Ensayaban en el auditorio de la Residencia de Estudiantes sin decorados, delante de una cortina de color marrón. Para las representaciones contaron con decorados y figurines realizados por excelentes pintores: José Caballero, Alberto Sánchez (magnífico el que hizo para Fuenteovejuna ), Santiago Ontañón, Manuel Ángeles Ortiz, y cuando no era posible contar con decorados, Federico los sustituía por el color que daban a los focos.
Los campesinos asistían a las representaciones con un gran respeto, con un silencio religioso, y en los momentos cumbres aplaudían, irrefrenables. A veces se oían murmullos y ohes por el choque de lo que se decía en la escena con las pudorosas costumbres de la época, como cuando Laurencia en Fuenteovejuna gritaba:
Vive Dios que he de trazar
que sólo mujeres cobren
la honra de estos tiranos
la sangre de estos traidores
y que os han de tirar piedras
hilanderas, maricones,
amujerados, cobardes...
Desde el público llegaba nítido al escenario un ¡Uuuuuhhh!, no sabemos si de sorpresa o de condenación; el caso es que, en la época a que me refiero, 1933, una mujer no decía «maricón» ni aunque la asparan; tampoco hablaba el llamado sexo débil tan mal -o tan bien, que no puedo emitir juicios de valor- como ahora, de manera que yo pienso que era la sorpresa de la gente la que tenía la culpa del ¡Uuuuhhh! cuando Laurencia, con todas las potencias de sus registros vocales y consonantes, soltaba lo de «maricones». Cuando acababa su recitado la gente aplaudía a rabiar, teniéndose siempre que interrumpir la escena; los actores quedaban como estatuas -era la consigna- y, cuando los aplausos decrecían, volvían a la vida. Lo cuenta Sáenz de la Calzada.
Si hoy todo aquello está olvidado, en su momento representó el más noble intento de reconocer la dignidad de un pueblo que ignoraba mucho pero que también sabía mucho. Con objeto de criticar su generosa obra se les decía: «Más ciencia es más dolor». Más ciencia es más dolor, pero también más poder, y era a esto a lo que temían las fuerzas conservadoras, que el pueblo pudiera, por su nueva formación, compartir el poder.
Si el polvo del olvido va cayendo sobre aquellos pioneros de la cultura, voluntarios para elevar el grado de conciencia colectiva de un pueblo largamente abandonado, recuerdos como éste quieren convertirse en reparación de la grandeza y dignidad de aquellos hombres. No podemos explicar cómo de la adaptación del pensamiento krausista a la realidad española pudo brotar una de las cúspides más altas de la cultura en el mundo. Pero así fue durante la Segunda República en España.
Fragmentos de la conferencia «La política cultural de la II República» .