Este último recurso, que tanto llamó la atención de la crítica
norteamericana, ya estaba en tres obras de Julio Cortázar: La vuelta al
día en ochenta mundos, Ultimo round y Los autonautas de la cosmopista,
aunque con una diferencia sustancial: los textos de Cortázar aluden a hechos
reales, verificables; las novelas de Sebald incluyen fotografías -fragmentos
de realidad, por lo tanto- para ilustrar ficciones.
La borgeana idea del tiempo sin existencia real es de clara filiación neoplatónica.
También lo es, de algún modo, la idea de que el artista debe recoger
las briznas de pasado que se van perdiendo, reelaborándolas y transfigurándolas
para preservar la memoria cultural. En ese proyecto hay ecos de Rilke, y también
de Kafka. Pero Sebald trata de rescatar todo lo que se fuga: el paisaje, por ejemplo,
los puentes, las ruinas.
Si las ficciones verdaderas reflejan una conciencia plena de la época de
producción es porque su origen deriva de hechos que definen a esa época.
Magris y Sebald, por ejemplo, aluden al pasado, pero no podrían haber escrito
Danubio o Austerlitz sino a finales del siglo XX. Un determinado episodio de la
realidad suscita en el narrador un inmediato interés, acaso no por el episodio
en sí mismo, sino por toda la red de significaciones que desata. A veces,
ese episodio se convierte, durante años, en una obsesión personal
de la que el autor no puede desprenderse hasta que la escribe: el crimen de Berthet
en El rojo y el negro, la tragedia después de la boda en Crónica
de una muerte anunciada de García Márquez y en Bodas de sangre de
Federico García Lorca, el falso atentado anarquista en El agente secreto
de Joseph Conrad.
Todo acto de narración es, como se sabe, un modo de leer la realidad como
no es, un intento de imponer a lo real otra forma de coherencia, fundada a veces
en el azar o en el caos. El relato selecciona imágenes, palabras, órdenes
de palabras -Joyce ya dictaminó que en el lenguaje hay sólo
un orden posible-, acciones que se dan de otra manera en la realidad. Algo
sucede, y ese algo, al conmoverlo de manera íntima, personal, estimula
al narrador a producir un relato que no es, por cierto, una copia del suceso original,
sino -en los mejores ejemplos- la traducción de una atmósfera
común a la época y a los intereses profundos de los lectores. La
fuente se pierde, se borra, desaparece, conjurada por la eficacia del simulacro,
de la nueva realidad -esta vez imaginaria- que corrige la anterior
pero, a la vez, la suplanta. La perennidad de El rojo y el negro tiene poco que
ver con el crimen de Berthet. Lo que Stendhal vio en ese crimen fue la destrucción
de un orden -el orden esclerosado del Ancien Régime- y la aparición
de un orden nuevo, burgués, que permitía la coexistencia en el teatro,
en los cafés, en las iglesias y en las salas de lectura, de personajes con poca
relación entre sí. Berthet o Julien Sorel eran los lectores de la
Francia de 1830: éstos podían reconocerse en la novela de aquéllos.
La declaración de Borges sobre la falsificación de hechos en Historia
universal de la infamia acierta con dos de los estímulos mayores de las
ficciones verdaderas: llenar un vacío de la realidad, como en el caso de
Schwob, escribir lo omitido, plantar la bandera de la imaginación en los
sitios por los que no se ha aventurado la historia, o bien rehacer la realidad,
reescribirla, transfigurando según las leyes del propio deseo o, como bien
señala Borges, del placer.
Al primer grupo pertenecen novelas como El general en su laberinto, de García
Márquez, La princesa de Clèves de Madame de La Fayette, o las novelas
sobre Lee Harvey Oswald que escribieron Norman Mailer y Don De Lillo. Ninguna
de ellas es lo que convencionalmente se llama novela histórica. Pueden
ser más bien consideradas como un duelo de versiones narrativas entre la
ficción y la historia o, si se prefiere, una metáfora de la historia:
los personajes son ciertos, el trasfondo histórico coincide con el de los
documentos, pero la lectura de los hechos es otra.
Siempre la veracidad de un texto se establece a partir de un pacto con el lector.
De acuerdo con ese pacto, los hechos histricos son como se dice que son, pero
suelen resultar insuficientes para describir la realidad. El novelista necesita
descubrir otros hechos que la enriquezcan. A la verdad que la historia considera
como la única posible, le añade otras verdades, abre los ojos y
la brújula de los significados hacia todas las direcciones. Hemingway escribió
en el prólogo de París era una fiesta: "Siempre cabe la posibilidad
de que un libro de ficción arroje alguna luz sobre las cosas que antes
fueron contadas como hechos". Esa idea no es nueva. Puesto que las palabras
son convenciones, y el modo en que ordenamos los hechos responde a una interpretación de esos hechos, el escritor puede violar esa interpretación y, situándose
en el otro lado, en el lado de la imaginación y de la fabulación,
descubrir algunas construcciones de la verdad más legítimas aún
que las construcciones fundadas en las viejas relaciones racionalistas de causa
a efecto.
Nietzsche hablaba de "la alta potencia de lo falso". Es en ese sentido
que entiendo el simulacro de la ficción, no como una negación de
la realidad sino como la construcción de otra realidad en la que no hay
modelos ni copias sino una nueva forma de orden o, si se acepta el oxímoron,
el caos como orden. Es la construcción de otras leyes, de un caos que se
organiza como un sistema circulatorio en el que un dato, un relámpago de
lo real, un juego de máscaras, alimenta otra máscara, y otra, hasta componer un mundo al que Joyce, con toda propiedad, llamó caosmos. El simulacro,
la ficción verdadera, es algo así como la errancia de un sentido
en busca de su forma: una peregrinación que va de un lenguaje a otro, de
una cadencia verbal a otra, hasta que se detiene, se cristaliza, se encuentra
a sí mismo. A veces, el simulacro sigue un camino inverso al de la ficción
verdadera: parte de una fuente imaginaria y encuentra su sentido último
en el caosmos de la realidad. La mejor novela contemporánea se nutre de
esa fuente, me parece.