"En él [El reino de este mundo]", escribe, "se narra
una sucesión de hechos extraordinarios, ocurridos en la isla de Santo Domingo,
en determinada época que no alcanza el lapso de una vida humana, dejándose
que lo maravilloso fluya libremente de una realidad estrictamente seguida en todos
sus detalles. Porque es menester advertir que el relato que va a leerse ha sido establecido sobre una
documentación extremadamente rigurosa que no solamente respeta la verdad
histórica de los acontecimientos, los nombres de personajes -incluso
secundarios-, de lugares y hasta de calles, sino que oculta, bajo su aparente
intemporalidad, un minucioso cotejo de fechas y de cronologías."
Los hechizos del vudú son esenciales a la narración. Saint-Méry
veía en el vudú una amenaza: su Descripción denuncia que
los negros usaban ese ritual para envenenar a los blancos; para Carpentier, el
vudú es la fe que todo lo permite. Uno de los momentos más citados
de la novela es el suplicio de Mackandal en la hoguera, que para sus fieles no
se consuma, porque Mackandal huye del fuego convertido en mosca de luz, en tanto
que los blancos no entienden el júbilo de los negros ante el suplicio de
su caudillo.
El reino de este mundo y la Descripción ilustran dos concepciones casi
antagónicas del mundo haitiano. Según Saint-Méry, un joven
negro delata voluntariamente a las autoridades dónde está Mackandal;
Carpentier refiere que es el esclavo Fulah quien la declara, pero bajo amenaza
de muerte. Y a la inversa, donde Saint-Méry escribe: "Las más
bellas negras se disputaban el honor de ser admitidas en el lecho de Mackandal",
Carpentier corrige: "Es fama que su voz grave y sorda le conseguía
todo de las negras". Saint-Méry concede la importancia histórica
que corresponde a Toussaint L'Ouverture, uno de los mayores héroes
de la independencia haitiana, en tanto que Carpentier lo menciona sólo
incidentalmente, como ebanista, en el capítulo séptimo de su novela.
La mejor definición que conozco de ficción verdadera es, sin embargo,
anterior a Carpentier. La dio Stendhal en De l'amour, una colección
de fragmentos publicada en 1822. Allí enuncia su célebre "teoría
de la cristalización" en este párrafo breve: "En las
minas de sal que hay en Salzburgo se deja caer a veces una rama sin hojas al fondo
de un pozo en desuso. Dos o tres meses más tarde, cuando se recupera la
rama, está ya cubierta por brillantes cristalizaciones. Las ramitas más
chicas, semejantes a las patas de una golondrina, se adornan con innumerables
diamantes deslumbradores, y ya no es posible reconocer la rama original. Lo que
yo llamo cristalización es la operación mental que extrae de todo
lo que la rodea el descubrimiento de que el objeto amado tiene ocultas perfecciones".
Aunque el fragmento alude ante todo a la ilusión del amante, puede leerse
también como una explicación cabal de la transfiguración
que se opera en un dato trivial cuando un novelista de talento lo rescata para
narrarlo a su manera, tiñendo la rama original con los colores del arco
iris.
A fines de 1827, Stendhal leyó en la Gazette des Tribunaux los pormenores
del juicio contra el seminarista Antoine Berthet, acusado de asesinar a una mujer
casada a la que había servido como maestro de los hijos. Tres años
más tarde, la crónica del caso salió cristalizada en una
novela genial, El rojo y el negro.
Jorge Luis Borges, que comenzó ejercitándose en las ficciones verdaderas
porque desconfiaba de su propia imaginación -como Stendhal-,
declara en la Autobiografía que sus primeros "cuentos legítimos
asumían la forma de falsificaciones y seudo ensayos". "En Historia
universal de la infamia -escribe- no quise repetir lo que hizo Marcel
Schwob en sus Vidas imaginarias. Schwob inventó biografías de hombres
reales sobre los que hay escasa o ninguna información. Yo, en cambio, leí
sobre personas conocidas, y cambié y deformé deliberadamente todo
a mi antojo". Uno de los propósitos de aquellos ejercicios era complacer
al público. "Esos relatos -advierte Borges- estaban destinados
al consumo popular en las páginas de Crítica y eran deliberadamente
pintorescos".
En el periodismo, todo texto está al servicio del público. En las
ficciones verdaderas, hay una mutua complicidad entre autor y lector, un diálogo
de iguales, en el que aquél expone todos los sentimientos, modos de ser,
rumores y culturas que ha recogido de su comunidad como un espejo con el cual
el lector acabará identificándose porque las experiencias a las
que alude el texto literario son reconocidas por el lector como propias o como
el eco de algo propio. Arthur Miller escribió The Crucible en 1953 con
la certeza de que la superchería de las brujas de Salem -cuyos procesos
tuvieron efecto en 1692- sería percibida por el público norteamericano
como una parábola sobre el macartismo. La flecha, disparada con toda premeditación,
apunta hacia un blanco que está en el imaginario común. Dentro de
ese imaginario, la ficción rescata un pasado que ilumina y enriquece el
presente. Cuando una ficción verdadera es eficaz, se parece al laúd
suspendido de Béranger. Apenas alguien lo toca, resuena.
Creo que las ficciones verdaderas, es decir, la exploración de la casi
imperceptible franja que separa ficción de realidad, o imaginación
de certidumbre -cuyo precursor remoto es Stendhal y el precursor cercano
Borges-, impregnan la gran novela contemporánea de los últimos veinte años, a través
de la novela inglesa, con ejemplos como El hotel blanco (1981) de D.M. Thomas
y El loro de Flaubert (1984) de Julian Barnes, que incorporan epistolarios falsos
aunque eruditos, poemas y largos fragmentos ensayísticos. Se ha infiltrado
también en la mejor novela norteamericana, de la que sólo voy a
citar dos ejemplos últimos: Underworld (1997) , de Don De Lillo, que se
tradujo al castellano como Submundo, y Mason y Dixon, de Thomas Pynchon, que reescribe
en clave cómica y anacrónica la historia de los topógrafos
ingleses que trazaron la línea divisoria entre el norte y el sur de los
Estados Unidos a mediados del siglo XVIII.
Pero quizá la culminación de esa búsqueda está en
Danubio, la novela o libro de viajes que el triestino Claudio Magris dio a conocer
en 1986, y en las cuatro obras maestras que el alemán G. W. Sebald logró
completar antes de matarse en un accidente de auto a comienzos de 2002, en el
sudeste de Inglaterra. Danubio condensa la civilización creada por el gran
río y, de hecho, toda la complejidad de la Europa central. Magris recrea
la vida cotidiana de toda esa vasta cuenca desde las imprecisas fuentes del río,
al sur de Alemania, hasta su desembocadura en el Mar Negro, a través de
un mosaico por el que desfilan la tragedia de Mayerling, Mengele en una abadía
de Günzburg, Kafka en el sanatorio del doctor Hoffman, donde murió,
Einstein en Ulm, Kepler en el museo de Ratisbona.
El tiempo y la construcción o destrucción de la identidad son los
temas centrales de Magris. También lo son de Sebald, en cuyas cuatro novelas
hay una sistemática destrucción del tiempo. "El tiempo no
tiene existencia real", dice Jacques Austerlitz, un profesor de arte y arquitectura
europeas que es el protagonista de su último libro, Austerlitz, publicado
meses antes de morir.
Ya la primera de esas novelas, Vértigo, de 1990, contenía los elementos
que caracterizan a las tres restantes, Los emigrados, de 1993, Los anillos de
Saturno, de 1995, y Austerlitz: ficción melancólica y sombría
sobre el pasado, relato de viajes, biografías ficticias, ensayos de anticuario,
meditaciones filosóficas e ilustraciones fotográficas, fotos de
calidad dudosa.