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Letras Libres 50 Letras Libres

Tijuana makes me happy

por Jordi Soler
Letras Libres nº 50, Noviembre 2005

Número de páginas: 2
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Cayó la noche mientras recorríamos esa carretera trazada junto a la línea fronteriza. Del otro lado se veían las luces de San Ysidro y Chulavista, y yo iba pensando en el muro que divide Belfast, en Irlanda del Norte: una barda altísima de hormigón que tiene el nombre de Peace Wall y que sirve, según dicen, para evitar que los católicos y los protestantes, que viven de un lado y otro de la calle, se maten a tiros; también pensaba en el muro que partía en dos Berlín, y en el que ha construido Ariel Sharon en la frontera palestina, y en la valla que ha levantado el gobierno español en la frontera de Melilla. Iba, en suma, pensando en la naturaleza ignominiosa de estos muros, cada uno levantado por razones distintas pero que, en el fondo, se parecen porque todos son la representación de la incapacidad de diálogo, de la incompetencia para comprender al vecino, del miedo al otro. Todos ellos representan, cada uno en su frontera, el fracaso de la civilización.
Llegamos de noche cerrada a la esquina noroeste de Latinoamérica, al límite de las playas de Ti juan a que están separadas de Imperial Beach por el final de esa valla que acabábamos de recorrer por carretera. Aparcamos el coche. "Ojalá que no se le ocurra tener otra combustión espontánea", pensé. El entorno era básicamente el mismo que había leído en el libro, pero era de noche y corría un viento helado y húmedo. Nos acercamos al obelisco, una pieza más bien modesta y apretujada en medio de la valla, que tiene una orgullosa inscripción: "Éste es el límite de la República Mexicana."
Más tarde iríamos a inspeccionar Ti juan a, como terapia, porque yo había quedado severamente conmocionado, después de presentar mis respetos al obelisco y de materializar mi ocurrencia de bajar a la playa, al final de ese muro que divide los dos países y que se mete al Océano Pacífico torcido y maltrecho, de bruces como un animal. "Ahora te invitaría un par de tragos" le dije a Crosthwaite después de mi conmoción, y él apuntó el morro carbonizado del automóvil hacia la Zona Norte, hacia La Coahuila, un barrio vital y peligroso donde conviven sombrerudos, putas, estudiantes, narcotraficantes botudos y aspirantes a wetback que andan buscando cómo brincarse la frontera ­un grupo heterodoxo que trashuma por la calle y que se abastece y se sacia en cantinas y congales. Un barrio de colores terrosos y olor acre, acerbo, revenido y ácido; un andurrial donde se concentran no sólo los que van escapando de México, también los que han ido subiendo de otros países de Latinoamérica y han tenido que hacer un alto ahí para pensar cómo chingados van a pasar del otro lado y, mientras lo piensan, beben o inhalan algo y además se refocilan con una gorda que subió hace cinco años de Managua con la idea de pasar a Estados Unidos y por alguna razón, por los dólares o los pesos que le deja el refocilar con media América Latina, se ha quedado ahí junto al bar Zacazonapan, justamente ahí donde entramos a beber cerveza: un bar construido en un sótano que tiene rocola y un señor que limpia permanentemente el piso con una solución desinfectante que huele a lima. "Si quieres bebemos en el suelo, que estará más limpio que las mesas", dijo Crosthwaite mientras sorteábamos una fauna similar a la que iba a la deriva por las calles: un matón de gomina con una pistola que en algún momento de la noche sacaría a relucir, a blandir junto a la cara de un veterano de Corea, o de Vietnam, o del Pérsico; un payaso de nariz roja, pelo verde y zapatones, bailando a brincos una canción de los Doors y compartiendo una bazuca de marihuana con un estudiante de gafas gruesas, boina revolucionaria y ánimo por los suelos. Después de la primera cerveza compré un dulce de leche que un señor maltrecho insistía en venderme, y en cuanto el dulce tocó la mesa se descolgó una mujer de la barra, se lo apropió de un manotazo, se lo metió dentro del calzón, lo paseó por su pelambre y sus recovecos y lo regresó a su sitio, "Así te sabe más bueno", dijo y regresó a la barra, a seguir bailando la mezcla de música insólita que ambienta el Zacazonapan. Por poner un ejemplo: Love her madly de los Doors, Another brick in the wall de Pink Floyd, algo de calderilla tropical y Paint it black de los Rolling Stones: una mezcla que es el reflejo de la heterodoxia que reinaba en el bar, de la diversidad que trashumaba en la calle, una diversidad canalla y tremendamente viva que me hizo pensar, mientras contemplaba mi dulce de leche apasionadamente aliñado, en que los sandiegans no miran al sur porque tienen miedo, se sienten en el cogollo de Estados Unidos para sentirse más lejos de la frontera, de esa multitud vital que palpita del otro lado de la valla y que en una tarde de inspiración, si le da la gana, se brinca y les llena su país de su gente y de su lengua; una amenaza latente que, si yo fuera sandiegan , me haría vivir permanentemente acojonado, mirando al norte y apasionándome por las alarmas terroristas de los noticiarios. Pero no lo soy y tanta vida reconforta y Ti juan a makes me happy, le dije a Crosthwaite, recordando el estribillo de una de las canciones que nos habían llevado hasta allá.
Pero me había quedado en que se me había ocurrido, después de contemplar el obelisco apretujado y orgulloso, bajar hasta el mar siguiendo la valla. Y ya había dicho que era de noche y que hacía un viento húmedo y frío bastante incómodo. Un clima perfecto para apreciar las luces encendidas de las patrullas que vigilaban del otro lado, en Imperial Beach, y a los agentes de policía que se paseaban, a unos cincuenta metros de la valla, cuidando que nadie fuera a brincarse sin permiso a su país, que ninguno de la media docena de latinoamericanos que estaban ahí, mirando hacia Estados Unidos, fuera a pasarse de la raya. Llegué hasta abajo, muy cerca de donde reventaban las olas, y le pregunté a un muchacho que qué hacía ahí cogido de la valla y mirando hacia Estados Unidos. Me dijo que venía de El Salvador, que había llegado hacía un par de horas y que no sabía qué hacer. Me puse entre ellos a mirar lo mismo, cogido como ellos de la valla fronteriza, pensando en los peligros que entrañaba ese proyecto donde se jugaban la vida. Y mientras pensaba esto vi a lo lejos el puente que une Coronado con San Diego y, siguiendo las luces que delineaban su forma, localicé la urbanización donde llevaba tres semanas viviendo y, aguzando un poco más la vista, encontré el edificio y el piso donde en ese momento mi mujer y mis hijos veían la televisión y donde yo mismo, más tarde, una vez que cruzara de regreso la frontera, en automóvil y con pasaporte, me metería a la cama y dormiría a pierna suelta hasta el día siguiente. Cerré los ojos de golpe y me fui de ahí.
Había comenzado a sentir añoranza y alivio de no estar en la misma situación del muchacho salvadoreño. Y eso era algo que ahí, agarrado entre ellos de la valla, no podía permitirme. Así que me di la vuelta y le dije a Crosthwaite "ahora te invitaría un par de tragos".
Y después nos subimos al coche y nos fuimos de ahí.
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