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Letras Libres 49 Letras Libres

Refrendar la democracia

por Enrique Krauze
Letras Libres nº 49, octubre 2005

Número de páginas: 5
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EL 1915 QUE PUDO SER
En julio de 2006 y por primera vez en su historia contemporánea, México tendrá la oportunidad de consolidar su régimen democrático. Si, luego de los comicios de 1911, Madero hubiera logrado disipar la atmósfera envenenada que caracterizó su fugaz gobierno (las crueles burlas que se hacían a costa de su persona, la honda división en el Congreso, el abuso que la prensa ­liberada por él­ hacía de la libertad, el odio inexplicable del embajador estadounidense, la animadversión de un sector del ejército), el país habría llegado en paz a la siguiente contienda electoral y 1915 habría sido el año decisivo de nuestra construcción democrática. Los temas centrales de la agenda nacional de entonces, como la reforma agraria, el dominio sobre los recursos naturales, las leyes laborales, la cruzada educativa, los asuntos pendientes de la relación Iglesia-Estado, podrían haber sido materia del mismo Congreso Constituyente de 1917, sin que los hubiera precedido la guerra civil, cuyo año axial fue 1915. No ocurrió así. La discordia ­esa vieja enfermedad mexicana que desgarró el siglo xix­ había estallado nuevamente en 1913 y no amainó, de hecho, hasta 1929, cuando Calles fundó el pnr y puso los cimientos del llamado sistema político mexicano. Y la democracia se postergó hasta finales del siglo xx.
Como en 1911, en el 2000 tuvimos elecciones impecables, y cumplimos así con el proyecto original de la Revolución: la fiesta de las urnas en vez de la fiesta de las balas. El sexenio actual se ha ido de modo vertiginoso y el año 2006 apunta ya, cargado de riesgos, porque en él debemos revertir la maldición que parece pesar sobre nuestra vida política. Nuestros períodos democráticos duran poco, conducen a zonas de turbulencia e inestabilidad, y terminan por desembocar en dictaduras abiertas o embozadas.
Sólo la concordia política, que en la definición clásica significa un acuerdo sobre los fines últimos del Estado, podrá dar cimiento firme a nuestra sociedad; pero concordia es, justamente, la condición que ha hecho falta en el comienzo de nuestro siglo xxi, sobre todo entre los actores principales de la vida política: los poderosos, riquísimos y vociferantes partidos políticos. La prueba está en la postergación de la urgente reforma que habría garantizado la gobernabilidad sobre la base de un equilibrio de poderes funcional, muy distinto de la tediosa e inútil contienda de "vencidas" que ha ocurrido en este sexenio. Tampoco existe un consenso básico sobre la necesidad de fincar un estado de derecho que proteja, para empezar, las vidas humanas, además de las libertades y el patrimonio de las personas. Víctimas del crimen organizado y del creciente poder del narcotráfico, los ciudadanos vivimos inermes, como carne de cañón en una guerra no declarada, pero varias facciones políticas no lo reconocen ni lo asumen, por temor a parecer "comparsas" del gobierno y perder bonos y votos para el 2006. Junto a estas divergencias de fondo, hay en la agenda nacional varios temas acuciantes sobre los que impera un desacuerdo tan profundo y sordo como el que en 1913 dividía a la clase política mexicana. Las vías efectivas de creación de riqueza, crecimiento económico y empleo; el modo mejor de combatir la pobreza y la desigualdad; la política energética más conveniente, o los movimientos precisos que debe realizar México en el ajedrez de la globalización, son asuntos sobre los que en este sexenio no se alcanzó consenso alguno. El pasado es otra fuente de conflicto. El antiguo sistema dejó pendientes varias facturas con cargo a las generaciones presentes y futuras (el régimen de pensiones es un caso grave; hay muchos otros), pero no contamos con un diagnóstico compartido sobre el monto y aun sobre la existencia misma de esos pasivos que la realidad, muy pronto, hará exigibles. Un síntoma más de desequilibrio, extremo e inequívoco, está en los trasnochados ideólogos que proponen "refundar la nación", o en los iluminados fundamentalistas que sueñan con "superar" el régimen de partidos en una idílica democracia popular y directa que no ha existido en ninguna parte.
La sombra de la discordia se cierne en el horizonte. La prueba mayor está en la atmósfera política, casi tan enrarecida como la de 1913. Vivimos ­vale repetirlo­ en una Babel hecha de confusión, desconfianza, banalidad, torpeza, encono, desaliento, cinismo y otras malas pasiones. En México, toda negociación parece sinónimo de claudicación. En México no se debaten ideas y proyectos: todo se centra en las personas y sus "declaraciones". Aquí impera el desdén por los hechos, la entronización de los rumores, la aniquilación simbólica (y en algunos casos real) del contrario, que nunca es adversario sino enemigo.
Pero la discordia latente no debe estallar. El 2006 debe ser el reverso democrático de 1915, la muestra de lo que 1915 pudo ser. Para lograrlo, cada protagonista debe cumplir con su papel. Al menos en esta contienda (mientras nuestra democracia germina y supera poco a poco la suspicacia), el Presidente tiene el deber de conducirse como jefe de Estado, no como abanderado del pan. Su misión desde ahora debe concentrarse en defender la democracia y alentar la participación responsable, amplia y razonada de los ciudadanos. Por su parte, la sociedad civil tendrá que apoyar al ife, sobre todo en el caso en que los partidos se nieguen a respetar el marco legal que nos hemos dado ­en particular los límites a los gastos de campaña­, y con ello arrojen una sospecha de irregularidad sobre las elecciones. Los medios de comunicación masiva deberán ser los más escrupulosos en practicar la objetividad y neutralidad. La prensa, tanto nacional como internacional, tendrá una influencia significativa en el proceso. Lo ideal es que desde ahora centre su cobertura en aportar datos y preparar reportajes que informen al elector con hechos, y no en alimentar sus prejuicios. Otro factor activo podrá ser la presencia de observadores nacionales e internacionales que, sin merma de la responsabilidad del ife, vigilen los comicios y, en su caso, otorguen su aval a los resultados.
Los debates que finalmente se realicen a través de la radio y la televisión se deberán planear cuidadosamente, en lo que se refiere a frecuencia, tiempos, formatos, temas, conductores y participantes. Tal como se llevaron a cabo en 1994 y 2000, no han servido cabalmente su propósito: han sido escasos, tardíos, rígidos, difusos, superficiales. Más una frívola pasarela de personalidades que un examen serio sobre la viabilidad de las propuestas. Una democracia viva no sólo se caracteriza por su respeto a la voluntad de la mayoría en las elecciones: se caracteriza también por la calidad de su discusión pública. Si se organizan con imaginación y sentido crítico, los debates podrán ser mucho más efectivos, como escuela de la democracia, que no miles de anuncios sobre las bondades de la tolerancia o la civilidad.
Una idea adicional para cuidar nuestra frágil democracia reside en combatir la impunidad declarativa de los candidatos. Cada frase, cada propuesta, cada palabra que pronuncien se debe someter a un riguroso escrutinio: para entender su contenido (o su falta de contenido, su mera retórica), para dar cuenta de sus posibles incongruencias, contradicciones, errores, y para analizar su factibilidad práctica. Este ejercicio de solvencia, de responsabilidad, podrá tomar muchas variantes.
Pero la responsabilidad mayor reside en los tres principales partidos (el resto no dejan de ser meras franquicias). El pri, el pan y el prd son quienes tienen en las manos la posibilidad de consolidar o de echar por la borda la democracia. Son ellos quienes pueden disipar o encapotar las nubes de la discordia. ¿Querrán, sabrán o podrán hacerlo? La posible respuesta está inscrita en su historial, su desempeño a partir del año 2000, y en las perspectivas futuras de cada uno, ligadas, en mayor o menor medida, al perfil de sus candidatos.
NUEVA BREGA DE ETERNIDADES
Número de páginas: 5
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