El pasado 19 de octubre de 2005, en un abarrotado anfiteatro de Casa de América, Enrique Krauze y Mario Vargas Llosa, bajo el título de "La fragilidad democrática en Latinoamérica" y con motivo del cuarto aniversario [de la edición española] de esta publicación, sostuvieron una larga y apasionada conversación, interrumpida varias veces por aplausos del público asistente, sobre los avances y retrocesos en la vida democrática de Latinoamérica. Reproducimos aquí una parte sustantiva de este diálogo, de la que hemos eliminado tan sólo las inevitables muletillas de la oralidad, las referencias elogiosas a la revista de Vargas Llosa -que por otra parte tanto agradecemos- y aquellos temas que el veloz calendario político latinoamericano ha vuelto anacrónicos en unos meses.
Enrique Krauze: En el fin de siglo pasado vivíamos una especie de ilusión óptica, de esos momentos extraños, rarísimos en la historia, en los cuales el cielo está despejado. Parecía que todos los grandes problemas, atroces, del siglo xx , estaban resueltos o por resolverse, y esto a pesar de la terrible guerra en los Balcanes. En Latinoamérica, pese a problemas casi inerciales de guerrilla, parecía que la democracia y las libertades, incluida la libertad de mercado, estaban arraigadas por primera vez en la historia; se estaba dando el milagro, con la sola excepción, desde luego, de Cuba, que sigue siendo una excepción de la adopción continental de la democracia y de sus valores. Pues bien, no sólo como consecuencia, pero también, del gran shock histórico del 11 de septiembre en Nueva York, y de muchas otras reverberaciones que partieron de ese hecho, los cielos claros de fin de siglo se han ensombrecido, se han oscurecido, se han llenado de nubes y de tormentas, naturales y hechas por el hombre.
El fin del siglo xx presagiaba un futuro distinto para nuestros países. Parecía que los paradigmas tradicionales de nuestra región -el militarismo, la ortodoxia marxista, el estatismo, el populismo, las guerrillas- habían sido ya desplazadas al cajón -no diré al basurero- de la historia, y que la democracia y sus libertades advenían con el nuevo siglo. Por lo visto, fuimos demasiado optimistas.
Mario Vargas Llosa: Es verdad que en el fin de siglo había una visión muy optimista respecto a América Latina que, con el tiempo transcurrido, se ha debilitado considerablemente. Pero creo que no deberíamos pasar a un pesimismo radical, porque no creo que ese sea el panorama que presenta América Latina desde el punto de vista político. Hay cosas que andan mal, y algunas muy mal, desde luego. Muy malo que todavía tengamos la dictadura cubana -la más larga del mundo, hoy día, de 46 años-, y muy malo que tengamos un dirigente populista, cargado de petrodólares, como es el caso de Chávez, que con egolatría, con la idea de sentirse el nuevo Bolívar, está desestabilizando algunos países del continente. Eso, desde luego, es lamentable. Ahora, cuando echamos una ojeada al resto del continente, la verdad es que hay razones que incluso son alentadoras de cara al futuro democrático en América Latina. Para mí una de ellas es el hecho de que existan ciertos gobiernos de izquierda que no solamente están actuando en democracia -respetando la legalidad y las libertades democráticas- sino en el campo económico, siguiendo el ejemplo chileno. Creo que el modelo chileno, donde una izquierda democrática ha optado en el campo económico por políticas claramente liberales, explica en buena medida lo que ha sido la política económica de Lula en el Brasil, o lo que es en la actualidad la política económica de Vázquez en el Uruguay. Y eso en América Latina es una novedad considerable, porque la izquierda, que en el campo político mantenía en ciertos casos posiciones democráticas, en el campo económico, no. Rechazaba tajante, radicalmente, lo que llamaba políticas neo-liberales, que son las políticas que aplica esa izquierda democrática en Uruguay, en Brasil, en Chile, y que fundamentalmente son la razón del éxito chileno. Creo que el caso de México tiene unos matices que tú puedes precisar muchísimo mejor que yo, pero me parece que ese es un factor bastante positivo dentro del panorama negativo de América Latina. Y creo que hay regiones, por ejemplo, que con todo lo mal que pueden andar, con todas las catástrofes naturales de que han sido víctimas recientemente, como es el caso de Centroamérica, nunca han estado mejor en el pasado. En Centroamérica hoy en día no hay guerras civiles, ni guerras entre países, se ha llegado a la paz a través de acuerdos, auspiciados por las Naciones Unidas, entre combatientes que a lo largo de muchos años habían estado destrozándose y que hoy en día compiten electoralmente, coexisten dentro de los parlamentos, y se reparten el poder municipal y legislativo. Y hay países tradicionalmente rivales entre sí que hoy en día van abriendo sus fronteras, integrando sus economías, y algunos de ellos, no todos, pero algunos de ellos -como es el caso de El Salvador- van progresando. Es poco, pero lo suficiente, me parece, para no sentirse pesimistas como nos sentíamos cuando América Latina estaba, de un confín a otro, disputada por dictadores, por revolucionarios que descreían por igual de la democracia; creían en la mano fuerte, en el fusil, y creían que solamente haciendo tabla rasa de lo existente el continente iba a salir adelante.
Una pequeña nota optimista para contrarrestar un poco esa visión un tanto pesimista con la que has abierto el diálogo.
EK: Estoy de acuerdo contigo en que nunca había habido, incluso numéricamente, tantos países que por tanto tiempo permanecieran siendo democráticos. Hace cincuenta años apenas, cuando Daniel Cosío Villegas hizo una contabilidad de las democracias o de los sistemas políticos de América Latina, encontró cuatro democracias. Ahora prácticamente todos los países son, mal que bien, democráticos. Y abonaría yo aún más a tus matices diciendo que no solamente ha habido persistencia en la aplicación de los esquemas liberales en la economía, sino también algunas variantes -yo no sé qué tan de acuerdo estés tú, pero a mí me han parecido muy interesantes- de intervención inteligente del Estado en la economía. Por ejemplo, el caso brasileño, y, en algún aspecto, también el caso mexicano. Hay unos programas de entrega de dinero en efectivo que no son estrictamente asistencialistas, sino que se estudia muy bien a quién se le da esa cantidad de dinero. Para empezar, se le da a las mujeres, a las jefas de familia, y se monitorea de manera muy precisa y muy frecuente para que los hijos de esas familias vayan a la escuela y estén atendidos en los aspectos básicos de salud. Los efectos que esto ha tenido en Brasil y en México sobre la pobreza extrema -no soy yo quien lo dice, es el Banco Mundial y algunas otras agencias internacionales- han sido muy claros y muy positivos. Hablamos de millones de personas. Esto es lo que yo llamaría la mano visible del Estado, pero milagrosamente, eficaz y no corrupta. Es una forma de circunvalar todo el aparato burocrático, tan pesado, y dar ayuda directamente a quien lo necesita. Estos son experimentos positivos para atender las necesidades de pobreza extrema en nuestros países. Y en el aspecto político, en nuestros países se respetan, con problemas y rezagos, las libertades civiles. Incluso en Venezuela todavía puede decirse que hay libertad de expresión -acosada, acotada y amenazada con la Ley Mordaza- en los medios de comunicación. Sin embargo, te invito a que hablemos de nuestros problemas. ¿Cuál es para ti el más candente?