Los estudios parecen indicar que hasta el siglo VIII apenas si existían textos religiosos leídos o redactados en Israel y Judá. Desde entonces, si bien la memoria textual recopilatoria de los libros se ha casi milagrosamente mantenido sin grandes divergencias, éstos han conservado múltiples discrepancias internas, narrativas y conceptuales, sólo tardía y externamente resueltas por la interpretación rabínica posterior.Por ejemplo, la primera subida de Moisés, en Éxodo 24, no da cuenta de los Mandamientos, anunciados directamente al pueblo concentrado al pie de la montaña, sino que consiste casi exclusivamente en instrucciones de construcción del Tabernáculo, todo ello escrito con letras de fuego sobre las tablas por Dios mismo. Los Mandamientos se inscriben en las tablas en Deuteronomio, - "segunda ley" - libro cuya escritura se sitúa en la época de Josiah. Aquí, en la segunda subida, la escritura corre a cargo de Moisés. La disonancia, como elaboraremos luego, es resuelta por una interpretación talmúdica que integra ambas narraciones e interpreta que después del sacrilegio del Becerro de Oro y la ruptura de las tablas, Dios ordena a un Moisés que ha vuelto a subir a la montaña que esta vez sea él mismo quien escriba los Mandamientos, aparentemente para que la redacción, realizada por un mero ser humano, no pueda ser objeto de idolatría.
A diferencia de cristianos y musulmanes, que reconocen por lo menos a Aristóteles el rango de sabio gentil y «justo», inocente por haber nacido antes de las primeras revelaciones universales cruciales, la ortodoxia judía no reconoce deuda alguna con el entorno helenístico. No obstante, su presencia es claramente reconocible en el tercer conjunto de libros que compone el cánon, los Ketubim o Escritos (Hagiographa en griego) y, sobre todo, en el Eclesiastés, con su fuerte acento estoico. En la Edad Media esa influencia se hace patente, entre otros muchos libros, en la Guía de los perplejos de Maimónides. Textos anteriores como los de Filón de Alejandría, aunque perfectamente ajustados a la doctrina judía y ello a pesar de su línea de argumentación de evidente formato helenístico, fueron ignorados por la tradición, no por ser heréticos sino meramente por haber sido escritos en griego. Curiosamente, Filón, un judío estrictamente identificado con la ley mosaica, pervivió sin mácula sólo en la memoria cristiana, porque ella misma, como se verá a continuación, adoptó la lengua griega y su correspondiente versión del Antiguo Testamento, la Septuaginta, presuntamente idéntica a la revelación original hebrea.
Según cuenta la leyenda, mencionada por primera en la poco fiable Carta de Aristeas, Ptolomeo II Filadelfo de Egipto (285-246 AC), gran patrón de la cultura y las artes, se interesó por la Biblia que, al parecer, gozaba de gran prestigio. Eleazar, entonces Sumo Sacerdote de Jerusalén, envió 72 traductores, seis de cada una de las doce tribus de Israel que, trabajando en celdas separadas, ¡produjeron sendas versiones idénticas de la totalidad de la obra!
En realidad, existen diferencias considerables de uso y forma entre la Septuaginta y el Tanaj y los textos posteriores. Pero más grave aún, los respectivos cánones judío y cristiano no coinciden siquiera en la selección de sus libros. El Antiguo Testamento cristiano, en griego, incluye una serie de textos adicionales, originariamente hebreos, rechazados por los editores judíos a la hora de confeccionar su propio canon definitivo, varios siglos más tarde de haber sido redactados y muy probablemente consultados por algunas comunidades judías en Israel, como lo confirman los rollos hallados en Qumrán, Masada y en la Genizá de El Cairo.
Un buen ejemplo de ello es el libro de Ben Sirá, mejor conocido como Eclesiástico, uno de los libros deuteronómicos, es decir, rechazado por el canon judío pero incluidos en el cristiano. Probablemente redactado en hebreo en el siglo II AC, fue traducido al griego por el nieto de Yoshua Ben Sirá y, aunque objeto de laboriosas reconstrucciones modernas a través de citas y fragmentos antiguos, no ha sobrevivido intacto en su lengua original. Pero su popularidad queda demostrada por las numerosas citas que le dedica la tradición rabínica ortodoxa aún vigente, por su presencia fragmentaria en la fortaleza de Masada, donde los fanáticos sicarios judíos resistieron hasta la muerte a los romanos en el año 72 DC, y por los segmentos encontrados en el reducto esenio de Qumrán, lugar del hallazgo de los más antiguos textos de la era bíblica.
El hecho de que este texto fuera relevante para corrientes tan dispares como los monjes apocalípticos auto-exiliados junto al Mar Muerto, para unos guerreros nacionalistas y para rabinos fundadores de las tradiciones de la diáspora moderna, no deja duda acerca de la centralidad y generalidad de su mensaje. Sin embargo, el Sanedrín de Yavne, encabezado por Rabí Akiva, tres siglos más tarde, no lo incluyó en el canon judío. Sorprendentemente sí lo hizo con el Canto de Salomón ( Cantar de los Cantares ), una colección de poemas de amor, probablemente de la época davídica en el siglo 10 AC, cuyo contenido erótico fue convenientemente interpretada como diálogo amoroso emprendido entre Dios e Israel, gracias al cual el pueblo judío, en su dispersión, se retira de los asuntos del mundo, es decir, de la esfera del poder político.
En general, como ya adelantáramos, la estabilidad del canon judío, una vez aprobado en el siglo II DC, es considerable, (excepto para samaritanos apegados al Pentateuco y, en menor medida, para los karaítas, que sólo rechazan la tradición oral, es decir, Misná, Talmud y otras interpretaciones post-bíblicas), centrándose desde entonces las divergencias en la manera y el peso de la interpretación de estos textos, un tema clave que queda por tratar.
En suma, los judíos, aunque aplicando a veces técnicas de interpretación diversas, han conseguido, por lo menos hasta nuestros días -y hasta la fundación del Estado sionista- mantener un cuerpo único de tradición, eso sí, con diversos estilos de expresión (mitnagdim , hasidim , cabalistas, etcétera).