Mestre murió serenamente en 1996. Es obvio que era un utopista y un romántico. Una especie extinguida de anarquista pacífico y tolstoiano. Pero la práctica cotidiana de fraternidad que ejercía, esa comunión laica alrededor de las ideas, los libros, las lecturas, los asuntos políticos y morales de cada día, no tiene nada de utópica. Es la esencia de la auténtica vida intelectual. Y hay otra dimensión rescatable en su actitud. Su abjuración del poder. "Ser gobernado -escribió Proudhon- es ser vigilado, inspeccionado, espiado, dirigido, legislado, numerado, reglamentado, adoctrinado, sermoneado, comprobado, calibrado, evaluado, censurado, mandado por criaturas que no tienen el derecho, ni la sabiduría ni la virtud para hacerlo". Con esa verdad sí comulgaba Mestre. Recuerdo el modo catalán con que arrastraba la letra ele, como cabalgando en la palabra libertad.