Durante su gestión, Salinas propició la creación del ife, concedió triunfos de la oposición panista en las Cámaras y en algunas gubernaturas. Era del todo insuficiente. Salinas pareció creer que las importantes reformas económicas que había encabezado requerían la tutela de un nuevo Jefe Máximo: él mismo. El asesinato de Luis Donaldo Colosio truncó esa aspiración, que el propio Colosio a juzgar por su discurso postrero habría impedido. En 1995, Zedillo reconoció que el ciclo histórico estaba en verdad agotado y abrió paso a la opción aplazada desde la fundación del pri: la democracia.
En términos de doctrina democrática, el pri es tan novato como lo es el pan en doctrina maquiavélica. Tan firmes eran las convicciones antidemocráticas del pri al finalizar el siglo, que por poco expulsa de sus filas a Zedillo cuando aceptó la derrota. "Llegamos echando bala y nos sacarán echando bala", había afirmado alguna vez Fidel Velázquez, que murió a los 97 años, como para no atestiguar el arribo de Cuauhtémoc Cárdenas al poder en el d.f., como para no vivir en el 2000 el ascenso de "la reacción" panista, como para no ver que ni "con balas" podía detenerse el proceso democrático.
Con todo, el pri tuvo el mérito de asimilar finalmente su derrota. Quizá entrevió que la salida pacífica de Los Pinos lavaba, hasta cierto punto, sus largas y reiteradas faltas a la democracia. Desconcertado, desanimado, dividido por períodos, el pri, como buen camaleón de la historia, se recompuso y comenzó a revertir su suerte política: se deslindó de Fox sin provocar una ruptura; evitó cometer errores verbales (el nuevo monopolio presidencial); postuló (con excepciones flagrantes, caciquiles) a algunos buenos candidatos para los puestos municipales y estatales; ganó varias elecciones; armó una pasarela de gobernadores posteriormente llamada tucom, "todos unidos contra Madrazo", el presidente del Partido, que ha dado una leve apariencia de democracia al proceso de selección interna y otorgó visibilidad a un elenco que eventualmente podría integrar un gabinete más o menos profesional; lanzó para el gobierno del Distrito Federal la precandidatura de Beatriz Paredes, una figura política inteligente y experimentada. Hasta hace unas semanas, antes de estallar el conflicto de pronóstico reservado entre la dirigencia madracista y Elba Esther Gordillo secretaria general y líder del gigantesco sindicato de maestros, el pri parecía encaminarse con paso firme hacia el 2006, con sólo dos inconvenientes, nada triviales: el carisma negativo de Roberto Madrazo, identificado con la más turbia tradición del pri, y el perfil indefinido del ex gobernador del Estado de México Arturo Montiel, su contendiente en la postulación.
Para el 2006, el pri debió tomar en serio la receta de Cosío Villegas en 1976, cuando recomendaba a ese partido inventar un candidato. Era difícil hacerlo, porque el carácter monopólico del pri favorecía la obediencia, no la competencia, condición esencial para la aparición de líderes. El que el pri no pudiera inventar entonces un candidato mejor costó al país la quiebra económica en 1976. El no inventarlo en 2005 podría ser su error terminal y costarle no sólo la presidencia, sino una escisión mucho más grave que la del sindicato de maestros: un desgajamiento histórico hacia el prd. No es imposible que ése fuera el desenlace tras una nueva victoria del pan (que intentaría detener la división invitando al pri a participar en el gobierno), pero ocurriría con mayor probabilidad en el caso de un avance irresistible de López Obrador en las encuestas. La trayectoria de Cárdenas, Muñoz Ledo y López Obrador, que luego siguieron Manuel Camacho y otros priistas conspicuos, se volvería un fenómeno generalizado. Se cumpliría así la profecía que en 1989 le escuché a Gabriel Zaid: "los perredistas se salieron del pri, para quedarse con el pri."
Hay otro escenario de derrota frente al prd: las bases del pri y sus dirigentes entienden las graves implicaciones de su escisión y la evitan; la fuerza de sus gobernadores y sus bancadas constituye, junto con el pan, un valladar a cualquier reconstitución del monopolio político; estaríamos en un cuadro difícil, comprometido, pero más maduro. Colocado en la posición que ahora ha tenido Fox, un López Obrador radical (que es una de sus posibilidades) tendría que flexibilizar sus posiciones y negociar, como no ha tenido que hacerlo en el gobierno de la ciudad de México.
Pero los escenarios de victoria también existen, y no son ilusorios. Si el temor a un eventual gobierno radical del prd se generaliza, el pri puede parecer ante el electorado como un mal menor. Es posible que cuente, además, con el "voto duro" que pregona, y que ese voto lo lleve de nuevo a Los Pinos. Si además obtiene los escaños suficientes en las Cámaras, podría ofrecer al pan (que, por su larga tradición, no se desgajaría ante la derrota) un arreglo similar al de la época de Salinas, pero ahora sí legítimo, en la medida en que el contexto democrático permite y aun exige la negociación legislativa. El arreglo podría incluir también una participación del pan en el gabinete. Para ser todavía más eficaz, y para disolver definitivamente los peligros de discordia, la oferta debería extenderse de inmediato al prd. Así se integraría un gobierno de unidad nacional, que daría al país un respiro de seis años para que se serene y pueda debatir y resolver, en un clima de concordia, los grandes temas nacionales.
El pri y el pan podrían quizá pactar esa convivencia, pero es dudoso que, llegado el momento, el pri tienda un puente de plata al prd, y más dudoso aún que éste lo acepte. De sobrevenir la derrota del prd, algunas de sus tribus y caudillos tendrán quizá la tentación de volver a su historia predemocrática. Y ante ese desafío, el pri podría volver a la suya: la "mano dura." Correríamos el riesgo de regresar a los tiempos de Díaz Ordaz y Echeverría: discordia sin democracia. Para conjurarlo necesitamos que todo el proceso, desde ahora hasta el 1 0 de diciembre, sea impecable. La democracia mexicana debe ser como una urna de cristal, transparente.
Aunque el pri no es ya y quizá nunca pueda volver a serlo sinónimo del sistema político mexicano, lo sigue siendo en la percepción de la mayoría de los electores y en la opinión internacional. Los 71 años en el poder siguen y seguirán pesando. Su prestigio y credibilidad con las generaciones jóvenes es nulo. En sus prácticas, su mentalidad y en muchos de sus líderes resuenan los viejos vicios: corrupción, corporativismo, manipulación, autoritarismo y mentira. Sería justo que siguiera en el purgatorio, al menos por otros seis años. Gane o pierda, el problema histórico del pri es inverso al del pan: tiene fuerza política pero carece de autoridad moral. Necesitará adquirir aunque fuera un atisbo de ella, en el discorde México que podría venir.