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Letra Internacional 101 Letra Internacional

Tres vértices. Fragmentos de una reflexión sobre la tradición bíblica

por Roberto Blatt
Letra Internacional nº 101, Invierno 2008

Número de páginas: 6
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El descubrimiento en 1945 en Nag Hammadi, Egipto, de una biblioteca del siglo II-III DC, ha aportado nuevos datos sobre la pujanza de movimientos cristianos globalmente conocidos como «gnósticos», a pesar de representar tendencias variadas e incluso antagónicas. Con la excepción de algunos fragmentos ya conocidos anteriormente, este hallazgo incorpora al corpus histórico cristiano una profusión de «evangelios» rechazados en su momento por la ortodoxia: evangelios de Tomás, de Valentín, de María, de Felipe, A los Egipcios, A los Hebreos, etcétera, junto con otros libros doctrinales referidos a la Biblia. Los nombres de líderes de éstos movimientos Marción, Valentín, Simón el Mago, Basílides,...) y algunas de sus tesis ya eran conocidas gracias a las refutaciones de que fueron objeto en el siglo III por sus enemigos, especialmente Irineo, obispo de Lyon, y Tertuliano, aunque en las postrimerías de su vida éste último se convirtiera a las tesis gnósticas. La desaparición de estas corrientes revela una encarnizada represión y una destrucción sistemática de sus textos en los siglos inmediatamente posteriores.
Aún en el siglo IV, San Agustín, que comenzó su trayectoria religiosa asociado a otra secta herética, la de los maniqueos (seguidores de Mani), debió enfrentarse, ya como obispo, a la Iglesia donatista, mayoritaria en el norte de África. A pesar de una persecución implacable, las comunidades donatistas sobrevivieron hasta la desaparición total del cristianismo en la margen sur del Mediterráneo.
Finalmente, existe el convencimiento de que los distintos Evangelios se corresponderían a diferentes corrientes de seguidores de Jesús, algunas estrechamente relacionadas, como las que produjeron San Lucas y San Mateo, y otras, como San Juan, de gestación independiente. Las divergencias lógicas entre ellos, dado su origen y gestación dispares, se mantuvieron a pesar de los esfuerzos denodados emprendidos por los doctores de la Iglesia, desde un principio, para armonizarlos. De ahí la lógica preocupación de la Iglesia por evitar las lecturas directas de los no iniciados en las sutilezas de la teología, y la necesidad de redactar unos textos sustitutorios y coherentes de relatos bíblicos y vidas de santos.
Pero la dificultad no se limitaba al Nuevo Testamento. Como ya se ha visto, el canon cristiano y el judío difieren respecto al número de libros incluidos en el Antiguo. Pero, además, existen versiones distintas de la Septuaginta y aun otras completamente diferentes. En el siglo II, un converso al judaísmo llamado Aquila realizó una traducción al griego bajo la supervisión de Rabí Akiba que gozó de cierta atención por parte de los padres de la Iglesia. La obsesión por la literalidad lo llevó hasta el extremo de inventar raíces griegas nuevas para transmitir el sentido de ciertos vocablos hebreos inexistentes en aquella lengua, la helena. Otro proyecto de importancia fue la Hexapla, de Orígenes, que presentaba en seis columnas el texto hebreo original, el texto hebreo en letras griegas, la versión de Aquila, la Septuaginta, y las traducciones de Simaco y Teodociano.
Luego Esdras (I, II o III), canónico para los Ortodoxos griegos, deja de serlo para la versión latina, desplazado a ser un mero apéndice por el Concilio de Trento.
Ahora bien, así como el Nuevo Testamento es interpretado por los cristianos como la realización de las profecías del Antiguo, el Corán es considerado por los musulmanes como la recuperación de la pureza del primero, traicionada por el segundo. A pesar de la relativa importancia del Hadith, las enseñanzas del Profeta, la Sunna y otras fuentes de autoridad más o menos determinantes según alguna de las cuatro escuelas jurídicas suníes y otros textos aceptados por los chiítas, los musulmanes sólo poseen un texto revelado, el Corán, la expresión definitiva de la tradición encauzada por Abraham, Moisés y Jesús. Por lo tanto, aunque de forma indirecta, el Islam está igualmente fundado en una Biblia única e intocable pero su virtualidad es extrema, ya que no existe de ese libro una versión canónica propia.
No obstante, el Corán presupone un conocimiento de las historias bíblicas, de las que hace múltiples paráfrasis. Según Mahoma, las enseñanzas a él reveladas responden a la necesidad de corregir las desviaciones del recto camino cometidas por los judíos en su particular lectura del Antiguo Testamento, tal como fueron denunciadas por el profeta Jesús. Aun así, a los judíos se les reconoce un estatus especial por ser
Ahl Al-Kitab (Pueblo del Libro). Posteriormente, los cristianos también incurrieron en falta, por lo que el Corán sería la última y definitiva actualización de la revelación bíblica, conteniendo en sí misma todos los principios manifiestos de la ley divina sobre la tierra.
El proceso de reinterpretación de la tradición bíblica se aplicó, necesariamente, a las expresiones más cercanas, locales, del judaísmo y del cristianismo, tradiciones éstas en sí mismas todavía sumidas en un proceso de cierre incompleto de sus respectivos cánones. Es probable que las tribus judías mencionadas en el Corán estuvieran profundamente marcadas por corrientes tardías de la profecía bíblica, centradas en torno a la figura de Daniel, así como por influencias zoroástricas, dada la cercanía y peso de la vecina Persia sasánida.
Los cristianos de esa época y región eran posiblemente nestorianos, que no atribuían a Jesús una entidad divina.
Los nestorianos eran miembros de una secta cristiana originaria del Medio Oriente. Fueron condenados en el concilio de Efeso (431 DC) por denunciar el uso del título theotoktos , «que da a luz a Dios», para referirse a la Virgen María, oscureciendo, según ellos, de esta manera la naturaleza humana de Jesús. El concilio de Calcedón (451) confirmó el rechazo de este movimiento, pero aún en 489 hubo que emitir un decreto imperial para clausurar la escuela teológica de Edesa, dominada por nestorianos. Todavía hoy existen unos 170.000 seguidores en Siria, Irak e Irán.
Dada esta circunstancia, no sorprende que el Corán no atribuyera atributos divinos a Jesús, en consonancia con la versión de los propios cristianos de esa parte del mundo. Durante la vida de Mahoma, los versos ( suras ) se inscribieron en hojas de palma, piedras, tiras de cuero y sobre cualquier otro material al alcance de la mano, o fueron confiados a la memoria de sus más estrechos colaboradores.
Esta colección se completó durante el califato de Omar (644-656) pero fue finalmente recopilada por Otmán, su sucesor. Otmán nombró a cincuenta escribas que recogerían sólo aquellos testimonios apoyados como mínimo por dos Compañeros del Profeta. Otmán, finalmente asesinado y despreciado por los medinaítas, fue enterrado apresuradamente en un cementerio judío.
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