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Letra Internacional 100 Letra Internacional

Las Misiones Pedagógicas y La Barraca. La cultura en la II República

por Alfonso Guerra
Letra Internacional nº 100, Otoño 2008

Número de páginas: 4
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Las Misiones crearon en el poco tiempo que se les concedió 5.522 bibliotecas. Consideren la importancia en una sociedad en la que los analfabetos eran casi la mitad de la población, aún más en los lugares apartados a donde llevaron sus tesoros literarios. ¡Cuántos aldeanos rozaron con sus dedos hechos al trabajo duro el lomo de un libro por vez primera en su existencia!
Los que conocían el valor educativo que Manuel Bartolomé Cossío atribuía a la contemplación estética no se vieron sorprendidos por la idea de crear un museo ambulante que acercase las obras del arte universal a aquellos que nunca habían contemplado un cuadro, que casi con seguridad no conocían la existencia de un Velázquez. Como diría el propio Cossío, el llamado Museo del Pueblo va dirigido a:
«Todas aquellas gentes humildes, que viven en las aldeas más apartadas, que no han salido de ellas o han salido sólo a las cabezas de partido, donde no hay museos; que si han visto alguna estampa, no han visto nunca verdaderos cuadros, no conocen ninguna pintura de los grandes artistas. Quisieron las Misiones poder llevar este museo a las aldeas más pobres, más lejanas y escondidas, como hasta ahora vienen haciendo con las demás cosas, porque para esos pueblos son principalmente las Misiones, para los desheredados».
Cossío, con la cooperación de Pedro Salinas -miembro del Patronato-, convocó un concurso para lograr unas buenas copias, a tamaño natural, de los cuadros principales del Museo del Prado. Salinas impulsó a presentar obras a unos buenos pintores jóvenes, Ramón Gaya, Juan Bonafé y Eduardo Vicente, que realizaron unas magníficas copias de las obras elegidas por Cossío: Los fusilamientos de la Moncloa de Goya, La Resurrección del Greco y el Auto de fe de Berruguete.
Los resultados impresionaron a Cossío y a Salinas. A la vista de la vitalidad y la emoción que transmiten, se ampliaron las copias a otros autores: Sánchez Coello, Ribera, Zurbarán, Murillo y dos cuadros fundamentales de la pintura española, Las Meninas y Las hilanderas de Velázquez, hasta lograr dos colecciones de catorce cuadros cada una, además de los Caprichos , Desastres de la guerra y Disparates de Goya.
Terminadas las obras había que hallar a las personas que encarnasen la tarea de misioneros, lo que no resultaba fácil dado el carácter no profesional que se requería, como la «especial disposición, sinceramente fraternal, para comunicarse con el pueblo». Los más entusiastas colaboradores con el museo ambulante serían el propio pintor Ramón Gaya, Antonio Sánchez Barbudo, Rafael Dieste, Luis Cernuda y María Zambrano.
La exposición se acompañaba con dos charlas, una de carácter histórico y otra sobre la técnica y cualidades pictóricas de los cuadros expuestos. También pusieron en marcha las llamadas «charlas ilustradas» acerca de textos literarios: El Quijote , El conde Lucanor , en los que Sánchez Barbudo explicaba los textos y Ramón Gaya al compás los ilustraba con dibujos en grandes pliegos de papel pegados en las paredes de la plaza del pueblo. «El público seguía las charlas con un interés extraordinario y finalizadas, disputaban para conservar los dibujos de carbón.»
La acogida del Museo en los pueblos era entusiasta y, por los comentarios de los visitantes, puede asegurarse que aquellas muestras dejaban una huella imperecedera en los aldeanos. Ramón Gaya confesó que muchos en Madrid les preguntaban: «¿Pero eso sirve para algo? Yo no quise nunca contestar a esa pregunta porque inutilizaba toda la idea de Cossío. Cossío no quería que sirviese para nada concreto, sólo quería que existiera, quería regalar eso de una manera desinteresada».
Manuel Bartolomé Cossío, siempre claro, lo expresó con sencillez y profundidad: «He tenido muchos enemigos en este proyecto y no querría que se desvirtuara mi idea de llevar estos tesoros que tenemos, que los españoles tenemos. Quiero enseñárselos a las gentes que no los han visto nunca, porque también son suyos, pero en absoluto quiero darles ninguna lección, sólo quiero que sepan que existen y que, aunque estén encerrados en el Prado, son también suyos. Eso es lo que quiero». Verdaderamente en las fotografías que se conservan puede observarse la sorpresa, la emoción y el placer en los rostros que contemplan unas obras inmortales pero de las que ellos ni siquiera conocían la existencia.
Los entusiastas de las Misiones habían de emprender otras iniciativas para llevar la cultura a pueblos y aldeas. Destaca la creación del Teatro del Pueblo que dirigió Alejandro Casona, «que recorría el mapa rural de la Península llevando los gozos del arte a los más apartados rincones campesinos».
Grupos de estudiantes embarcados en excursiones sobre unas camionetas, sin propósito cultista alguno, sino con ánimo de hacer gozar a los públicos aldeanos del placer del teatro, representaban a Juan de la Encina, Lope de Vega, el Cervantes de los «entremeses», el Calderón de las jácaras y mojigangas y, por iniciativa de Antonio Machado, una adaptación de Sancho Panza en la Ínsula, pues como dijo el poeta, «los juicios de Sancho, además de malicia y donaire, tienen ese sentido natural de la justicia inseparable de la conciencia popular».
Al teatro de las Misiones le acompañaban conciertos del coro creado por las Misiones, que producían un gran impacto en personas con gran tradición musical oral, pero que nunca habían oído aquellas canciones populares interpretadas por una agrupación vocal.
Pedro Salinas encargó a Rafael Dieste la creación de un Teatro de Guiñol para las Misiones, que tomaría el nombre de «Teatro de Fantoches ». Las farsas escritas por Rafael Dieste para el teatro de guiñol pretendían «avivar la veta de las maravillas en la imaginación popular, al mismo tiempo que la pristinidad de su ética profunda». El Teatro de Fantoches se constituyó en el vínculo más cordial y directo entre el pueblo y los misioneros de la República.
La aparición de un arte nuevo, llamado el séptimo arte, era aún más desconocida para la sociedad española de los primeros años 30. Las Misiones Pedagógicas quisieron también ofrecer el cinematógrafo a los habitantes más aislados del país. No tengo que explicarles la sorpresa, la impresión y la emoción que provocaría en las más alejadas poblaciones la llegada de las Misiones con el camión que transportaba el proyector, el equipo eléctrico y la pantalla. Cuánta zozobra, cuánta ilusión, cuánta alegría en los rostros al contemplar el movimiento de personas, trenes, automóviles, el mar proyectados sobre la pared de la plaza pública.
El alma del Servicio de Cinematografía y Proyecciones fijas de las Misiones había de ser José Val del Omar, que en un trabajo frenético combinaba su papel de operador, proyeccionista y fotógrafo. Pues además de responsable de las proyecciones en pueblos y aldeas realizó nueve documentales en 16 mm sobre las Misiones Pedagógicas y más de nueve mil fotografías.
Si las proyecciones cinematográficas tuvieron el efecto de despertar una nueva conciencia sobre la realidad para los miles de espectadores que contemplaban por primera vez las secuencias de un film, fueron también una escuela de aprendizaje para muchos técnicos y artistas que habrían de dedicar sus esfuerzos al cine. Así lo atestiguan muchos, como Cecilio Paniagua:
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