Esta notable bifurcación de la odisea humana, con sus tres variantes a menudo en conflicto, fue bañando las márgenes del Mediterráneo de Este a Oeste, trazando los confines de lo que solemos identificar como Occidente . En 1614, mientras era prisionero de Jaime I en la Torre de Londres, un viejo pero aún combativo Walter Raleigh, antiguo corsario, intrigante y aventurero de fama planetaria, redactó la primera historia universal de corte moderno, referente para las muchas otras a venir, titulada Historia del mundo . La saga de Europa, que entonces sólo empezaba a tomar conciencia de sí misma, aparecía allí subsumida en el enfrentamiento entre el Imperio otomano, que intentaba devolverla a sus raíces asiáticas y el Imperio Español, que buscaba arrastrarla hacia un nuevo eje atlántico.
Carlos I y Suleimán el Magnífico, enfrentados inconclusamente en los aledaños de Viena representaban las alternativas posibles de un destino occidental aún no resuelto en nuestros días.
LAS FUENTES
Las religiones monoteístas, además de compartir una original noción salvacionista y de haber participado activamente en el diseño histórico -admitidamente de geometría variable- de Occidente, comparten, y esto es fundamental, las mismas y escasas fuentes directas de referencia sagrada: la Biblia hebrea, de forma expresa para todos, e implícitamente un puñado limitado de nociones del pensamiento griego atribuidas o atribuibles a Platón y a Aristóteles. Desde esta perspectiva de origen común, parece incomprensible el abismo que las separa, especialmente si se considera que las tres corrientes bíblicas profesan una fidelidad absoluta a un texto fundacional considerado único, idéntico e inmutable en cada uno de sus puntos y letras. Sin embargo, veremos que en realidad tal texto es, en el mejor de los casos, virtual, dadas las versiones dispares que de él existen. Éstas varían, no sólo entre aquellas adoptadas respectivamente por judíos y cristianos sino que cada una de ellas ha sido objeto de múltiples debates internos.
El libro fundamental, Tanaj o Antiguo Testamento no es en realidad un libro sino una biblioteca recopilatoria de textos dispares. Y ese es también el caso del Nuevo Testamento, -rechazado por los judíos-, cuyos testimonios paralelos de la Pasión de Cristo presentan, como veremos más adelante, frecuentes inconsistencias. Tanto es así que han provocado muchos dolores de cabeza a los doctores de la Iglesia y podrían explicar la prohibición de la lectura directa del original para los feligreses hasta muy recientemente. En efecto, una vez levantada dicha prohibición por la Reforma, aparecieron incontables iglesias evangelistas.
Aunque la tradición ortodoxa trate el Antiguo Testamento como un todo orgánico -sobre todo el Pentateuco- a los investigadores les consta que muchos de sus libros fueron utilizados de forma aislada, redactados por distintos autores en épocas distintas. El estudio crítico, propiamente dicho, de la Biblia fue iniciado por Witter, que publicó en Hildesheim en 1711. Se entiende que los pioneros fueran todos eruditos protestantes, dado que la Reforma promovió una interpretación individualizada y descontextualizada del texto, al carecer de una tradición histórica como la rabínica, o institucional como la católica.
Hasta recientemente la Teoría Documental de Wellhausen, cuya formulación definitiva apareció en Prolegomena zur Geschichte Israels de 1883 (publicada en 1878 por primera vez como Geschichte Israels ) parecía unificar al mundo académico en lo que respecta a la autoría, por lo menos del Pentateuco. Según ésta, cuatro habrían sido los anónimos autores: «J», inspirado por Jehová; «E», quien daba a la divinidad el nombre de Elohim; «D», autor del Deuteronomio y, finalmente, «P», un autor obsesionado con las obligaciones del sacerdocio («Priest»=sacerdote), omnipresentes en los libros Levítico y Números. El redactor que unificó finalmente el Pentateuco fue designado «R». Respecto a las fechas de redacción, Wellhausen las situaba varios siglos después de Moisés.
La crítica más radical a esta tesis fue desarrollada por Cassuto, que defendía una redacción unitaria del Pentateuco, donde, por ejemplo, las variantes en la utilización de los nombres divinos se explicaban por diferencias de contexto, aunque reconocía que la inspiración de estos textos se debía sin duda a fuentes doctrinarias, folklóricas e institucionales múltiples, de antigüedad y origen indeterminables.
Pero las críticas que más mella hicieron en el ámbito académico fueron las de Rentdorf, que veía el desarrollo de la obra a través de pequeñas unidades que iban creciendo, eliminando a «J» y a «E». También Van Seters asumía un proceso de agregación modificado por autores tardíos, desapareciendo todas las figuras autorales genéricas y dejando abierto el tema de la fechas, que permiten incluso estimaciones tan tardías como las de Thomas L. Thompson, que las sitúa en la época Hasmonea.
Aunque el consenso en torno a las tesis, metodología y conclusiones de Wellhausen ya no goce de la aceptación universal que tuvo durante el siglo xx, al no haber aparecido una teoría global que la sustituyera, muchas de sus distinciones continúan siendo utilizadas. Es razonable asumir que, al proliferar las lecturas públicas, probablemente individuales, de los libros durante la época del Segundo Templo, se fueron corrigiendo las variantes y unificándose las versiones. Es más que probable que el Pentateuco, en lugar de surgir de un texto único inicial, de posible origen oral, haya sido unificado tardíamente una vez asentado en la escritura. Sin embargo, es sin duda extraordinario que se hayan evitado las múltiples divergencias posteriores debidas a errores ortográficos de copiado, de interpretación de algún conjunto de consonantes o incluso manipulaciones deliberadas de algún grupo de interés. Es asombrosa la coherencia de los manuscritos más antiguos de Qumrán con el texto masorético, otros son cercanos a la Septuaginta o a la versión samaritana. Pero lo más sorprendente es la continuidad sin cambios de este texto durante unos dieciocho siglos desde los hallazgos de la Genizá del Cairo hasta nuestros días.