La última pregunta que hacía Roberto me la he hecho muchas veces también: ¿todo esto para qué?, es decir, ¿qué y quién va a sacar algo de todo esto? Me acuerdo una vez, hace años, que en la vuelta ciclista a España el locutor competía por hablar de los corredores localizándolos en su pueblo. Y estaba el navarro Miguel Induráin, el vasco Abraham Olano... Y llegaba a Escartín, y decía "el ciclista del Estado". Yo lo miraba con especial simpatía, porque el hombre era como una cosa oficial. Bueno, pues yo me siento a veces como el ciclista del Estado, que no se siente vinculado a este debate. Me reconozco totalmente ciego a adhesiones patrióticas, la única patria que reconozco es la infancia y ésa la he perdido ya definitivamente, de modo que me siento exiliado, y todo lo demás pertenece al Estado de derecho. Entonces yo no entiendo eso de "nación". ¿Qué más da? A mí no me importa llamar "nación" a lo que se quiera, lo único que me preocupa es ¿qué quiere usted conseguir con esto de llamarse nación? Si mi amigo Nicolás Redondo, por ejemplo, me dice "a partir de mañana quiero que me llames gran archimandrita de Baracaldo", yo, como tengo mucho cariño por Nicolás, a partir de entonces me dirigiré a él como archimandrita de Baracaldo. Pero si resulta que después de esto, me entero de que Nicolás exige que por llamarse así yo le pase una mensualidad o tenga que arrodillarme ante él, está claro que le retiraré el tratamiento con mucho sentido, porque lo que me importa no es lo que se llame, sino qué va a significar ese nombre. Cuando un grupo reclama y habla en nombre de nación, ¿qué otra cosa puede querer decir más que tienen derecho a un Estado que reivindicarán antes o después? Hace muchos años, escribí un artículo explicando por qué nadie se contenta con usar nación y todo el mundo quiere usar España: porque los que piden ser nación son políticos, y las naciones no tienen cargo, pero los Estados, sí. Por eso, toda nación, antes o después, quiere convertirse en Estado, porque los políticos quieren tener cargos y ser una burocracia. Y la nación es un concepto cultural, histórico, pero el Estado en cambio es un concepto que tiene una nómina. Esa nómina y ese reparto y ejercicio de poder, es lo que seduce.
Eso, como muy bien señalaba Roberto, además hay que multiplicarlo, porque por no ser anti-catalanes, deberemos convertirnos en anti-extremeños, o en anti-andaluces, o en anti-gallegos o en lo que fuera, porque otros nos van a pedir exactamente lo mismo. Y si no queremos ser anti-nada, entonces seremos la "17 nación", es decir, tendremos un archipiélago, no un país, unido por lo que nos separa. Eso ahora nos parece un poco absurdo, el hecho de que todo el mundo vaya a ser nación, pero terminará como todas las reivindicaciones nacionales, en absurdos que terminan siendo obvios.
Hay un profesor inglés, también con una genealogía mezclada, que escribe con mucho humor sobre el concepto de identidad, y tiene una frase maravillosa de esas que sólo a los ingleses se les ocurre en: "el jardín del nacionalismo, las flores artificiales pronto echan raíces". Es perfecta para describir lo que discutimos: esto es una flor artificial, pero pronto echará raíces. Y todos echarán raíces al unísono o paulatinamente, con lo que habremos perdido el concepto de estado de derecho. El estado de derecho, que es una forma de hablar un poco enfática de democracia, se caracteriza, como la democracia clásica, por la isonomía, es decir, "la ley igual". Lo que se está pidiendo no es un derecho a la diferencia, sino una diferencia de derechos, y eso rompe la isonomía. ¿Cómo va a haber un país asimétrico? En las leyes del estado de derecho se ha acabado con las diferencias de nacimiento, de sexo, de color, de etnia, de religión, y ahora resulta que la única diferencia que va a quedar es haber nacido en Gerona, en Lugo o en Albacete. ¿Cómo va a ser que vayan a quedar las diferencias regionales cuando precisamente la revolución del estado de derecho ha sido acabar con las otras diferencias entre las personas que lo comparten?
Se pide que haya una clara diferencia entre los que están en España mientras quieren, y los que no tienen más remedio porque no tienen otra cosa que ser; se pide un Estado formado por los que de verdad están de paso y por lo tanto son bilaterales, y luego por los que están ahí metidos y no se pueden salir. Eso es insostenible, y el hecho de que sea insostenible llevará a que se creen los 17 estados dentro del Estado, o que se acaben las donaciones o la posibilidad de recaudar impuestos, o de educar. Y todo eso irá pasando poco a poco, pero irá pasando de una manera en la que, como ya no habremos detenido lo primero, no habremos podido detener lo siguiente. Porque cuando empiezas, puedes decir "esto es un disparate", pero cuando ya llevas 50 disparates dices "hombre, esto es casi ya irremediable". El primer disparate se podía arreglar, el disparate 51, ya no.
Todavía tenemos una amenaza terrorista, una amenaza que anda buscando sacar réditos políticos de su inevitable desguace. Por lo tanto, todo lo que no sea buscar una firmeza y una unidad, un conjunto de ideas claras, es sumamente peligroso. Desgraciadamente, el eco de lo que está pasando en Cataluña repercutirá en el País Vasco y los demás. Por eso les digo que sinceramente, yo lo veo todo con enorme melancolía, con una especie de impotencia. Cuando estaba viendo el debate sobre el Estatuto, hubo un momento en que insistían unos y otros en que el Partido Popular se había quedado solo; y no, nadie estaba solo ahí. Rajoy podría estar solo en el sentido de que no compartía la opinión de los demás, pero tenía a todos sus votantes y una gran cantidad de parlamentarios. Los que estamos solos somos los que no estamos de acuerdo ni con unos ni con otros, ni con la deriva hacia el desguace por favorecer al nacionalismo ni con esa idea de negarse numantinamente a debatir en el Parlamento. Había un personaje de una novela de Salvador de Madariaga, la Jirafa Sagrada, un personaje andaluz que cada vez que la gente discutía y debatía y hablaba de política y de gobiernos, les decía "¿y tó pa' qué?". Bueno, pues yo, francamente, cuando veía el debate pensaba, desde mi soledad, "¿y tó pa' qué?".