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Letras Libres 57 Letras Libres

López Obrador, el mesías tropical

por Enrique Krauze
Letras Libres nº 57, Junio 2006

Número de páginas: 8
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"La doble valla metálica que corta por la mitad a la multitud y dentro de la cual camina solitario el Jefe hacia la gran tribuna de la plaza". ¿Qué recordaba la escena? Adolfo Gilly, historiador respetado y viejo militante de izquierda, señalaría tiempo después que la inspiración de aquella "coreografía y escenografía", de aquel "método de centralización personal de la organización en la figura del Jefe", provenía "de los años treinta, en la figura y las ideas del tabasqueño Tomás Garrido Canabal".
Tenía razón. La clave para comprender mejor la formación, la imaginería, el estilo y sobre todo la actitud política de Andrés Manuel López Obrador no estaba en la historia de México, en Cárdenas o Juárez. La clave -como él mismo me había dado a entrever en aquel desayuno de agosto de 2003- estaba en la historia de Tabasco, la tierra del "poder tropical".
UN "FERVIENTE DESEO DE GOBERNAR"
"Ese estado pantanoso y aislado, puritano e impío", escribió Graham Greene en Caminos sin ley (1939), libro de viaje complementario a El poder y la gloria (1940). A Graham Greene, que recorrió Tabasco en 1938, tres años después de terminada la era de Garrido, lo intrigaba la "oscura neurosis personal" de aquel "dictador incorruptible". Su sombra seguía rondando. Ahí estaban las "escuelas racionalistas", instituciones de disciplina casi militar donde los niños eran adoctrinados "científicamente", aprendían las virtudes de la razón, la técnica agrícola y los ejercicios físicos. Greene se impresionó con los carteles que vio en las escuelas: una mujer crucificada a la que un fraile le besa los pies, un cura borracho bebiendo vino en la Eucaristía, otro tomando dinero de manos indigentes. Su confesor en Orizaba se lo había advertido: " A very evil land ", y Greene, converso al catolicismo, creyó constatarlo a cada paso: "Supongo que siempre ha existido odio en México -apuntó-, pero ahora el odio es la enseñanza oficial: ha superado al amor en el plan de estudios [...] Uno se niega a creer que logrará algo bueno: y es que ese odio envenena los pozos de humanidad."
Ahí estaba también la huella de una existencia puritana (las luces se apagaban todavía a las 21:30, la venta y consumo de alcohol estaban prohibidos) y el recuerdo de una sociedad regimentada: cooperativas de distribución agrícola controladas por el gobierno, "ligas de resistencia" obligatorias para cada gremio de trabajadores o empleados, y, sobresaliendo entre todas, los llamados "camisas rojas", contingentes estudiantiles de ambos sexos uniformados con colores rojinegros, recorriendo las calles con disciplina fascista y sirviendo como tropas de adoctrinamiento y choque para la intensa campaña "contra Dios y la religión". En escenas filmadas por el gobierno de Garrido para fines de propaganda se veía cómo los "camisas rojas" (precursores de los "guardias rojos" chinos), empuñaban la piqueta para destruir, piedra por piedra, la Catedral de Villahermosa; arrojaban a las llamas imágenes piadosas de los templos destruidos y los objetos de culto que la gente guardaba en sus casas, y escenificaban tumultuosos "autos de fe" donde los niños, maestros, jóvenes y viejos se turnaban para destruir con la piqueta grandes esculturas de Cristo crucificado.
A juicio de López Obrador, el mérito de Garrido fue convertir a Tabasco "en la Meca política del país". El uso de la metáfora religiosa no era casual. Tabasco, en efecto, creció a través de los siglos con una población alimentada por la madre naturaleza, pero literalmente dejada de la mano de Dios: sin la presencia de los misioneros que evangelizaron a la mayor parte del país, casi sin templos ni parroquias (el Obispado, muy tardío, es de 1880), y con una cuota de sacerdotes pequeñísima frente al promedio nacional. Tampoco las instituciones de enseñanza -colegios o seminarios, comunes también en el resto de la República- se arraigaron en el lugar (el Instituto Juárez, único plantel de enseñanza superior, no se fundó hasta 1879). Además de su aislamiento geográfico, Tabasco resentía su marginalidad espiritual, y esperaba su oportunidad para afirmarse en la historia nacional, para convertirse en su Meca. Esa oportunidad arribó con la Revolución Mexicana.
Había llegado de fuera, traída por los generales del norte y del Altiplano. El primero que puso su sello en Tabasco fue el general Francisco J. Múgica, antiguo seminarista de la seráfica ciudad de Zamora que, en un movimiento muy típico de los revolucionarios de la época, se había rebelado contra su formación católica llevando el jacobinismo a extremos de profanación sólo vistos en la Revolución Francesa o antes, en la Inglaterra isabelina. Al llegar a Tabasco en 1916, Múgica ocupó con sus tropas la catedral, cambió el nombre de la capital de San Juan Bautista a Villahermosa, y dio inicio a un reparto agrario. Múgica estaba orgulloso de la naturalidad con que los tabasqueños parecían adoptar su radicalismo antirreligioso: "hay que tabasqueñizar a México", llegó a decir. Según Andrés Manuel López Obrador, Múgica -tutor de Garrido- fue "el más idealista de los revolucionarios".
En su libro Entre la historia y la esperanza (1995), López Obrador describe este proceso como un historiador oficial, sin mayor distancia crítica. Gracias a Garrido -recuerda-, Álvaro Obregón había dicho: "Tabasco es el baluarte de la Revolución." Debido a su falta de tradición religiosa -escribió -, Tabasco tenía "condiciones ideales" para la política anticlerical. Aunque entrecomilló la "obsesión" de Garrido por destruir de raíz "el virus religioso", su recuento de aquella gestión era neutro o francamente positivo, como cuando refería la "extraordinaria" labor educativa, la organización de las Ligas de Resistencia obreras y campesinas, las ferias y los conciertos. Si bien le objetaba que, "en sentido estricto, no fuera socialista" y que "sin ser un dictador, fuese un caudillo autoritario", lo consideraba "un visionario de gran sensibilidad que supo combinar armónicamente economía y política". Para López Obrador, su verdadero error fue táctico y posterior a su gubernatura: "querer trasladar la política anticlerical del trópico al altiplano [...] Eran otras las condiciones." (En 1935, siendo ya ministro de Agricultura en el gobierno de Cárdenas, Garrido ordenó una matanza de católicos en la ciudad de México, hecho que le valió su dimisión y exilio a Costa Rica). "Don Tomás", en definitiva, era objeto de su admiración: "era muy hábil, muy eficaz, muy sensible [...] Tenía un instinto certero [...] tenía otra cosa que también es fundamental [...] era un hombre con aplomo."
López Obrador admiraba al político en Garrido, pero no veía que el político era inseparable del teólogo. El celo antirreligioso de Garrido Canabal era en sí mismo "religioso", un reverso torcido y cruel del celo que furiosamente combatía. Esa dialéctica está en el centro de la novela de Greene. Al describir al teniente garridista, puritano y ateo, Greene percibe "algo sacerdotal en su andar decidido y vigilante, parecía un teólogo que volvía sobre los errores de su pasado para destruirlos nuevamente [...] Hay místicos que dicen haber conocido directamente a Dios. Él también era un místico y lo que había conocido es el vacío". El espacio de ese vacío, el espacio de la fe, no se llenó en Tabasco con un humanismo laico. Se llenó, sobre todo, con una fe agresiva y militante. En la Meca tabasqueña no se enseñaba la ciencia: se la predicaba. En términos históricos y culturales, en el Tabasco de entonces no había Ilustración: había una religiosidad invertida, y había iconoclasia.
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