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Letras Libres 40 Letras Libres

Octavio Paz: Un azul y todos los azules

por Juan Malpartida
Letras Libres nº 40, enero 2005

Número de páginas: 2
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Su larga estancia en India le reveló muchas cosas, tanto en el orden íntimo (afectivo), como intelectual, pero sobre todo le permitió penetrar en el hinduismo y el budismo; en sus filosofías, poéticas y morales, pero también en sus manifestaciones artísticas. Paz no sólo ha sabido pensar sino ver, y ver es prioritario en la reflexión, de ahí que se extrañara, ante las arquitecturas eróticas de Bharhut, Sañchi, Mathura y otras, que tantos exegetas hubieran pensado el hinduismo como esencialmente negativo. De ese mismo hecho proviene -generalizando pero sin perder de vista los hechos- su afirmación en esa vertiginosa reflexión a la que antes me he referido ( Conjunciones ...): "Una religión que niega la realidad al cuerpo, lo exalta en su forma más plena: el erotismo; otra que ha hecho de la encarnación su dogma central, espiritualiza y transfigura la carne". No es que el hinduismo haya exaltado siempre al cuerpo, pero hay testimonios variados, tanto en poesía, escultura y ritos. Paz encontró en el pensamiento de la India una continua oscilación entre la unidad y la vacuidad. Uno y cero, cuerpo y vacío, pareja que poco a poco fue tomando en Paz un significado mayor, más hondo. Cuando en 1951 escribió sobre Muerte sin fin, de José Gorostiza, ya señaló que, a pesar de la suntuosidad monumentalidad de imágenes, el poema está vacío, un túmulo hueco, transparente, por el cual todo cae o muere sin fin; y en la década del sesenta observa en la India, esta paradoja: templos cuyas fachadas están decoradas por numerosos cuerpos henchidos de plenitud en distintas posturas eróticas, y por otro lado (en la misma realidad) el culto del templo mismo, dedicado a la vacuidad, como es el caso del santuario de Karli. Ciertamente, el poema de Gorostiza, filosófico, es una controvertida creación perteneciente al cristianismo, aunque sea también algo más; pero me interesa señalar, así sea de pasada, la coherencia de las obsesiones pacianas. Sintió la misma sorpresa y fascinación cuando supo que la lógica implacable de Dharmakirti tenía, en la misma persona, su doble: autor de poesía erótica y amorosa. Por otro lado, Paz buscó y tal vez encontró en algunos momentos privilegiados de su experiencia (nosotros podríamos repetirla en la lectura de varios de sus poemas), la unión de los contarios, no en una tercera realidad, la famosa síntesis dialéctica de Hegel, sino por el descubrimiento de la no dualidad: finalidad, o uno de los fines, del tantrismo, al que dedicó páginas sorprendentes e inaugurales en la cultura de lengua española, además de inspirarle su poema Blanco.
Budismo e hinduismo son una crítica radical del tiempo. El cristianismo en cambio lo afirma como lugar de prueba: en su línea recta, desde el comienzo al final el creyente se la juega y por lo tanto experimenta la libertad en sus elecciones. Paz postuló la importancia del ahora y guerreó con la Historia, un tiempo profano e indefinido, pero un espacio moral irrenunciable. A su vez, afirmó en uno de sus poemas que nuestra condena es el tiempo. No podemos escapar de él, pero a través de diversas experiencias tratamos de alcanzar un no tiempo: refutación momentánea de su linealidad. Paz reaccionó ante la creencia en el progreso indefinido, porque hipoteca siempre al presente en nombre de un rostro que nunca veremos (un signo no-tiempo descompensado por un ahora deudor, siempre carente y condenado al cambio). Ni el futuro como categoría fuerte ni el pasado: no tuvo nostalgia de un pasado histórico, aunque, heredero al fin y al cabo del Romanticismo, en ocasiones se refirió a la infancia de la humanidad, a las pequeñas aldeas del neolítico (en las que Levi-Strauss conjeturaba la felicidad social), y es visible la nostalgia del "era se una vez" del niño, del comienzo de los tiempos, una realidad que quizás no tuvo lugar salvo en nuestro propio deseo, ese que, según el Atharva Veda, fue el primero en nacer y el más poderoso de los nacidos. Si en la carcajada hay una síntesis momentánea entre la cara y el culo, en la afirmación del ahora propio de la experiencia poética hay, o debe haber para que sea real, una aceptación de su dimensión trágica y esplendorosa. Es decir, un ahora que no niega el pasado ni el futuro, ni la vida ni la muerte sino que se atreve a asumir dichas realidades con el único fin, lúcido y al tiempo misterioso, de acentuar la vivacidad de nuestra experiencia. Sí, Octavio Paz recorrió muchos mundos para afirmar, como poeta, la perfección de lo finito, un azul y todos los azules: no una idea, una presencia. Como pensador, preocupado de esa forma de la historia que denominamos política, no perdió nunca de vista la experiencia de la libertad: una búsqueda que se ejerce siempre en el terreno de lo relativo. Relatividad en términos sociales significa tener al otro como horizonte de mi libertad, quizás la única posibilidad de no convertir mi anhelo en tiranía. La figura central cuando se habla de sociedad y libertad, es la persona. En uno de sus últimos libros, La llama doble (1993), Paz aboga por la necesidad de retomar dicha noción. Era pesimista al respecto: el siglo XX ha descuartizado la figura humana, desde las ideologías totalitarias a las artes. Por otro lado, la libertad actual ha hecho del cuerpo humano un objeto consumido por la publicidad: deificado por su novedad y desechado inmediatamente en la voracidad del mercado. No Orwell sino Huxley: la tiranía tecnológica, la mecanización por reduccionismo cientificista de la complejidad irreductible de la persona. Intuyó la necesidad de un Kant que hiciera la crítica de la razón científica, quizás incipiente en la autorreflexión y autocrítica de ciertos cosmólogos. En este contexto, releer a Paz no es sólo una fuerte de sugerencias sino una crítica de la servidumbre, contra la que nunca estaremos a salvos. Hay que volver a preguntarse por el signo (los signos) de nuestro tiempo, porque el camino es importante.
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