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Letras Libres 40 Letras Libres

Octavio Paz: Un azul y todos los azules

por Juan Malpartida
Letras Libres nº 40, enero 2005

Número de páginas: 2
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Hace ya casi veinte años, llevado por la impaciencia de la juventud, le expresé a Paz mi preferencia por cierta tradición algo esotérica que alcanzaba, sobre un determinado aspecto crucial, las mismas conclusiones que un enrevesado filósofo, pero, por decirlo así, de golpe, como un satori. Paz me miró sin impaciencia y me explicó que para él eran importantes los caminos.
Como quien se pone de nuevo en el sendero de Galta, pensé que para escribir esta nota (y atenuar la nostalgia) estaría bien leer alguno de sus libros que prefiero. Nada más terminar de releer Conjunciones y disyunciones (1969), exaltado y abatido, mareado e iluminado (esa iluminación transitoria provocada por la cercanía de una poderosa inteligencia), me digo una vez más que Octavio Paz es un pensador raro para nuestro tiempo. Su prosa avanza con firmeza para, de pronto, girar en espiral a una velocidad inusitada, uniendo conceptos filosóficos, históricos y estéticos con imágenes y descripciones rigurosas y vitales, poéticas: cruzamos ciudades, lenguas, siglos, dioses, civilizaciones, metamorfosis de conceptos, preceptos, morales, no en una suma pedante ni en una acumulación erudita sino en una búsqueda apasionada regida, finalmente, por la mirada de un poeta. Mirada de poeta quiere decir: aquella que es capaz de hacer de la metafísica un cuerpo; del cuerpo, imágenes que piensan.
También Paz es raro para nuestro tiempo, por lo siguiente: aún no nos hemos dado cuenta de que ni Paul de Man, ni Derrida, ni Deleuze (por no seguir con la lista) tienen la más mínima comparación con él. Y no se trata de que todos tengan algo que decir (que lo han dicho), sino que varios de los nombrados y de los que no nombro, por no herir a algunos de sus exegetas y repetidores, están ya leídos, algo que no se puede decir de un verdadero escritor. Siempre podremos acudir a Paz, aunque no nos dé un instrumento jergoso ni un método. Tampoco hay método en los presocráticos, ni en Montaigne, Nietzsche, Valéry, Steiner o Isaiah Berlin, no al menos en el sentido más formal del término, pero sí en su sentido etimológico de camino. Sólo que tampoco es un camino sino la verdadera incitación y excitación de pensar, de ponernos a caminar. Un profesor universitario podría sugerir a sus alumnos que aplicaran el método estructuralista o semiótico de Fulano, la teoría de la recepción o la deconstrucción, cierta teoría psicológica o tal corriente marxista, pero con Paz no lo tiene tan fácil. Yo le sugeriría a este hipotético (y tan real) profesor lo siguiente, y lo haría porque creo en la educación filosófica, política y estética: entres los libros inexcusables de sugerencia, entre los que imagino algún volumen de Ortega (otro de los escritores que enseñan de verdad a pesar), deslice La otra voz , tal vez el capítulo final de El arco y la lira , "Los signos en rotación", tal vez La llama doble, y espere a que la semilla haga su curso en la imaginación del alumno. Son obras, entre otras que no he mencionado, que además de enseñar a pensar (algo fundamental no sólo para los filósofos) nos ayudan también a vivir. No me refiero a que el lector vaya a encontrar en sus páginas un recetario que responda a cómo enfrentarse a la soledad, la política, el erotismo o la muerte, manuales de higiene y consuelo que, con mayor o peor fortuna, invaden nuestras librerías y tratan vanamente de responder a nuestra angustiada premura. Cuando hablo de enseñar o ayudar a vivir me estoy refiriendo a la facultad de intensificar y ampliar nuestros sentidos y el sentido que los orienta. Por eso escribió muchas veces Paz que era necesaria una nueva poética y una erótica además de una nueva visión del tiempo. Esa visión tendría por una de sus características centrales la acentuación del ahora, un término que a veces se emplea como una panacea hedonista, cuando en realidad sólo es posible soportar su desafío desde una conciencia trágica.
El cuerpo siempre está en el ahora, pero el hombre no siempre vive en el presente o tiene presente el cuerpo y, con él, sus sentidos. Por diversas razones o actitudes intelectuales, no pocas veces lo ha inmolado en aras de lo ideal permanente o lo ha sometido a una promesa futura (el final de los tiempos, la Revolución, el atman de los hindúes o la desencarnación budista). En la obra poética y ensayística de Paz, desde ¿Aguila o sol? a Árbol adentro y desde El laberinto de la soledad a La llama doble hay una constante tensión y una búsqueda entre una oposición complementaria que denominó los signos cuerpo y no-cuerpo . Aunque es una noción que maneja de manera explícita a lo largo de Conjunciones y disyunciones (1969) está presente de una u otra manera en su obra a partir de los años cuarenta. Desde el comienzo de sus tentativas reflexivas y de sus poemas, Paz se mueve más cerca de Empédocles y de Heráclito que de Parménides, pero nunca perdió de vista a los condenadores de los sentidos y de la realidad, desde los griegos a los metafísicos hindúes, pasando por Schopenhauer y Heidegger. Le atrajeron la tarea de control y endurecimiento del cuerpo del asceta para preservar el alma y la dedicación del libertino en cuya exaltación de los sentidos alcanza la sequedad espiritual. Ninguna de ellas fueron opciones propias. Paz creyó en el alma: cada ser humano es único y su ser algo más que materia, aunque, como la materia, esté condenado a desaparecer con ella. A su vez, no olvidó que el ser percibe por los sentidos y se expresa con ellos. El cuerpo no es un recipiente ni la huella de la condena sino una presencia que sin cesar se representa, se imagina, se inventa gracias a su complementario: el alma. A su vez, el alma (psiquis o como quieran llamarlo la psiquiatría u otras disciplinas), no es un más allá, refutación de las veleidades y perdición de la carne sino un no-cuerpo, y en esta negación se expresa, incluso gráficamente, el diálogo complejo y desigual que todas las civilizaciones han mantenido, con manifestaciones diversas que no excluyen la contradicción.
El hombre se ríe, afirma Paz, porque una vez no hubo distancia, y más: porque una vez el sexo, los excrementos y la cabeza estuvieron a la misma altura: la horizontalidad del mundo natural. La verticalidad humana no sólo es alejamiento jerárquico de nuestra animalidad y oscuridad primigenias sino transformación, metamorfosis. La risa, la carcajada, son "una síntesis momentánea entre el cuerpo y el alma". La seriedad, una ascesis que trata de mantener controladas las sugerencias locas de la carne, o bien expresar su pesimismo ante lo irredimible.
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