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Letras Libres 59 Letras Libres

En el mar Caribe

por Miguel Cané
Letras Libres nº 59, Agosto 2006

Número de páginas: 3
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Hay días, muy frecuentes, en que todo el tráfico marítimo se interrumpe, porque no es materialmente posible embarcarse. Por lo regular, el embarque no se hace nunca sin peligro. En vano se han construido extensos tajamares: la ola toma la dirección que se le deja libre y avanza irresistible. ¡Ay de aquel bote o canoa que al entrar o salir al espacio comprendido entre el muelle y la muralla de piedra, es alcanzado por una ola que revienta bajo él! Nunca me ha sido dado observar mejor esos curiosos movimientos del agua, que parecen dirigidos por un ser consciente y libre. Qué fuerzas forman, impulsan, guían la onda, es una cuestión ardua; pero aquel avance mecánico de esa faja líquida que viene rodando en la llanura y que, al sentir la proximidad de la arena, gira sobre sí misma como un cilindro alrededor de su eje, es un fenómeno admirable. Al reventar, un mar de espuma se desprende de su cúspide y cae bullicioso y revuelto como el caudal de una catarata. Si en ese momento una embarcación flota sobre la ola, es irremisiblemente sumergida. Así, durante días enteros, hemos presenciado el cuadro conmovedor de aquellos robustos pescadores, volviendo de su tarea ennoblecida por el peligro y zozobrando al tocar la orilla. Saltan al mar así que comprenden la inminencia de la catástrofe y nadan con vigor a tierra, huyendo de los tiburones y tintoreras que abundan en esas costas. El embarque de pasajeros es más terrible aún; hay que esperar el momento preciso, cuando, después de una serie de olas formidables, aquellos que desde la altura del muelle dominan el mar, anuncian el instante de reposo y con gritos de aliento impulsan al que trata de zarpar. ¡Qué emoción cuando los vigorosos marineros, tendidos como un arco sobre el remo, huyen delante de la ola que los persigue bramando! Es inútil; llega, los envuelve, levanta el bote en lo alto, lo sacude frenética, lo tumba y pasa rugiente a estrellarse impotente contra las peñas.
Consigno un recuerdo al lindo pueblo de Macuto, situado a un cuarto de hora de la Guaira, perdido entre árboles colosales, adormecido al rumor de un arroyo cristalino que baja de la montaña inmediata. Es un sitio de recreo, donde las familias de Caracas van a tomar baños, pero no tiene más atractivo que su belleza natural. El lujo de las moradas de campo, tan común en Buenos Aires, Lima y Santiago, no ha entrado aún en Venezuela ni en Colombia. Siempre que nos encontramos con estas deficiencias del progreso material, es un deber traer a la memoria, no sólo las dificultades que ofrece la naturaleza, sino también la terrible historia de esos pueblos desgraciados, presas hasta hace poco de sangrientas e interminables guerras civiles.
Al fin del quinto día, el vigía anunció nuevamente un vapor que asomaba en el horizonte oriental; esta vez no fuimos chasqueados. Pero como el Saint-Simon no debía partir hasta el día siguiente, empleamos la tarde, en unión con la casi totalidad de la población de la Guaira, en presenciar el desembarque de la compañía lírica que debía funcionar en el lindo teatro de Caracas. El mar estaba agitado, "venía mucha agua", según la expresión de los viejos marinos de la playa y de los conductores de las lanchas ocupadas por los ruiseñores exóticos que iban a poner a prueba su habilidad. Al menor descuido, la ola estrellaba la embarcación contra las rocas o el muelle y el mundo perdía algunos millares de sí bemoles. En el fondo de la primera lancha, vi un hombre de elevada estatura, con calañés, en posición de Conde de Luna, cuando pregunta desde cuándo acá vuelven los muertos a la tierra; era el barítono, seguramente. A su lado, una mujer rubia y buena moza apretaba un perrito contra el seno y tenía los ojos agitados por el terror. ¿Perrito? Contralto. En el segundo bote, la prima donna , gruesa, ancha, robusta, nariz trágica, talle de campesina suiza; junto a ella, el primo donno , su esposo o algo así, ese utilisímo mueble de las divas, que firma los contratos, regatea, busca alojamiento y presenta a la signora los habitués distinguidos. Por último, tras el formidable bajo, que tenía todo el aire de Leporello en el último acto de Don Juan , el tenor, el sublime tenor, que el empresario, según anunció en los diarios de Caracas, había arrebatado a fuerza de oro al Real de Madrid. El referido empresario venía a su lado, sosteniéndole a cada vaivén, interponiéndose entre su armonioso cuerpo y el agua imprudente que penetraba sin reparo, mensajera del resfrío. Cuál no sería mi sorpresa al reconocer en el melodioso artista, que se dejaba cuidar con un aplomo regio, ¡a nuestro antiguo conocido el tenor Abrugnedo! Miré con júbilo al Saint-Simon que se mecía sobre las aguas y que debía partir al día siguiente. Más tarde, vi toda la compañía reunida, comiendo, los desgraciados, en la mesa del hotel Neptuno . El plátano proteiforme, la yuca, el ñame y demás manjares indígenas les llamaban la atención, y el viejo italiano que se habla entre bastidores sonaba en agudezas de carbonero, mientras algunos jóvenes de Caracas, casualmente allí, analizaban los contornos de la contralto con una atención que revelaba o afición a la anatomía o designios menos científicos. Yo, entretanto, dejaba a mi espíritu flotar en el recuerdo de un delicioso romance de George Sand, aquel Pierre qui roule , en el que el artista sin igual pinta la vida vagabunda y caprichosa de una compañía de cómicos de la legua, para detenerme ante esta ligera insinuación, de mi conciencia: En cuanto a vagabundo...
Al día siguiente, por fin, procedimos al embarque. Cuestión seria; una de las lanchas que nos precedían y que, como la nuestra, espiaba el instante preciso para echarse afuera, no quiso oír los gritos del muelle: "¡viene agua!" e intentando salir, fue tomada por una ola que la arrojó con violencia contra los pilotes. La lancha resistió felizmente; pero iban señoras y niños dentro, cuyos gritos de terror me llegaron al alma. "No se asuste, blanco" -me dijo uno de mis marineros, negro viejo que no hacía nada, mientras sus compañeros se encorvaban sobre el remo. Sonrío hoy al recordar la cólera pueril que me causó esa observación y creo que me propasé en la manera de manifestársela al pobre negro. Fuimos más felices que nuestros precursores y llegamos con felicidad a bordo del vapor en que debíamos continuar la peregrinación a los lejanos pueblos cuyas costas baña el mar Caribe.
He hecho esta observación: nunca se siente uno más extranjero, más solo, que cuando se embarca en un vapor que está al concluir la carrera de su itinerario. Todos los pasajeros de a bordo han vivido un mes en comunidad, lo que equivale a cinco años en tierra. Han tenido tiempo, por consiguiente, de establecer sus círculos, sus amistades, sus modos de vida a bordo. El que llega es un intruso y en el fondo de las miradas que se le dirigen, hay cierto desprecio por el individuo que sólo tiene tres días de travesía. Sin embargo, cuando pasaban delante de mí, sentado en mi cómoda silla de viaje, leyendo gravemente una historia de Colombia, habría podido decirles que hacía siete meses me encontraba en el viaje.
En medio del mundo de a bordo, un tanto silencioso y mustio desde la partida de la compañía lírica, cuyos miembros se habían ejercitado en muchas cosas, excepto en el canto, cuyas primicias reservaban para los caraqueños, tuve un encuentro, que me probó una vez más la verdad del refrán árabe, que limita a las montañas la triste condición de la inmovilidad. Fue un joven peruano, que había conocido en Arica, ennoblecido por su traje desgarrado, su tez quemada y las huellas de las privaciones sufridas peleando por su patria. Hoy estaba elegantemente vestido: venía de París. Después del desastre de Tacna, ganó a Lima por el interior, pero, como la vida era dura bajo la dominación de las armas de Chile, fue a respirar a Europa por unos meses. Era muy buen mozo, observación que me aseguraron había hecho ya la contralto.
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