El consenso alcanzado con el pacto constitucional de 1978, un triunfo de todos, ha derivado en la discordia que protagonizan los políticos y no pocos medios. Carmen Iglesias hace un llamado a no sospechar de aquel cimiento alertando sobre la simplificación e incluso la tergiversación de la historia .
El mayor logro del siglo XX español ha sido una Constitución en la que todos los españoles tuvieron y han tenido cabida, de la que nadie fue excluido y en la que la generosidad y la flexibilidad parecía que acababan definitivamente con los demonios interiores que habían asolado la historia española de las tres cuartas partes del siglo pasado.
Sin embargo, como bien sabemos los historiadores, nunca hay ganancias absolutas en la historia: se solucionan unos problemas y se abren otros retos o se derivan consecuencias no p revistas que desvían toda planificación programada -y a veces eso es catastrófico o a veces supone la esperanza de que las cosas no perduran como creen los planificadores. No hay ganancias absolutas en la historia, decía, o también, dicho de otra manera, en frase de un ilustre hispanista, "el éxito nunca es definitivo". Naturalmente, tampoco el fracaso, y de ello creo que hemos sido muy conscientes la mayoría de los españoles en estos treinta años de monarquía parlamentaria y estabilidad constitucional. Parecía que los dos defectos que habían lastrado nuestra historia contemporánea: el "común irrespeto a la ley" y el "débil sentido de comunidad", por decirlo en palabras de Jover Zamora, habían sido superados por el pacto constitucional de 1978 y por la liberalidad del Estado de las Autonomías. Frente al esencialismo que atribuye las desgracias históricas de los españoles a un supuesto "carácter nacional" o a un determinismo histórico más o menos cainita e ir reme diable, a una suerte de "destino" repetitivo de ciclos históricos catastróficos, estas tres últimas décadas nos habían proporcionado la seguridad suficiente para empezar a dejar de proyectar la guerra civil del 36, es decir, la ruptura de "las dos Españas" sobre el conjunto de todo el pasado español y, por supuesto, sobre el futuro. Es decir, habíamos reaprendido socialmente -no sólo por parte de los historiadores- a matizar, a aceptar las razones del otro, a no ver en el discrepante a un enemigo -en el sentido radical de la teoría de Carl Schmitt, desgraciadamente muy presente- sino a un adversario. La concordia, como quería Aristóteles en uno de los textos fundacionales del concepto "concordia", se manifestaba en los hechos, en la propia realidad (exceptuando, claro, el irredentismo fundamentalista y terrorista de ETA y su entorno nacionalista, pero este parecía un cáncer que se podría controlar antes de que contaminase al resto del país).
"La concordia -había insistido y definido ya el filósofo griego en la Ética a Nicómaco - se aplica siempre a actos , y entre estos actos, a los que tienen importancia y que pueden ser igualmente útiles a las dos partes y hasta a todos los ciudadanos, cuando se trata de un Estado: como cuando todo el mundo juzga unánimemente, por ejemplo, que todos los poderes deben ser electivos...", y Aristóteles añade aquí otros ejemplos referidos a la política concreta de su época, para proseguir:
Cuando, por el contrario, en un Estado cada uno de los partidos quiere el poder para sí solo, hay
discordia [...] Porque no basta para que haya concordia, que los dos partidos piensen de la misma manera sobre un objeto dado, cualquiera que él sea. Es preciso además,
que tengan la misma opinión en las mismas circunstancias [...] La concordia, comprendida así, se convierte en cierta manera en una
amistad civil [...] porque comprende entonces
los intereses comunes y todas las necesidades de la vida social [ 1 ] [la cursiva es mía].
Es importante resaltar que no se trata de que la concordia tenga que estar basada en la uniformidad ; al contrario: "no debe confundírsela con la conformidad de opiniones -señala expresamente Aristóteles-, porque ésta puede existir hasta entre personas que mutuamente no se conocen"; por ejemplo: se puede estar de acuerdo en las causas de fenómenos celestes y ese "estar de acuerdo sobre estos puntos no implica la menor afección", es decir, no tiene que ver con esa "amistad civil" que sería la concordia. "Por el contrario -sigue el filósofo- se dice que hay concordia entre los Estados, entre los ciudadanos, cuando recae sobre intereses generales, cuando se toma parte en ellos y cuando de concierto se ejecuta la resolución común" . Es la consonancia entre "elementos desemejantes", que diría más tarde Cicerón, para conseguir la concordia con la ayuda siempre de la justicia.
No es, pues, casualidad que el texto fundacional de la idea de la concordia -anterior a la gran divulgación que de ella hará Cicerón para el imperio romano, y anterior también a los estoicos y a las grandes monarquías helenísticas que adoptarán la concordia como ideología de sus imperios-, lo elabore Aristóteles dentro de los capítulos que dedica "a la amistad", pues, en definitiva, si es verdad que la amistad es anterior a la justicia en el origen de las sociedades, y puede existir sin ésta, sólo en la polis, en la ciudad ordenada, en el Estado jurídicamente igual para todos, se realiza la verdadera amistad y la justicia: "la justicia sería en cierto sentido la amistad generalizada", en frase de Emilio Lledó
[ 2 ] .
Pero esta concordia [esta amistad civil , que dice Aristóteles y que tiende a la generalización de la justicia] supone siempre corazones sanos. En efecto, los corazones de esta índole están por lo pronto de acuerdo consigo mismos y lo están recíprocamente entre sí, porque se ocupan, por decirlo así, de las mismas cosas. Las voluntades de estos espíritus rectos permanecen inquebrantables, no [sufren] el flujo y reflujo [...] sólo quieren las cosas justas y útiles y las desean sinceramente guiados por el interés común.
Por el contrario, entre los malos [sigue Aristóteles] no es posible la concordia y, si reina alguna vez, es por cortos instantes; y tampoco pueden ser por mucho tiempo amigos, porque reclaman una parte exagerada en los beneficios y se desentienden todo lo posible de las fatigas y gastos comunes. Queriendo cada cual las ventajas sólo para sí, espía y pone trabas a su vecino, y como del interés común nadie se cuida, se le sacrifica y perece. Entonces comienza la discordia, esforzándose los unos en hacer que los otros observen la justicia, pero sin que nadie quiera practicarla.
No con cualquiera, por tanto, puede edificarse la concordia.