ha recorrido un tortuoso camino hasta la "discordia" que se manifiesta casi todos los días en la actualidad, en la política y en los medios de comunicación más que en la sociedad y en la vida diaria de los ciudadanos (al menos de momento). Con ello, parecería que estamos sufriendo uno de esos inicios de vaivén histórico que, como marca de identidad política, se atribuye a la historia de los españoles a lo largo de los siglos XIX y XX. De nuevo, parecería que la puesta en cuestión de la estabilidad constitucional, a través de la sospecha de unos orígenes espurios que ponen en cuestión la legitimidad de origen de la modélica transición de 1975-1978 -y de nostalgias de otros momentos históricos-, amenazan con la ruptura de la concordia. Pues esa puesta en cuestión de la legitimidad de origen se paga al precio de simplificar y tergiversar la historia y de suplantar la tarea de los historiadores (que trabajan siempre a medio-largo plazo) por la de los ideólogos del poder político (siempre a corto plazo).
Hace muy pocos días, en una entrevista, el profesor Ucelay-Da Cal, catedrático de Historia de la Universidad Autónoma de Barcelona, estudioso, entre otras cosas, de los golpes de Estado, aludía a que en España se tiende a "discutir la legitimidad de manera monomaníaca", de forma que en "la política española" parece no perseguirse "la estabilidad como un bien en sí mismo, sino que se la cuestiona para percibirla como un aprovechamiento del enemigo". Y proseguía: "desde la oposición de los liberales a Fernando VII hasta la actuación de ETA, siempre ha habido quien se ha creído víctima de un t reme ndo abuso de poder. Con tal perspectiva, preferir la estabilidad al cambio es (se considera) una traición. Esta peculiar visión del orden político es un lamentable legado español, como demuestra la historia contemporánea de cualquier república hispanoamericana" [ 3 ] .
Y ahora -añado yo- en nuestro propio país, en el Estado de las Autonomías, por el que recorre aceleradamente el "sentimiento de agravio", el victimismo más equívoco, la perversión del lenguaje que denunciaban Hanna Arendt y Agnes Heller, siguiendo a Kant; cuando los políticos e ideólogos encubren la realidad con la polisemia de las palabras y hacen que se destruya "la posibilidad de distinguir entre lo bueno y lo malo", justificando "los instintos de odio y envidia", a los que transforman en políticamente respetables y eliminando todo sentimiento de culpa individual, que recae siempre en "los otros" y nunca en los que toman las decisiones de la acción concreta y la ejecutan. El pensamiento de grupo que se ha adueñado del país resulta realmente confortable para sus usuarios... y, por definición, con vocación omnicomprensiva y, cuando menos, intervencionista.
Con asombro y perplejidad han constatado ilustres hispanistas la tendencia en España a la "fracasomanía" o complejo de fracaso, según la definición de Albert Hirschmann, que tiene entre nosotros fervorosos partidarios; el "todo o nada" parece prender con facilidad en ciertas corrientes políticas españolas. La creencia errónea de que todo juego es un juego de "suma cero" (es decir, que si hay alguien que gana una determinada cantidad, esa misma es la que pierde otro forzosamente , sin admitir que existen otras modalidades de juego, que podemos ser a la vez todos ganadores y perdedores) parece estar latente en los esquemas conceptuales y en las decisiones de buena parte de la clase política y -afortunadamente de forma más débil- en sectores de la sociedad española.
Pero no nos engañemos, esa puesta en cuestión de la legitimidad de origen -que es verdad que parece repetirse casi cíclicamente y conduce generalmente a crisis de estabilidad y a situaciones de discordia- no responde a esencialismos del pueblo español, de los ciudadanos españoles, sino a situaciones concretas de grupos y sectores en la lucha por el poder. La historia es siempre singular y, aunque parezca lo mismo, no es así. La historia -en todas partes- está llena de estructuras y fenómenos recurrentes, ha señalado Koselleck, pero eso no significa un destino fatal; el juego entre singularidades y elementos repetitivos es mucho más complejo y depende, en último término, de las elecciones y reacciones de los protagonistas concretos en cada situación [ 4 ] . Por ello, de acuerdo con lo que en alguna ocasión dijo ya Fernando Savater, "el problema no es lo que nos pasa, sino qué hacemos con lo que nos pasa".
(Me inclino a pensar, como historiadora, que la práctica de siglos en España de la "limpieza de sangre", esa discriminación por orígenes, que funcionó absolutamente en todas las escalas sociales, y que creó una "sociedad de la sospecha" y una mentalidad esquemática y brutal: "ellos" y "nosotros", podría estar en la base de alguna de esas recurrencias repetitivas ; de un tipo de "compulsión repetitiva", que, como señalara Freud, sirve de fácil modelo para la acción humana. Como el margen de innovación no es muy grande en general, los humanos tendemos a repetir las conductas que ya conocemos, aunque sean destructivas incluso para nosotros. Y, como nos han enseñado las ciencias sociales del siglo XX, como han repetido hace poco historiadores de la talla de Koselleck o Paul Ricoeur, los seres humanos -que dependemos de la memoria y de la repetición, al menos en cierto grado, para perdurar y que, como tantas veces han recordado nuestros grandes historiadores Jover o Domínguez Ortiz, nos dejamos llevar por la pereza mental y la inercia- tendemos a la economía de acción a través de esa "compulsión repetitiva". Reaccionamos, bajo el recuerdo y bajo emociones y pasiones, como nos resulta más familiar, más fácil, sin tener en cuenta el efecto devastador de la reacción. Precisamente, una de las actitudes más rentables que los autores citados denuncian es el constante "victimismo como compulsión repetitiva": entiéndase bien, no el ser víctimas concretas de un atentado o una injusticia -los judíos del Holocausto o las víctimas de ETA - , sino el victimismo de culpar a un pasado, a una historia más o menos reinterpretada según los intereses del presente, de los males supuestos que habrían sufrido, no personas concretas, sino grupos abstractos que una clase política pretende representar. No es este el momento para desarrollar esta compleja situación, pero quede como apunte para el futuro.)
Número de páginas: 5
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NOTAS
  • [ 3 ]

    E. Ucelay-Da Cal, "España, una historia golpe a golpe". Entrevista en Clío , abril 2006, pp. 26-27.

  • [ 4 ]

    R. Kosellek, "Historia conceptual, memoria e identidad" I y II. "Entrevista a R.K . ", por Javier Fernández Sebastián y Juan Francisco Fuentes. Revista de Libros , n°s 111 y 112, marzo y abril de 2006 (pp. 19-22 y 6-10, respectivamente)


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