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Letras Libres 50 Letras Libres

Tijuana makes me happy

por Jordi Soler
Letras Libres nº 50, Noviembre 2005

Número de páginas: 2
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En San Diego California los noticiarios de la televisión local desconciertan, cuando menos, por dos cosas. Una es la que produce el nivel de alerta terrorista en que se encuentra el país, que se anuncia en un recuadro permanente situado entre las horas que son y los grados farenheit que hay en el exterior: un dato triple que anuncia, por ejemplo, que son las ocho y veinte de la mañana, que afuera hacen los grados suficientes para salir sin abrigo, y que el nivel de alerta terrorista es dos, es decir que hay que llevar cuidado pero no tanto como cuando la alerta es tres, pero tampoco tan poco como cuando la alerta es uno. La información de la alerta terrorista no sólo es confusa, también produce algo de terror y, sobre todo, no hay manera de aplicarla en la vida práctica, como sí puede hacerse con la hora y el abrigo. La segunda cosa que desconcierta es que, estando a quince millas de México, no puede uno enterarse en esos noticiarios de lo que sucede en el país aunque, siendo realistas, tampoco puede uno hacerlo en los periódicos, y, siendo más realistas todavía, a los sandiegans , según una reciente encuesta, les tiene sin cuidado lo que sucede quince millas al sur y además no les parece que su ciudad esté tan cerca de la frontera. El sandiegan (cuánto me gusta este gentilicio) nunca mira hacia el sur, se siente en el corazón de Estados Unidos, y sus únicos contactos con ese país que hierve del otro lado de la línea fronteriza son la cerveza, la sirvienta y la comida mexicana traducida al inglés. Tres semanas de noticiario en San Diego me permitieron comprobar que en España, donde vivo, me entero más de lo que pasa en México que en esa ciudad tan cercana, con nombre de santo hispano, rodeada de nombres absurdos pero hispanos ­como La Jolla con su desternillante doble ele, o Chula Vista con vistas a Ti juan a nada chulas, o Bonita, nombre infeliz entre lo simple y lo tonto. Bastan tres semanas de vida de playa en San Diego California para criar un bulto en el abdomen que no se sabe bien si es panza o pura indolencia, y para pensar que sería bueno mirar al sur, hacer un viaje a Ti juan a, cosa nada fácil si ese bulto indolente, como fue mi caso, se había criado en el penthouse de una urbanización de donde no podía salirse más que conduciendo un automóvil ­actividad que no ejerzo en Estados Unidos por el pánico que me produce saltarme un semáforo y que me caiga una cadena perpetua.
Así que marqué el teléfono de Luis Humberto Crosthwaite, que ese día trabajaba en su oficina del diario Union Tribune , y le dije, mientras dejaba holgazanear la mirada en el Océano Pacífico, que si ese día pensaba ir a cargar gasolina a Ti juan a, yo me apuntaba de su copiloto. Y así fue como, unas horas más tarde, estaba abordando su automóvil en una esquina de la avenida Orange (otro nombre simple o tonto), un automóvil que hacía unos días había sufrido lo que Crosthwaite calificaba de "combustión espontánea", una extrañeza tan aguda como la alarma terrorista, quizá aún más inexplicable, que consiste en que tu coche, aparcado normalmente fuera de tu casa, autogenera un chispazo que da origen a un mechón de llamas que pueden dejarlo reducido a cenizas. Por fortuna, Crosthwaite había llegado a tiempo y había impedido que el incendio se propagara más allá de la parte frontal del automóvil. Entramos a la autopista número cinco con rumbo a la frontera, y a un cd de Nouvelle Vague, un grupo de cantantes lánguidas y aéreas que cantan obras emblemáticas de Joy Division y los Clash, un disco que iba a tono con el freeway y con la paleta de rojos del atardecer californiano, y también con el eufemismo aéreo y lánguido que utilizan los sandiegans para nombrar a México en los letreros de esa carretera: South . No poner México sino Sur, para hacerse la ilusión de que San Diego está en el centro, en el cogollo, en las profundidades de Estados Unidos, y no, como en realidad está, en el espinazo del desfiladero mexicano.
"Vi en el noticiario que hoy estamos en alerta terrorista máxima", le dije a Crosthwaite, por si había que tomar alguna precaución antes de abandonar el país, y calculando que nuestro automóvil parcialmente chamuscado podía levantar sospechas. "Y qué, ¿sientes algo raro, percibes algo anormal?", me preguntó sin adentrarse mucho en el sarcasmo. Unas millas antes de la frontera vi un anuncio que decía: "Las armas son ilegales en México", una información pertinente para el estadounidense que anda siempre armado, y una sentencia excéntrica para quien ha vivido en México y sabe que esa ilegalidad es el abono con que las armas florecen y se multiplican a lo largo y ancho del país. Llegando a la línea fronteriza puede elegirse entre dos garitas, la de "cosas que declarar" o la de "nada que declarar"; la elección depende del viajero, y en el momento en que pasamos era completamente intrascendente porque no había nadie ni en una ni en otra y cualquiera podía introducir al país, si quería, un par de tráilers de armas ilegales, o de restos radiactivos, o de veteranos intratables de la Guerra de Vietnam.
Cruzando la línea el mundo cambia. El aire huele a las gasolinas de Pemex (que teóricamente cumplen con la norma internacional, aunque su olor sea inequívocamente nacional), las calles están infestadas de vochos (aunque sea un automóvil que se extinguió hace tiempo) y la urbanización de la ciudad tiende a lo laberíntico, a lo inacabado, a lo precario, a lo polvoriento y a lo carcomido. En cuanto se cruza la línea se sabe que se ha llegado a México, por más que los sandiegans se hayan esforzado en decirte, durante quince millas de freeway , que ibas a South .
Cumplimos con nuestra encomienda de poner gasolina, y mientras llenaban el tanque de esencia olorosa, aproveché para acercarme a un cajero automático a sacar un poco de dinero, y ahí me encontré con otra señal inequívoca de que estábamos en México: el sistema estaba fuera de servicio y más tarde, cuando quise pagar unos tragos con la tarjeta, me informaron lo mismo, que no había sistema. Esa cosa rara que pasa en México y que no sucede en otros países: esos apagones que dan los bancos, varias veces al día, y que pensando mal (o bien) son un margen, una zona oscura para manipular a sus anchas el dinero de sus clientes, ¿o será que a estas alturas del milenio funciona tan mal la informática nacional? "¿A dónde vamos?", preguntó Crosthwaite. "A la esquina noroeste de Latinoamérica ", le dije, "donde hay: 1- un muro de metal , 2- un faro , 3- un obelisco , 4- una plaza de toros , 5- unos excusados ". Le dije todo esto recordando su libro Instrucciones para cruzar la frontera . Terminó el cd de las lánguidas y en su lugar pusimos el genial Ti juan a Sessions volumen 3 de Nortec. Encendí un cigarro, un poco mosqueado por la tendencia a autocombustionarse que tenía el coche, y me puse a observar la valla que nos separaba de Estados Unidos, que corría a lo largo de la carretera: una valla doble con unos cuantos metros de tierra de nadie en medio, un muro que impide que unos pasen al país de los otros.
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