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Letras Libres 54 Letras Libres

Una carta para Theo

por Ian Buruma
Letras Libres nº 54, Marzo 2006

Número de páginas: 5
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Algo que molestaba tanto a los turcos como a los marroquíes en el Colegio Pieter Nieuwland era la tendencia a culpar indiscriminadamente a los musulmanes por todo acto terrorista. "Todo lo que oyen acerca de la cultura de sus padres es negativo", me dijo Raeven. Una forma de responder a esto es considerar a Bouyeri simplemente como un loco. Esto es lo que piensa Ahmen Larouz, un marroquí que llegó a Holanda siendo adolescente a finales de los ochenta: "No puedo explicar lo que hizo. Si otros 280 hubieran hecho lo mismo tal vez habría una respuesta, pero lo que él hizo no tiene sentido. Tal vez el islam lo volvió aún más loco. Aunque no sabía nada sobre el islam. Yo crecí en escuelas musulmanas. Mohammed B. confeccionó su religión en apenas dos años".
Larouz se ve a sí mismo como un holandés-marroquí ejemplar. En 1997, junto con otros cuatro estudiantes marroquíes, fundó tans ( Towards a New Start , Hacia un nuevo comienzo), una organización cuyo objetivo era dotar a los musulmanes de un papel más positivo en la sociedad. Hoy día, Larouz trabaja en una oficina ultramoderna, viste con trajes elegantes, lo atienden secretarias en minifalda y habla como un viejo locutor estadounidense, lleno de energía y vitalidad. El inglés es una de las muchas lenguas que maneja. "La administración cultural", tanto en el sector privado como en el público, es su negocio. Me fraseó algunas líneas del rapero Tupac Shakur: "Mamá, no llores, mientras tratemos, tal vez las cosas cambien, tal vez sea sólo una fantasía".
No obstante, Larouz es una figura excepcional. Ya había asistido a la secundaria en Marruecos, antes de alcanzar a sus padres en Holanda, un lugar que imaginó como una tierra de libertad. No venía de una aldea en las montañas del Rif, sino de una ciudad al este de Casablanca. Aunque su padre vivía en holanda como afanador, varios de los hermanos de Ahmed tienen títulos profesionales. Larouz está orgulloso de representar a Holanda en conferencias internacionales. Cerca de la puerta de su oficina, hay una foto donde estrecha la mano de la Reina Beatriz. Ahmed Larouz es lo que Mohammed Bouyeri hubiera podido ser.
Naturalmente, Frits Bolkestein, el antiguo líder del Partido Liberal Holandés y, hasta noviembre de 2003, comisionado de la Unión Europea, tenía en mente a Bouyeri, y no a Larouz, cuando advertía, a principios de los noventa, sobre las posibles consecuencias del flujo incontrolado de musulmanes. La población extranjera de Amsterdam crecía entonces a una tasa de uno por ciento anual. A ese paso, dijo, las principales ciudades holandesas tendrían minorías musulmanas en una o dos décadas. La política del gobierno en ese momento era la de "integrar manteniendo la identidad". En la práctica, se trataba de lidiar con los musulmanes tal como los gobiernos holandeses anteriores habían lidiado con los católicos y los protestantes: creando una tercera columna. Bolkestein no estaba de acuerdo, y quería un debate.
Sentado con Bolkestein en su nueva oficina en el centro de Amsterdam, le pedí que recordara los días en que habló contra la política gubernamental. "La política era un completo sinsentido, por supuesto", dice. "Escribí un artículo en 1991 diciendo que la integración no funcionaría si nuestros valores fundamentales chocan con los de los inmigrantes: la separación del Estado y la Iglesia, por ejemplo, o la igualdad entre hombres y mujeres. Esas cosas no pueden negociarse, ni siquiera un poco".
¿Qué sucedió? "Bueno, la mitad del mundo se abalanzó sobre mí", dijo. "Dijeron que era racista, que odiaba el islam. Por un momento temí por mi propia seguridad". Ningún partido político quería sostener un debate serio sobre el tema. "Cegada por la ideología, la gente no podía ver lo que sucedía", agregó, "pero para un político era suficiente con captar lo que la gente ordinaria pensaba ‘en la iglesia y en el bar', y yo decidí aprovechar eso". Esto podría sonar como el clásico discurso de un populista de derecha, pero muchos liberales incluido Paul Scheffer, consideran ahora a Bolkestein como un héroe, como alguien con el valor para decir la verdad cuando otros evadían el tema. Sin duda, Bolkestein es un pensador sofisticado, y haberse negado a considerar sus argumentos seriamente tuvo un resultado lamentable: la Iglesia y el bar ( kerk en kroeg , dicen los holandeses) cayeron en manos de políticos demagogos como Pim Fortuyn. Un hombre con vestimenta llamativa y abiertamente homosexual, Fortuyn fue un héroe inverosímil en este país ultraburgués, pero un mensaje lo hizo inmensamente popular: la intolerancia extranjera no podía seguir siendo tolerada, era tiempo de restaurar el orden burgués expulsando a los extranjeros. Era como si los holandeses, habiendo desviado la mirada durante mucho tiempo, despertaran frente a un problema y ahora exigieran una solución radical.
Geert Wilders, el actual promotor del populismo antiinmigración, no tiene el carisma exuberante de Fortuyn, aunque su peinado extraordinario, una especie de turbante rubio recubierto de laca, envuelto alrededor de una cara rosada de bebé, podría ser un buen intento. Wilders, que fue diputado y que escribió discursos para Bolkestein, dejó el Partido Liberal en septiembre 2004 porque sintió que estaba acercándose demasiado al centro, y él quería ir más hacia la derecha. Wilders se ha convertido en una figura importante en la escena post-Van Gogh, aunque sus esfuerzos por organizar un nuevo partido se han visto obstaculizados por el hecho de que necesita protección las veinticuatro horas y debe permanecer en edificios seguros.
Me reuní con él en su oficina resguardada en el Parlamento, en La Haya. Wilders es un hombre obsesionado con una idea: el fracaso de Holanda para enfrentar la amenaza islamista. Moviendo nerviosamente las cosas que se hallan sobre su escritorio, Wilders habló rápido, como si no hubiera más tiempo que perder: "No es accidental que el primer sacrificio ritual ocurriera aquí". Enlistó una serie de nombres de personas y organizaciones que, según dijo, han operado en Holanda con total impunidad. "Estoy furioso porque el gobierno holandés es incapaz de tomar medidas severas. Eso también sería mejor para los musulmanes moderados. Debemos tomar medidas agresivas. En este país, los políticos siempre han intentado pacificar a las minorías mimándolas. Todos esos estrechones de manos... Me revuelve el estómago".
Pero tomar medidas agresivas puede no ser tan fácil. La idea de Wilders de detener sólo a los extranjeros no occidentales puede ser difícil de condonar en términos morales, además de que arrestar a las personas sólo por la sospecha de lo que podrían hacer no concuerda con los tratados de derechos humanos europeos. Wilders insiste en que no es racista, ni antiislamista, aun cuando siente "en el fondo de mi corazón que el islam no es compatible con la democracia". Sin embargo, está comprometido con la política del miedo, y el miedo no es una receta para la moderación democrática. "Van Gogh es sólo el comienzo", dijo, justo antes de despedirnos, "y aún no has visto nada".
Si se ha alimentado el miedo entre la población caucásica de Holanda, tal vez éste sea más agudo entre las minorías musulmanas. Una tarde tomé un ferry a un distrito llamado
Amsterdam-Noord, construido para trabajadores portuarios a principios del siglo xx . Hoy día es la zona marroquí más pobre de la ciudad. Paul Scheerder, un antiguo voceador, abrió ahí un refugio para niños y mujeres maltratados. Se casó con una marroquí y se convirtió al islam. En su oficina, tomamos té de menta y me contó sobre tres chicas que se quedaban en su refugio y cuyo padre apuñaló a su esposa dos años atrás. Nos acompañaba el policía del barrio.
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