Al igual que las personas de nuestra generación de posguerra en Holanda, Theo van Gogh estaba marcado por historias sobre la Segunda Guerra Mundial, cuando la mayoría de los holandeses se dedicó a sus propios asuntos, mientras una minoría (unos cien mil judíos, de aproximadamente ciento cuarenta mil) fue conducida a su muerte. La familia de Van Gogh, descendientes del hermano de Vincent, fue excepcional. Su padre peleó en la resistencia, lo mismo que su tío, ejecutado por los alemanes. Van Gogh a menudo se refería a la guerra en sus artículos. "Los fachas están en marcha de nuevo", escribió refiriéndose a los islamistas en Holanda, "pero esta vez visten con caftanes y se esconden tras sus barbas". Los funcionarios, los trabajadores sociales y los políticos holandeses que los apaciguan eran, a los ojos de Van Gogh, el equivalente de los colaboracionistas. Un blanco frecuente de su insidia era el alcalde de Amsterdam, Job Cohen, quien ha intentado preservar la armonía cívica haciendo del trato respetuoso y comprensivo hacia los musulmanes un auténtico espectáculo. "Si hay alguien que no aprendió del 40 al 45 que es poco inteligente vivir con fachas en marcha que exigen ‘respeto', ése es el alcalde", escribió Van Gogh. Cohen, por cierto, se contaba entre los "maestros judíos" a los que Mohammed Bouyeri señalaba como enemigos del islam.
Para Van Gogh, el peor crimen era ignorar lo evidente. Uno de sus dolores de cabeza era la negativa sostenida de la prensa holandesa a señalar el origen étnico de los delincuentes, con el fin de no alimentar prejuicios. Van Gogh consideraba esto como un signo de cobardía abyecta. Demostrar respeto por el islam sin mencionar la opresión islámica sobre las mujeres y los homosexuales era, para él, un acto de hipocresía repugnante. En una sociedad libre, creía Van Gogh, todo debería ser dicho abiertamente, y no sólo dicho, sino vociferado tan fuerte y tan ofensivamente como fuera posible, hasta que la gente captara la idea. No era suficiente llamar la atención hacia los musulmanes no liberales; éstos debían ser identificados como "viola-cabras".
Van Gogh a menudo expresaba su admiración por Pim Fortuyn, el político populista que cada tanto declaraba que no había lugar para una minoría religiosa intolerante dentro de una sociedad liberal, y que "Holanda está llena". Van Gogh llamaba a Fortuyn, asesinado en 2002 por un activista de los derechos animales trastornado, "el divino calvo", en parte para molestar a los liberales bien-pensant , raudos en materia de denunciar cualquier crítica hacia una minoría como racismo. Max Pam, amigo de Van Gogh, cree que su actitud estaba azuzada por cierta rabia profesional; como Mohammed Bouyeri, Van Gogh tuvo problemas para obtener subsidios estatales, no para centros comunitarios, sino para sus películas. No obstante, es imposible ocultar la faceta repulsiva de Van Gogh. Cuando el novelista y cineasta Leon de Winter, cuya obra a menudo gira en torno al pasado de su familia judía, logró obtener dineros públicos para sus proyectos, Van Gogh detectó una manipulación cínica y una mojigatería sentimentalista. "Oigan, huele a caramelos hoy -ya, es que deben estar cremando judíos diabéticos", escribió, burlándose de lo que consideraba el culto judío al victimismo. Van Gogh describía a la historiadora judía Evelien Gans como alguien que "tenía sueños húmedos" sobre Josef Mengele, el doctor de Auschwitz. En la tierra de Ana Frank, una tierra surcada por la culpa, existe un cierto grado de piedad forzada en torno a estos temas, pero la respuesta de Van Gogh tenía el mismo grado de sutileza que el de los hooligans holandeses a quienes les resulta divertido burlarse del equipo de fútbol conocido como "el club de los judíos" imitando el sonido de una fuga de gas. Van Gogh parecía considerar la delicadeza como un signo de fraudulencia, y tras esta consideración no dejaba vivo a nadie; Jesús, en su directorio, era "ese pescado podrido de Nazaret".
Pese a toda su intolerancia aparente, empero, Van Gogh fue uno de los pocos cineastas holandeses genuinamente interesados en actores con vínculos marroquíes. Najib en Julia , una serie para televisión, es una historia muy comprensiva sobre el amor entre una chica holandesa y un chico marroquí. Además, los ataques personales, aunque rara vez sean tan virulentos como los de Van Gogh, son moneda corriente en la política holandesa, donde todos conocen a todos. Es la violenta retórica de un lugar donde las palabras no tienen consecuencias serias por lo general.
Este no era el lugar que Mohammed Bouyeri anhelaba, ni la clase de lugar de donde provenía Ayaan Hirsi Ali. Las cosas se toman más en serio en Somalia, donde ella nació, o en Arabia Saudita, donde creció. Sufrir una mutilación genital de niña fue algo grave, e igualmente grave fue una tunda horrorosa que dijo haber recibido de un maestro musulmán en Kenya, al no querer ir más a sus clases. Cuando su padre, un político somalí disidente, la comprometió con un primo lejano, su palabra de honor fue contundente. E igualmente contundente fue la determinación de Hirsi Ali para desafiar esa cultura cuyas exigencias ya no podía soportar.
Hirsi Ali escapó hacia Holanda en 1992, aprendió a hablar un holandés perfecto, estudió ciencias políticas, trabajó con mujeres musulmanas maltratadas, se convirtió en política, primero del Partido Laboral de tendencia socialdemócrata y después del Partido Liberal, más conservador. La suya es una política de la rabia. Pim Fortuyn tenía razón, decía, al llamar al islam una "religión regresiva". Las escuelas musulmanas debían ser abolidas, y los hombres que golpean a sus esposas e hijas deberían ser castigados por la ley. No cabe duda sobre la seriedad de sus objetivos, y no cabe duda sobre la seriedad de los musulmanes que la consideran como una apóstata y que han hecho un llamado para matarla.
A partir del 11 de septiembre, las posturas de Hirsi Ali han contado con un público receptivo, pero la colaboración con Theo van Gogh -la mezcla de la rabia y del deseo de ofender- tenía que acabar en algo explosivo. El tema de la película de once minutos que realizaron juntos, Sumisión , es el abuso de las mujeres en nombre de Alá. Un narrador joven cuenta la historia de las mujeres musulmanas con voz tranquila: han sido azotadas por un amor de juventud, violadas por un tío, obligadas a un matrimonio repugnante. Todo el tiempo, aparecen palabras del Corán escritas en cuerpos femeninos desnudos. Algunos amigos le aconsejaron a Hirsi Ali no hacer la película. Llevaría a la violencia, según le dijeron. Los musulmanes, distraídos por la forma, no captarían el mensaje. Su respuesta fue que el impacto es la mejor vía hacia la lucidez, y está planeando una secuencia.
El asesinato de Theo van Gogh tuvo muchas consecuencias, algunas de ellas violentas, algunas simplemente grotescas. Tal vez la racha de incendios provocados en las mezquitas y las escuelas musulmanas era de esperarse, lo mismo que los ataques racistas en sitios de la red y en los muros de la ciudad, e incluso en algunos ramos de flores para Van Gogh. "¡ r . i . p . Theo!" era el mensaje de uno de los piromaníacos. Casi igualmente predecibles eran algunas de las reacciones defensivas de los jóvenes marroquíes, quienes festejaban al pasar por el lugar donde murió el cineasta. Mientras esto sucedía, los amigos de Van Gogh organizaron una reunión estruendosa, con banda de rock, botellas de champán alrededor de un féretro, y dos cabras de peluche sobre una tarima, "para quienes sintieran una necesidad apremiante". Esta provocación podría ser leída como parte del clásico Amsterdam irónico. Pero también había algo de mofa vangoghiana, como si en su memoria fuera necesario echar más leña al fuego.