El escritor israelí Amos Oz estuvo en Madrid el pasado octubre para presentar Una historia de amor y oscuridad (Siruela), una suerte de autobiografía novelada. Mercedes Monmany lo entrevistó sobre este libro y, a través de él, sobre su condición de escritor, sobre la vida en Israel y sobre su relación de amor odio con Europa y su cultura, de la que es heredero casi involuntario.
En los tormentosos y poco ejemplares años veinte y treinta del siglo pasado, ¿quién era verdaderamente europeo, quién creía en la Europa fraternal, solidaria y supranacional? Cualquiera que haya leído las reediciones de los últimos años de autores como el Stefan Zweig de El mundo de ayer (Memorias de un europeo) o los ensayos dramáticos y pesimistas de Joseph Roth en sus años de exilio en París, huyendo de los nazis, recogidos en La filial del infierno en la tierra; cualquiera, pues, que se haya acercado a los que mejor retrataron esa época de crueldad inusitada hacia una minoría fundamental durante siglos en Europa, los judíos, habrá comprobado que, como dice el escritor israelí Amos Oz en su última y espléndida novela autobiográfica, Una historia de amor y oscuridad, ellos eran prácticamente los únicos europeos en aquellos momentos. Es la historia de un amor decepcionado. Sus cultos y eruditos padres, que habían estudiado en Praga, como sus abuelos venidos de Lituania, Ucrania y Rusia (la abuela de Amos Oz, la abuela Shlomit, inauguró el primer salón literario hebreo que hubo en Odesa), eran verdaderos europeos y así se definían, fieles a esa idea trasnacional, de refinamiento moral y humanista de Europa. Por aquel entonces nadie se definía a sí mismo como europeo: la gente como la familia de Oz estaba rodeada de feroces y altivos patriotas italianos, húngaros, pangermánicos o paneslavos. El padre de Amos Oz hablaba en siete idiomas y podía leer en 17; su madre podía expresarse sin problemas en otros cinco. Los únicos europeos de hace 75 años eran aquellos judíos
políglotas, "apasionados eurófilos, amantes de Europa ilimitada e incondicionalmente durante decenas de años", que, paradójicamente, luego serían perseguidos, asesinados y arrojados con violencia fuera de ella.
Autor de una ya abundante obra reconocida internacionalmente, intelectual firmemente comprometido desde siempre con el proceso de paz en Oriente Medio, Amos Oz (Jerusalén, 1939) se dio a conocer en países como el nuestro a finales de los ochenta, a través de sus primeras novelas: Mi marido Mikhael, La caja negra, Las mujeres de Yoel y la magnífica La tercera condición (1993), donde daba voz al personaje apasionado, parlanchín y soñador de Fima, encarnación caótica y humana de su conflictiva y mística ciudad natal, Jerusalén. Más tarde, su obra ha sido publicada básicamente por Siruela, donde han aparecido las novelas No digas noche (1998), Un descanso verdadero (2001) y El mismo mar (2002), además de Una historia de amor y oscuridad, en la que, utilizando como trasfondo histórico la trágica, heroica y extraordinaria epopeya de la creación del Estado de Israel, abordaba al mismo tiempo la narración de una saga familiar, la suya propia, de emigrantes llegados desde la Europa del Este. Por otro lado, también, por primera vez, enunciaba literariamente un tabú hasta ahora no tratado por él de forma pública: el suicidio de su joven madre, cuando apenas tenía doce años.
Mercedes Monmany: Con Una historia de amor y oscuridad, usted ha escrito fundamentalmente una novela "espacial". Ese espacio puede ser Jerusalén y sus iluminadas y cosmopolitas calles de los años treinta y cuarenta o sus sombrías arterias medievales, o la tierra largo tiempo soñada de Eretz Israel, o el eco remoto de una Europa abruptamente abandonada.
Amos Oz: Esta novela es el resultado de un proceso de paz conmigo mismo. Durante muchos años estuve muy enfadado: estaba enfadado con mi madre, con el barrio en el que crecí, estaba enfadado con la Historia. Una vez que hice la paz conmigo mismo, pude invitar al resto de toda esa gente, es decir, a mis padres, a mis abuelos, a mi casa. Les pude hacer sentar, ofrecerles una taza de té y, sólo entonces, ponerme a hablar. Y hablé. Pero también pude oírlos. No hablé como un juez. No escribí este libro para decir: "Tú, padre, eras terrible; tú, madre, un diablo; o tú, madre, eras terrible y tú, padre, sufriste demasiado". No. Lo escribí con curiosidad, con compasión, con ternura, y sin ira en absoluto. Por supuesto, con ira respecto a la historia y la tragedia que trajo a mi familia desde Europa, y a otras muchas familias judías desde Bagdad o Casablanca, arrojándolas lejos de allí. Mi familia no era esa gente que bromeaba y se reía en la cubierta del Titanic, en los años cuarenta, mientras los judíos de Europa se estaban hundiendo en las aguas. No. Ellos fueron arrojados al océano, mientras la música, el baile y las canciones seguían oyéndose, y mientras todo el mundo tenía una buena comida y seguía bailando. Sin embargo, ellos estaban entre los arquitectos del Titanic. De Europa.
La música que sonaba, en parte, había sido creada por ellos. El menú, el menú cultural, había sido, en parte, preparado por ellos. Pero fueron echados a patadas a la oscuridad. Y toda esa ofensa me la pasaron a mí. Esto en inglés se llama unrequited love, amor no correspondido: cuando amas a alguien y ese alguien te rechaza y te arroja lejos de él.
MM: En su libro juega con un sistema permanente y obsesivo de dobles enfrentados, de oposiciones: la vieja Jerusalén contra la moderna y trepidante Tel Aviv; la diáspora políglota del ayer y de "la agonía histórica", con sus narraciones lacrimógenas en yiddish y sus descripciones del shtetl "saturadas de grupos humanos que siempre son mendigos, traperos y todo tipo de holgazanes sofistas", contra el floreciente renacimiento de la literatura hebrea y el deseo de su padre de que todos "nacieran de nuevo, sanos, fuertes, bronceados, europeos-hebreos y no judíos-europeos del Este"... ¿Es el asunto de la construcción urgente y sólida de una nueva identidad puramente hebrea, sin adjetivos ni calificativos que la difuminen o fragmenten en partículas?