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Letras Libres 54 Letras Libres

Una carta para Theo

por Ian Buruma
Letras Libres nº 54, Marzo 2006

Número de páginas: 5
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La semana siguiente al asesinato, los políticos mostraron signos de pánico. El ministro de Justicia, Piet Hein Donner, un calvinista de la vieja escuela, sugirió que se aplicara una ley un tanto arcaica contra la blasfemia, algo que no se había hecho desde 1966, cuando el novelista Gerard van het Reve fue juzgado por comparar su conversión a la fe católica con hacer el amor tiernamente a un asno. La sugerencia de Donner no fue puesta en práctica. Otro político, Geert Wilders, echó a andar un partido político propio, con la propuesta de frenar a todo inmigrante no occidental y de arrestar a los islamistas, incluso aunque no violen la ley, sino -como él mismo dijo- tan sólo por estar "preparados" para hacerlo. Aun cuando Wilders, como Hirsi Ali, debe ocultarse de las personas que lo quisieran ver muerto, este hasta ahora oscuro parlamentarista ha crecido en las encuestas de opinión y se ha convertido en el nuevo Pim Fortuyn.
En medio de todo este sinsentido, los comentaristas hablaban y hablaban: "Holanda ha perdido su inocencia"; "es el fin del multiculturalismo"; "la tolerancia tiene sus límites". La tendencia general era derechista y derivaba en una atmósfera de ansiedad tal vez exagerada. Max Pam no fue la única persona con la que hablé que creía que si las autoridades no controlaban el problema del islamismo Holanda tendría en algún momento una guerra civil entre manos. Los conservadores que habían advertido durante años que la migración musulmana causaría problemas encontraron nuevos aliados entre los antiguos izquierdistas.
Y los liberales como Job Cohen, que habían promovido la tolerancia y el multiculturalismo, fueron denunciados como blandos e irresponsables.
Paul Scheffer, un crítico social y un pensador influyente del Partido Laboral, escribió un texto clave sobre esta discusión nacional. En NRC Handelsblad , el periódico más importante a nivel nacional, Scheffer escribió: "La segregación en las grandes ciudades está creciendo, y eso es una muy mala noticia. Esta es la razón por la cual las palabras tranquilizadoras de diversidad y diálogo, de respeto y razón, ya no funcionan. La tolerancia sólo puede sobrevivir dentro de límites bien definidos. Sin normas compartidas sobre el gobierno de la ley, no podemos tener diferencias de opinión productivas (...) nuestro gobierno se considera incapaz de garantizar el orden público, y esa es la mayor amenaza a la tolerancia". Cierto que Scheffer llevaba algún tiempo diciendo esto, pero cuando antiguos izquierdistas claman por el orden y la ley sabes que algo ha cambiado en el clima político; ahora es común considerar que la integración de los musulmanes en Holanda ha fracasado.
El Colegio Pieter Nieuwland, situado en la parte este de Amsterdam, cerca del lugar donde murió Theo van Gogh, es una escuela confesional, según lo proclama, de denominación protestante. Cerca del sesenta por ciento de los alumnos proviene de minorías étnicas -una cifra nada extraña en las escuelas de Amsterdam, Rotterdam y La Haya-. La mayor parte de los centros educativos holandeses tiene una filiación religiosa, y lo mismo sucede con algunos medios de comunicación, periódicos y partidos políticos. Las instituciones holandesas, consideradas pilares de la sociedad civil, fueron fundadas a finales del siglo XIX para reducir las tensiones y los conflictos entre las diferentes comunidades religiosas. La mayoría de ellas carece hoy de contenido religioso, pero las formas permanecen, y el estado sigue subsidiando escuelas confesionales, incluidas las musulmanas. Algunos afirman que lo que alguna vez funcionó para mantener la paz entre protestantes y católicos, ahora alienta prejuicios religiosos antiliberales importados del Medio Oriente por personas que ni siquiera hablan holandés.
Le pregunté a W.J.M. Raeven, director de la escuela Pieter Nieuwland, sobre la reacción registrada en su escuela ante el asesinato. Contestó que había visto más tensión entre los maestros que entre los alumnos. Los adultos, dijo, "tienen ese sentimiento del ‘nosotros y ellos' que los alumnos realmente no comparten". Sin embargo, continuó, se han registrado discusiones serias en las aulas, y estas discusiones fueron alentadas, siempre y cuando se llevaran a cabo educadamente y en holandés. (En la escuela sólo se puede hablar en el idioma oficial).
Cuando nuestra conversación giró hacia Mohammed Bouyeri, Raeven dijo que los maestros habían aprendido una lección en los últimos años. Presionar a los niños de minorías étnicas es un error. "Solíamos exhortarlos a trabajar más duro que los demás, a dar ese paso más allá", dijo. "Y muchos de ellos lo hicieron, en especial las niñas, ya que la educación es una forma de adquirir independencia ante los padres. Pero les exigimos demasiado. Incluso si hicieron todo lo que les pedimos, tendrán decepciones. A menudo es más difícil para un musulmán obtener trabajo. Y cuando eso sucede pueden molestarse mucho en verdad".
Una clase de ciencias sociales a la que asistí contaba con alumnos africanos, indios, turcos, marroquíes y egipcios, además de algunos caucásicos. Tuvimos un debate sobre Van Gogh e Hirsi Ali, y la única niña en el salón de clase que portaba un velo hablaba más a menudo y con más pasión que todos los demás. La niña, nacida en Amsterdam de padres marroquíes, no justificó el asesinato, pero podía "entender por qué Mohammed B. había buscado consuelo en el islam". Dijo que la gente la había insultado en las calles tras el crimen, que habían escupido a sus pies y le habían dicho que se quitara el velo. "Cuando escucho a la gente hablar sobre ‘esos desgraciados marroquíes' me pongo a la defensiva y quisiera en verdad ser marroquí, pero cuando visito Marruecos siento que no pertenezco ahí tampoco". Un niño marroquí le contestó que eso sucedía por su acento holandés.
Me di cuenta de que algunos niños musulmanes, que más tarde alguien me describió como un tanto fundamentalistas", se burlaban cada vez que la niña del velo hablaba, incluso cuando argumentó, ante fuertes protestas de otras niñas, que las mujeres musulmanas no padecen la opresión. "Hirsi Ali es una tonta", dijo la niña. "No ve más allá de su propia experiencia". Los niños blancos permanecieron en silencio, como si temieran entrar en un terreno peligroso. Uno de los estudiantes negros se burló de la preocupación de los musulmanes por la identidad, y dijo: "Marroquíes, egipcios, argelinos; a quién le importa. Todos son ladrones". Los demás rieron, incluso algunos musulmanes. Una niña de tez oscura con facciones indias habló de pronto: "Pienso que Hirsi Ali es muy valiente. Dice cosas que nadie más tiene el valor de decir". Un chico turco que había tratado de comprender ambos lados de la historia dijo que tal vez el filme de Hirsi Ali no había sido la mejor vía para convencer a los musulmanes moderados.
Salí impresionado por la disposición de los alumnos a debatir: aparentemente la integración parecía funcionar bien, al menos en esta escuela. También era claro cuán diversos son "los musulmanes". Los nacidos en Holanda, como la niña del velo, parecían los que sufrían un mayor conflicto y trataban de buscar un sentido de pertenencia. Los turcos parecían más a gusto que los marroquíes. Al salir de la escuela, pensé en una conferencia de prensa a la que había asistido el día anterior, cuando los líderes de la comunidad musulmana estrecharon las manos con un concejal de distrito y barajaron la idea de un "contrato" para defender la libertad de expresión e identificar a los extremistas. El representante turco hablaba un holandés perfecto, llevaba un traje de negocios y estuvo de acuerdo con la propuesta. El representante marroquí hablaba un holandés errático y aún debía "consultar" en su mezquita.
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