LOS AFGANOS SON COQUETOS
Los hombres de la etnia pashtun son muy celosos de su apariencia personal. Muchos de ellos delinean sus ojos con kohl negro y se pintan con henna las uñas de sus pies, y, a veces, las de sus manos. Otros se tiñen el cabello, y es normal ver ancianos de apariencia sobria con largas barbas teñidas de un anaranjado tan chillón que asemeja al cabello teñido de los punks de Londres. Hasta los más corpulentos, barbudos y armados usan chaplís, que son unas coloridas sandalias de tacones altos. Me di cuenta de que para ser realmente chic en Kandahar uno debe ponerse chaplís de una talla más pequeña, lo que supone dar pasos más cortos y caminar casi tambaleándose. Los mujaidines parecen los bobos perfectos para un carnaval: cuando no están en la guerra, están maquillándose. O haciéndose cosquillas. Y toda esta cosmetología sucede en un lugar que es menos un país que un campo de guerra.
Cuando les preguntas en qué año están, los afganos te dicen que en 1381. Es el calendario musulmán. Ir a Afganistán es como volver siglos atrás y como si la guerra fuera un estado natural. En los mercados, venden chatarra de morteros y hasta pedazos de misiles Cruise de Estados Unidos. Las tiendas son fabricadas con cajas de municiones o de fusiles. En Jalalabad, un niño vendía fusibles de bombas de racimo para usarlas como luces de bengala. Hay minas por todas partes, y no hay nada más preciado que las armas. El opio es el principal cultivo de Afganistán, y bastantes jefes mujaidines son traficantes de heroína. En Kandahar, los vendedores ofrecían las Super Osama Bin Laden Kulfa Balls, unos caramelos de coco empaquetados en cajitas color rosa y púrpura cubiertas con imágenes de un Bin Laden salomónico, rodeado de fuego, tanques, misiles de crucero y aviones de guerra. Buena parte del país no tiene electricidad ni agua corriente ni redes telefónicas. Ni árboles ni agua. El polvo obstruye las gargantas, cubre el cabello y la piel, y la gente que protege sus rostros con pañuelos o turbantes ha aprendido a convivir con él. Sólo hay pozos artesanales, y, a lo mejor, un río.
Había sequía durante siete años. En algunos lugares de Afganistán, ves niños que van por la calle cargando unos veinte litros de agua que deben durarles durante tres días y medio. El mullah Omar, uno de los hombres más ricos de Kandahar, nunca había salido de su pueblo y tenía una vaca de mascota. Casi nadie ha leído un libro en toda su vida, y muchos ni se acuerdan de qué edad tienen. No hay juguetes. No recuerdo haber visto mujeres en un par de meses. No tienen mascotas. Los animales son bestias de carga o sólo sirven para comer. No hay nada blando o suave en Afganistán. No sabes entonces qué decir cuando te tropiezas con unos guerreros en chaplís, pasándose una flor y comentando su aroma en medio de este paisaje lunar que es un campo de batalla.
LOS AFGANOS SON MUY RISUEÑOS
En 1989, en Jalalabad, estuve con mujaidines en una fortaleza en el preciso instante en que la bombardearon los soviéticos. Las bombas aterrizaron muy cerca y caímos al suelo. Luego de los estallidos, hubo un silencio ensordecedor. Minutos después, sólo se oía el llanto de un hombre. Afuera había unos mujaidines rodeando a un hombre lloroso que había sido herido por una esquirla, y se mataban de risa porque le había caído en el pene. Lo evacuamos en una camioneta en medio de gritos de dolor. Todos habían tenido ese impulso de reírse de lo que le sucedió, como si hubiera sido mera cosa de hombres. Les parecía tan cómico. Aquella vez en que un mujaidin me agarró los testículos, todos se reían sin importarles que fuese un acto de violencia. Ese suele ser el nivel de humor en Afganistán.
La guerra ha llevado a una especie de brutalización de su sociedad. Afganistán es un ejemplo cumbre de cómo una civilización puede ascender y caer: hace unas décadas era un lugar alabado por su armonioso cruce de culturas, tolerancia y convivencia. El país milenario donde Alejandro El Grande construyó Ay Khanoum, una de las ciudades más imponentes de su época, es ahora un campo de batalla: una tierra poblada de búnkeres y trincheras para tanques y ametralladoras antiaéreas. Los tesoros de Afganistán han sido saqueados o destruidos. Y es muy cierto que las civilizaciones pueden evaporarse y sucumbir como la arena movediza.
LOS AFGANOS SON HOSPITALARIOS
Ser un extranjero en Afganistán es como estar en el zoológico y ser el animal. Te conviertes en una curiosidad. Hay una especie de histeria colectiva, y son como turbas que te siguen. En la calle te gritan al unísono la única frase que conocen en inglés: How are you? How are you? Algunos vienen a brincar frente a ti, o a pellizcarte o a tirarte una piedrita. Parecen no ser más que actos molestos e inofensivos, pero pueden a veces ser el inicio de una agresión. Una vez, en Faizabad, estaba hablando con un librero en un bazar y de pronto me pegó una piedra en la cara. Era del hijo del librero, un quinceañero que estaba detrás, y que trataba de esconderse. Le reclamé al papá, y éste reaccionó como diciendo que no me preocupara, que le iba a jalar las orejas. Recuerdo que me enfurecí, que agarré una piedra (o no recuerdo si eran unos libros), y se la lancé al chico, y le pedí a su padre que lo amonestara: se había quedado quieto durante esta escena, pero me dijo que entendía mi ira, y que estaba en mi derecho de castigar a su hijo. Pero tampoco hizo nada. Era muy extraño.
Había veces en que tenías que comportarte como ellos. Sólo así te ganabas el respeto, con poder y prepotencia. Cuando salíamos a pasear en Faizabad, los de la Alianza del Norte mandaban a un policía para espantar a los curiosos con un cable o un garrote, y, de paso, para vigilar a la prensa extranjera. Te conviertes en una curiosidad, y de la nada los afganos pueden empezar a tirarte granizo, y piedras. En el trasfondo de su cultura es así como matan a los adúlteros. Esta agresión proviene, creo, del hecho de que los afganos han sido adoctrinados para ver al que viene de afuera, al no-musulmán, como un kafir -es decir, un infiel-. Para un devoto del Corán, no hay nada peor que ello. El que no tiene fe ni dios es un ser desalmado, y, por ende, merece morir.
Un periodista británico casi muere así entrando en Kandahar. Estuvo a punto de ser masacrado por una turba y fue igual: conversaba amistosamente con unos refugiados afganos, y unos chiquillos le empezaron a tirar piedras. Al final una turba lo tuvo en el suelo tratando de aplastar su cráneo con ladrillos. Había unas cincuenta personas a su alrededor, hasta que él, desangrándose y casi desmayado, pudo tomar una piedra y lanzarla contra uno. Sólo cuando reaccionó en su defensa con esta agresión, ellos detuvieron la lluvia de piedras. Si no reaccionas, nadie los detiene. Si te vistes como ellos -cosa que hice por un tiempo-, sólo consigues que te miren menos. Pero sigues siendo un extranjero.
Afganistán ha sido el único lugar en el mundo donde he tenido que contratar hombres para proteger mi vida. Y contraté a tantos hombres que podría haber armado mi propia milicia. Entre la xenofobia, el bandolerismo y la brutalización de esta sociedad, los extranjeros deben viajar acompañados de hombres armados. Sólo por curiosidad, comencé a indagar qué haría falta para convertirme en un warlord , en un señor de la guerra. Diez mil dólares. Nada más. Bastaba para comprar un par de camionetas high lux, fusiles kalashnikovs rusos, y cien hombres armados para un mes. Para no gastar más después, nos convertiríamos en una mafia: iríamos donde los mercaderes y dueños de empresas para pedirles dinero. Luego te tropezabas con otro señor de la guerra, y le ganabas la batalla. No era difícil armar un ejército privado en Afganistán. Así se sobrevivía.