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Letra Internacional 100 Letra Internacional

Las Misiones Pedagógicas y La Barraca. La cultura en la II República

por Alfonso Guerra
Letra Internacional nº 100, Otoño 2008

Número de páginas: 4
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«El salto al cine fue interesante. Me vino sin proponérmelo. Entonces desarrollaban una gran labor las Misiones Pedagógicas, en las que llevaban la parte cinematográfica Gonzalo Menéndez-Pidal y José Val del Omar. También estaba Rafael Gil. En estas Misiones debuté en el cine. Fue en una Semana Santa por Lorca, Totana, Cartagena y Murcia. Rodé en 16mm, como todos los films que se hicieron para las Misiones. Aún recuerdo aquella afición que nos animaba a todos, tan desinteresada. Todos éramos amateurs . Nadie cobraba nada. Había un espíritu muy bello e idealista, y sentíamos un gran placer en colaborar en una labor en la que creíamos firmemente».
Los misioneros del Cine, Val de Omar, Gonzalo Menéndez-Pidal y Cecilio Paniagua, además de descubrir el cine a los habitantes de pueblos y aldeas, a un público ávido de conocer, captaban con sus cámaras de cine y fotografía a las gentes que componían el público entusiasta, sus paisajes, su realidad cotidiana. Una colección documental que aún hoy nos emociona contemplar. En los rostros de los campesinos se ven la inocencia y la sabiduría popular forjadas en cientos de años de lucha por sobrevivir.
Rafael Dieste reflexionó tanto sobre los efectos de las Misiones en los destinatarios de aquella obra cultural, como sobre los propios misioneros: «Como resumen sustancial cabe observar dos cosas: una, que las Misiones fueron siempre fraternalmente recibidas por los pueblos en que tuvieron lugar; y otra, que el hecho de colaborar con las Misiones, o de pertenecer a sus equipos, imprimiría carácter».
Las Misiones otorgaban una función salvífica a la cultura. Lo expresó con nitidez Enrique Azcoaga: «lo que los misioneros aprendimos -cosa más importante de lo que parece- es que la cultura salva a los que la siembran de una manera humana y viva».
La extraordinaria labor de las Misiones tuvo, sin embargo, sus críticas. Además de la conocida oposición áspera y descalificadora de las derechas, hubo también algunas opiniones contrarias desde posiciones progresistas. Para algunos, la tarea de las Misiones estaba esterilizada por ocuparse prevalentemente de la escuela y poco de la despensa. No consideraban prioritario el esfuerzo cultural donde faltaban los elementales recursos para la subsistencia.
Un historiador como Tuñón de Lara llega a decir que: «el [misionero] que llegaba al pueblo con el gramófono, el proyector cinematográfico, la biblioteca y las más de las veces con el teatrillo y coro (hubo también el museo ambulante), no respondía a la idea misional de integrarse en el pueblo de misión, sino a la de aportar, en forzosa momentaneidad, elementos de cultura. Esa misión, sin transformar las estructuras agrarias de un país, era como plantar árboles por la copa».
El propio Tuñón parece contradecir su opinión cuando de seguido afirma que «no cabe, empero, infravalorar aquellos esfuerzos».
Hay que hacer justicia a la extraordinaria actividad pedagógica, cuyo objetivo era liberar a la España rural del caciquismo y del oscurantismo que había hecho permanecer al pueblo en la ignorancia. El propio nombre elegido de Misiones suponía una intención liberadora; se trata de dotar al misionero de una función laica no ligada al control de las conciencias que había ejercido la Iglesia en la educación.
Estas líneas no son tanto una exposición de lo que alcanzaron a ser las Misiones Pedagógicas cuanto un homenaje a los protagonistas de aquella magnifica actuación. No puedo apartar de mi mente a aquel pueblo campesino que al proclamarse la República, asombrado ante la modernidad que se avisaba, lleno de esperanza y de ilusión por los cambios que para su vida se adivinaban con el nacimiento de un nuevo régimen, pueblo sin conocimiento cultural pero también portador de unas profundas tradiciones. Tampoco puedo ni quiero olvidar a aquella generación republicana de jóvenes que emprendieron una alegre travesía por los pueblos de España, llevando la prédica de la cultura, del amor y de una convivencia y libertad en la que ponían toda su fe y bondad.
Pronto habían de compartir la intención de acercar el arte teatral dos compañías, la de las Misiones Pedagógicas, que como se infiere de su nombre tenía una función didáctica, y La Barraca, con una orientación estrictamente artística. Ambas instituciones, Misiones Pedagógicas y La Barraca, fruto de la Institución Libre de Enseñanza, de su pensamiento y sus hombres.
La Barraca fue una obra de la República, pero con un creador muy personal: Federico García Lorca. Tal como contó Marcelle Auclair, el nacimiento de La Barraca se produjo el 2 de noviembre de 1931, cuando Federico llegó a la casa de sus amigos, el matrimonio Morla, dispuesto a salvar el teatro español. Federico les expresó su argumentario: para salvar el teatro español es preciso, lo primero, encontrar un público para él. El público existe: es el pueblo. A él le representaremos obras de Cervantes, Lope, Calderón, de los clásicos. El teatro se llamará La Barraca y será un teatro que podamos montar y desmontar en poco tiempo, irá por los campos, por los caminos del mundo, porque el público está en cualquier camino. Y si es verdad que se hace camino al andar (Federico sabía de memoria los poemas de Machado) nosotros vamos a hacer al público en los caminos, montaremos el tablado aun en los pueblos más humildes, y sabrá mantener la tradición de los viejos comediantes ambulantes.
Desde el primer instante Federico contó con Eduardo Ugarte. Y cuando le preguntaron de dónde sacaría los fondos para llevar a cabo ese hermoso sueño, contestó: ¡Bah!, eso es una cuestión de detalle. Lo importante era poner en marcha el carromato de los actores para llevar el teatro clásico a los que están ayunos de poesía y espectáculo.
Todo fue conseguir un camión para trasladar los decorados y las cestas del vestuario, construir un tablado de seis por ocho metros, montarlo en las plazas de los pueblos, buscar las conexiones eléctricas si las había, pintar y colgar los decorados, ensayar los actores bajo la estimulante dirección de Federico. Así lograron un teatro que cambió el rumbo del teatro en España.
Vestidos todos con un uniforme de obrero, el mono, con el escudo en el pecho, diseñado por Benjamín Palencia, representando una rueda y una carátula: el teatro ambulante, se lanzaron a recorrer los caminos de España llevando la voz, la sensibilidad y la capacidad creativa de Federico y su troupe teatral.
Federico dirigía, moviendo con gracia a los personajes, con canciones que nadie sabía de dónde las sacaba, imponiendo una movilidad de escena perfecta que hacía que el público prorrumpiese en incontenibles aplausos. Como testimonia el barraco Luis Sáenz de la Calzada, «nadie podía saber en qué resortes mentales, en qué mecanismos del sistema nervioso se encuentra como agazapada la cualidad plástico-teatral que en Federico alcanzó tan altas cúspides».
Las obras que prepararon y llevaron por pueblos y ciudades fueron: de Cervantes, La cueva de Salamanca, La guarda cuidadosa, Los habladores y El retablo de las maravillas ; de Calderón, el auto sacramental de La vida es sueño ; de Tirso de Molina, El burlador de Sevilla ; de Lope de Vega, Fuenteovejuna, Las almenas de Toro y El caballero de Olmedo ; de Juan de la Encina, Égloga de Plácida y Victoriano ; de Lope de Rueda, Paso de la Tierra de Jauja ; de Antonio Machado, La tierra de Alvargonzález , y del Romancero , «Romance del Conde Alarcos».
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