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Letra Internacional 101 Letra Internacional

Tres vértices. Fragmentos de una reflexión sobre la tradición bíblica

por Roberto Blatt
Letra Internacional nº 101, Invierno 2008

Número de páginas: 6
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OCCIDENTE
La tradición bíblica es, en principio, una única narrativa, remotamente originaria de Súmer, en el sur de Irak. En cierto momento mítico o histórico se diferenció netamente de su tronco pagano, con la salida de Abraham, posiblemente de Ur III, pasando por Harán, y fue desplazándose, a lo largo de casi 4000 años, hacia el oeste, hasta alcanzar las costas atlánticas. Esa trayectoria que acabará atravesando el mundo entero, representa un largo periplo iniciático, centrado esencialmente en la recuperación del paraíso perdido. La búsqueda se inscribe primero en un mapa místico - el paraíso mas allá de la muerte -, luego geográfico, - Ofir y Cipango allende los mares - finalmente en uno temporal y revolucionario, «progresista»- la utopía que culmina la historia.
La versión hebrea fue la primera en fundarse en torno a los motivos del exilio. Exilio mítico debido a la Caída o expulsión del Edén, sumada al erial en que se convirtió la naturaleza después del crimen de Caín, y el exilio histórico provocado por Abraham y su familia, que abandonan la pecaminosa Babilonia para dirigirse a una imprecisa tierra prometida, en Canaán, hacia el Occidente...
La estirpe de Abraham inicia, paradójicamente en dirección contraria a los jardines orientales del Edén, una cancelación de la Caída, una lenta ascensión mesiánica, plagada de escollos. Entre los obstáculos se van sucediendo el exilio y la esclavitud en Egipto, luego en Babilonia, la destrucción del reino de Israel y la desaparición de sus diez tribus, la destrucción del Segundo Templo, la revuelta contra los romanos, la dispersión y el comienzo de la Diáspora, eventualmente centrada aún más a Occidente, en Alejandría y en la propia Roma.
El motor de esta vacilante ascensión correctiva (restauradora) es un principio ético, léase la justicia, ostensiblemente ausente de la naturaleza, donde prima la ley del más fuerte. Dado que el principio de la justicia se manifiesta en la ley divina y no en la natural, sólo puede encarnarse en el género humano, exclusivo destinatario de la Revelación y, por ello, único responsable de interpretarla. A diferencia del tiempo cíclico de las culturas paganas arcaicas, la nueva orientación mesiánica, teleológica, de las circunstancias del mundo, da lugar a la historia propiamente dicha, una ordenación lineal del tiempo (idealmente ascendente), que registra el relativo acercamiento o distanciamiento que separa a la comunidad humana de su presumible redención.
Mientras que para las religiones monoteístas el hombre ocupa un lugar central en el mundo, tanto por su responsabilidad en la Caída como en su potencial de redención, para los paganos desde Súmer, pasando por Grecia y Roma, hasta los modernos héroes seculares encomendados a la diosa de la Razón, la participación del ser humano en los inciertos designios del cosmos tiene un peso infinitesimal. En efecto, tanto los dioses del Olimpo, de Uruk, como los de la naturaleza y la ciencia son indiferentes al hombre. La ciencia, por ser aparentemente evolutiva a lo largo de un eje temporal linear, ocupa un estadio intermedio, y el conocimiento, que en cada momento presente parece estar en la cúspide de «la colina del tiempo», como dice Serre, aunque no nos sitúa en el centro del mundo, nos da la impresión de estar en el punto óptimo de la temporalidad en relación a todos los momentos del pasado. Sin embargo, como demuestra la suerte de las teorías científicas ya desechadas, dicha evolución no es continua, ni su progresión está garantizada, ni posee un objetivo final.
El hombre, ocasionalmente, obtiene un papel anecdótico en el contexto de las rencillas entre dioses (Zeus y Hera, Tiamat y Marduk,...) y busca a través de sacrificios atraer sus favores, ignorante de sus designios y por ende, de su propio destino. Las herramientas tecnológicas en manos de los hombres no revelan otra cosa que una sumisión a leyes naturales, quizá provisorias y éticamente neutras. Permiten al hombre señorear sobre su entorno, pero las llaves del ser le son ajenas, así como las consecuencias últimas de sus manipulaciones. No existe redención ni superación de la muerte. Sería una ilusión pensar que las leyes naturales, además de cómo , consiguen explicar por qué suceden los eventos tal como lo hacen, así como la razón de las regularidades que inductivamente exhiben. Malcolm parafraseaba a Wittgenstein: «Las leyes naturales no obligan a que nada suceda» y el asombro que nos provoca el ser necesariamente nos acerca a un enfoque religioso.
La posteridad del hombre, sea en el Hades griego, o en el Kur sumerio, está relegada literalmente a las sombras, al vacío, a la nostalgia y al pesar por las obras inacabadas en vida. Ur-Nammu, el gran monarca, al morir entra en el Kur. Trae regalos para reconciliarse con deidades que le son hostiles; se encuentra con otros muertos, igualmente sombríos. Gilgamesh, convertido en el Juez de los Infiernos, lo inicia en las reglas del sub-mundo. Pasan siete días con sus noches y Ur-Nammu aprende «el lamento de Súmer»: recuerda la muralla inconclusa de Ur, el cuerpo de su mujer que ya no puede abrazar, al niño que jugaba sobre sus rodillas....De su boca emerge una amarga letanía....
Aunque la noción de la eternidad como continuación de la vida en el Más Allá es relativamente reciente, la tradición judeo-cristiana ya había ideado nada menos que una Alianza del hombre con Dios. El Sheol hebreo no era muy diferente del Hades o del Kur, un triste dominio de sombras. Sin embargo su miseria podría trascenderse mediante la Gueulá, redención mesiánica que la humanidad entera, vivos y muertos, alcanzará cuando la justicia reine en el mundo, consecuencia del Juicio Final al cabo de los tiempos. Según los términos de la Alianza, el ser humano se presta a ser la herramienta para el perfeccionamiento y la continuidad de la mismísima Creación divina. Es verdad que por una parte la degradan en la Caída, pero por otra, los hombres la completan y continúan gracias a su papel de nombradores y articuladores de un discurso con sentido .
El cristianismo llevó hasta el extremo el acercamiento de lo humano y lo divino al introducir la noción de Dios hecho hombre. Desde entonces la salvación, hasta el retorno de Jesucristo, se hace accesible a nivel individual; el Infierno o el Paraíso son, como para el Islam, una opción personalizada. Para una parte del mundo musulmán la revelación bíblica, definitivamente corregida por Mahoma, es el anteproyecto del Apocalipsis que se confirmará con la venida del Mahdi, unos años antes del fin de esta era. Probablemente sea este centralismo del hombre «medida de todas las cosas», el punto más relevante de distinción entre las tradiciones paganas (entre ellas, nuestro propio ateísmo cientificista reciente), y las religiones llamadas «monoteístas».
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