Tres connotados intelectuales, oriundos de las tres nacionalidades históricas, debaten, con igual dosis de humor que de rigor, sobre las causas y las consecuencias del envenenado debate identitario a propósito de la propuesta del nuevo Estatuto catalán.
Este debate a tres voces es una versión editada de la mesa redonda "Una visión crítica del Estatuto catalán desde tres nacionalidades históricas". El evento fue organizado por la Fundación para la Libertad. Su presidente, Nicolás Redondo Terreros, fue el encargado tanto de presentar a los ponentes como de moderar la discusión posterior. El acto, al que asistieron, como público, Esperanza Aguirre e Ignacio Astarloa, del pp , y Rosa Díez y José Acosta, del psoe , tuvo lugar en noviembre pasado en Madrid, en el salón de actos del Hotel Suecia.
Arcadi Espada: Puedo estar durante muchas horas hablando sobre el Estatuto de Cataluña, pero optaré por un ejercicio sintético, destacando aquellos rasgos que me parecen susceptibles de comentario. No soy un especialista del derecho y ni siquiera me dedico a la política, pero sí soy un lector y un analista de textos, y lo que quiero decirles antes de nada es que el Estatuto de Cataluña, para mal, es un auténtico y contundente informe general sobre Cataluña. No es solamente un texto legal, que informe sobre los derechos y las obligaciones de los ciudadanos, sobre su lugar en el mundo y su relación con el Estado; es en su sustancia la exposición de una decadencia, intelectual y moral. No hay mejor posibilidad de análisis sobre la realidad catalana que la lectura pormenorizada, algo aburrida, ya lo digo, de este Estatuto.
La primera evaluación de él afecta al texto como artefacto cultural, como sedimentación de lo que una clase política puede dar a Cataluña. Este Estatuto no ha sido escrito: ha sido muñido. De ahí que yo, en las notas sobre él en mi blog , haya hablado ya frecuentemente del muñidor, como un personaje entrañable. Un personaje que ha construido su sustancia a base de las diferentes aportaciones de las fuerzas políticas, todas ellas concitadas en torno al nacionalismo. Por lo tanto, a diferencia de otros textos que se pueden citar, como el propio Estatuto de Cataluña de 1979, o la Constitución española, y no digamos textos históricos como la Constitución de Cádiz, o cualquier otra que tengan ustedes en la cabeza, este Estatuto no es la decantación de una inteligencia política. Es decir, no es la decantación de un autor, aunque sea colectivo, empeñado en proponer una especie de cosmovisión sobre lo que él cree que ha de ser su país. No hay esa inteligencia política detrás del Estatuto: hay el compromiso más chabacano, con contradicciones de todo orden -como por ejemplo la que afecta al laicismo de la enseñanza pública, por poner una de ellas-, absolutamente al margen de cualquier propósito gramatical.
Como decía Valéry, la sintaxis es un valor moral, y esta labor se refleja de una manera gravísima en el texto estatutario. De muchas formas, el Estatuto reproduce gramatical y semánticamente la jerga posmoderna a la que nos tienen habituados algunos relativistas hoy en el gobierno de Cataluña. Por ejemplo, sobre los poderes que ha de ejercer la Generalitat, dice: "los poderes públicos de Cataluña deben orientar las políticas públicas -públicas, claro- de acuerdo con los principios rectores que establecen la Constitución y el presente Estatuto. En el ejercicio de sus competencias, los poderes públicos de Cataluña deben promover y adoptar las medidas necesarias para garantizar su plena eficacia". Eso son 47 palabras, exactamente. Su asociación da nada, absolutamente nada. Lo que debería hacer una oposición inteligente es levantarse del Congreso de los diputados -afortunadamente va a discutirse artículo por artículo- y exigir una corrección gramatical previa.
Es un Estatuto muy particular también porque manifiesta opiniones, como esta declaración del muñidor extraordinaria: "Cataluña considera -atención al verbo, declarativo, típico de los periódicos- que España es un Estado plurinacional". ¿Y quién es Cataluña? Utilizan el verbo "considerar" porque no pueden "decretar" que España es un Estado plurinacional.
Hay además cuestiones vinculadas con el puro y duro absurdo, por ejemplo, cómo el Estatuto ha empeorado la ya pésima redacción de la Constitución respecto a la obligatoriedad de los idiomas: "El catalán es la lengua oficial de Cataluña. También lo es el castellano". Y ahora viene el problema: "Todas las personas en Cataluña tienen el derecho de utilizar y el derecho y el deber de conocer las dos lenguas oficiales". Fíjense ustedes en esa preposición extraordinaria. Es decir, que el piloto de Iberia que aterriza en un momento determinado, inmediatamente tocar suelo catalán, tiene la obligación también. No estoy haciendo ninguna parodia, esto habrá que corregirlo.
Por último, en este apartado del Estatuto como artefacto intelectual, les quiero dar unas pinceladas de lo difícil que es de juzgar este Estatuto en términos rigurosamente constitucionales. Dos artículos más adelante del que he leído antes, el muñidor establece que la lengua aranesa es también oficial en Cataluña, con lo cual ya no son dos, sino tres las lenguas oficiales, por lo tanto también hay obligación de conocer la lengua aranesa para el piloto. ¿Pero qué sucede con esto? Para que el aranés sea la lengua oficial de Cataluña, se tiene que cambiar la Constitución, que establece las lenguas que pueden ser cooficiales en sus respectivos territorios. Por lo tanto, aunque sea solamente por esta tontería, por esta estupidez, una de dos: o el aranés -con la rebelión de los araneses, pirenaicos y tremendos- recula, o cambian la Constitución. El aranés es además la micro-metáfora en el Estatuto: en todo lo que se dice de las relaciones entre Cataluña, España y Europa, cuando se aplica a las relaciones entre Cataluña y el Arán, surgen unas metáforas extraordinarias. Ésta de la lengua es una cosa fundamental, pero es que hay otra muy interesante: cuando el presidente Zapatero anunció al mundo que entre "las ocho" había una definición que tenía bastantes posibilidades, la de que Cataluña fuera una "entidad nacional", lo hacía porque no sabía que ese concepto de entidad nacional es el que el muñidor ha reservado al Arán. Por lo tanto, de manera inmediata, ¡el Arán y Cataluña serían lo mismo! Por lo tanto, como artefacto intelectual, el Estatuto deja mucho que desear.