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Letra Internacional

Las Misiones Pedagógicas y La Barraca. La cultura en la II República

por Alfonso Guerra

Letra Internacional nº 100, Otoño 2008

La II República española ha sido llamada «República de intelectuales » y «República de profesores», porque la concepción del proyecto republicano partía de considerar a la cultura como parte integrante de la justicia social. El preámbulo del decreto del ministro Marcelino Domingo llegaba a decir: «La República redimirá a España por la creación de escuelas»; estamos ante una visión utópica de la función de la educación, ante una exaltación de los valores de la cultura.

La fuente de donde emergía esta vocación de cultura en la República está en la Institución Libre de Enseñanza que creara Francisco Giner de los Ríos en 1876 y cuyo hombre de mayor colaboración con el fundador, Manuel Bartolomé Cossío, será pieza esencial en la política cultural de la II República.

La creativa aplicación del krausismo y las quejas por los males de la patria y las consecuentes propuestas de los regeneracionistas forjaron un proyecto universal en España que atendía a la solución de la escuela y la despensa, la cultura y el bienestar.

Se encontraron en aquella encrucijada histórica dos movimientos simultáneos, la naciente organización de los trabajadores y el pensamiento de los institucionistas. Manuel Bartolomé Cossío declararía en julio de 1931 al periódico El Sol : «Este momento maravilloso de España no es fruto de unos días. Es la obra de cincuenta años. Lo que cayó, cayó como una fruta madura por un proceso lento y evolutivo. Ese proceso lo determinaron dos fuerzas: la fuerza de aquella disciplina austera e inteligente que impuso a la masa obrera Pablo Iglesias, y la fuerza tenaz de cultura y afinamiento intelectual que emanaba de aquí, de esta casa [la Institución Libre de Enseñanza]. Sería insincero no decirlo».

La República, definida en el artículo 1º de la Constitución como «república democrática de trabajadores de toda clase, que se organiza en régimen de libertad y justicia», era para sus principales protagonistas un gran proyecto cultural, que comprendía tanto la concepción elitista de Ortega como la pasión irreverente de los Ateneos Libertarios, con la gigantesca y sorprendente aportación de las Misiones Pedagógicas y la genialidad de Federico García Lorca al poner al alcance del pueblo llano las obras clásicas del teatro español en su Barraca.

Todo este grandioso proyecto cultural se apoyaba, como opina Tuñón de Lara, en dos principios irrenunciables: «1º, el derecho por igual a acceder a los bienes de la cultura; 2º, la importancia determinante de los valores culturales para construir una alternativa de sociedad capaz de resolver la crisis española».

Aunque las Misiones Pedagógicas tuviesen su origen en ideas de finales del siglo XIX , fue con la llegada de la República cuando alcanzarán por vez primera su manifestación práctica. Manuel Bartolomé Cossío se encontraba en Suiza cuando se proclamó la República. Muy pronto regresará, pues quiere ver y vivir los nuevos hechos. En la Estación del Norte le espera Diego Barnés, quien le mostrará allí mismo el borrador del Decreto de creación de las Misiones Pedagógicas. En él figura como presidente Cossío. Dará su conformidad de inmediato. Desde aquel momento «no dejó un sólo día de pensar en las Misiones» (Luis Santullano). De Manuel Bartolomé Cossío hizo Juan Ramón Jiménez un retrato que acude aquí en nuestra ayuda para comprender su labor en las Misiones: «Pocos hombres me han parecido tan paisaje (…), hablando de él, un jardín se mueve al viento, la tierra olea bajo nosotros como un mar sólido y somos todos marineros del entusiasmo».

En el Decreto de creación de las Misiones se decía que se trataba de llevar a las gentes «con preferencia a los que habitan en las localidades rurales, el aliento del progreso y los medios de participar en él, en sus estímulos morales y en los ejemplos de avance universal, de modo que los pueblos todos de España, aun los apartados, participen en las ventajas y goces nobles reservados hoy a los centros urbanos».

Trataban, pues, de llevar los placeres del espíritu y los progresos de la modernidad a los lugares más alejados de tal disfrute. Lo hacían, además, motivados por la conveniencia de que así fuera para el avance de España, pero también como un acto de justicia. El presidente del Patronato, Cossío, lo expresará con nitidez:

«Las Misiones Pedagógicas que, sin equívoco, hubiera sido, tal vez, más acertado llamar misiones a los pueblos o aldeanas, no se han originado abstractamente, sino ante el hecho doloroso e innegable del abismo que en la vida espiritual, más aún que en la económica, existe en nuestro país entre la ciudad y la aldea. Ciudadanos son todos [los españoles de la misma nación] y con idénticos derechos, pero mientras que a unos el denso ambiente de la cultura les regala a cada paso estímulos espirituales para el saber y para el goce, a los otros el aislamiento les sume en la más honda miseria de todas sus potencias. El aislamiento, ya que aislamiento privativo, cerrazón significa, la terrible palabra con que el último límite de la penuria espiritual se expresa. Si la sociedad busca afanosa, y como su más urgente problema, medios para disminuir, al menos, el abismo que en ella existe en cuanto al disfrute de la riqueza, y esto se pide como obra de justicia, no hay motivos para que por justicia social igualmente no se exija que llegue a los últimos rincones de las chozas, allí donde la oscuridad tiene su asiento, una ráfaga siquiera de las abundantes luces espirituales de que tan fácil y cómodamente disfrutan las urbes. Por esto, como obra de justicia social han de fundamentarse las Misiones. Y cuando el aislamiento desapareciese, perderían la justificación de su existencia».

Para cumplir con los objetivos expuestos por Cossío, las Misiones Pedagógicas crearon un conjunto de equipos encargados de las variadas actividades que creían necesarias para la difusión cultural pretendida. El servicio de Biblioteca probablemente será el más importante.

A la llegada de la República, España era un país sin bibliotecas. Para dar una respuesta a esta lamentable realidad los gobiernos de la República crearán dos tipos: las municipales y las de las Misiones Pedagógicas. Las primeras se organizaban a petición de cualquier municipio. Eran pequeñas bibliotecas de unos quinientos títulos, que tuvieron un altísimo grado de utilización.

En cuanto a las Misiones Pedagógicas, gastaron el 60% de sus reservas en la creación de bibliotecas allí donde nunca había llegado el libro. Y ello porque en contrario a las otras actividades de las Misiones, las bibliotecas no tenían sólo vida durante la visita de las Misiones, sino que permanecían. Cada biblioteca estaba compuesta por cien libros cuidadosamente elegidos por María Moliner, su hermana Matilde, Luis Cernuda y otros colaboradores.

La biblioteca de cien volúmenes estaba acompañada por papel para forrar los libros, fichas para los préstamos y marcapáginas con instrucciones sobre el cuidado de los libros. El maestro del lugar que recibía la colección podía aumentarla con la petición de diez títulos elegidos a su buen juicio.

La biblioteca se complementaba con un gramófono y una colección de discos (Bach, Stravinski, Händel, Mozart, Beethoven, Schubert, Mendelssohn, Chopin, Liszt, Wagner, Rossini, Brahms, Debussy, Falla, Albéniz, lírica tradicional de diversas regiones, entre otros). En cuanto a los libros seleccionados para la infancia, los clásicos de Perrault, Grimm, Andersen, Hoffmann, Las mil y una noches , versiones extractadas de Homero y Dante, y las novelas de Verne, Kipling, Swift y biografías. Para los adultos Cervantes, Quevedo, Dickens, Tolstói, Hugo, Remarque, Wells, Galdós, Valera, Pérez de Ayala, Bécquer, Machado y Juan Ramón, y las obras de divulgación científica.

Las Misiones crearon en el poco tiempo que se les concedió 5.522 bibliotecas. Consideren la importancia en una sociedad en la que los analfabetos eran casi la mitad de la población, aún más en los lugares apartados a donde llevaron sus tesoros literarios. ¡Cuántos aldeanos rozaron con sus dedos hechos al trabajo duro el lomo de un libro por vez primera en su existencia!

Los que conocían el valor educativo que Manuel Bartolomé Cossío atribuía a la contemplación estética no se vieron sorprendidos por la idea de crear un museo ambulante que acercase las obras del arte universal a aquellos que nunca habían contemplado un cuadro, que casi con seguridad no conocían la existencia de un Velázquez. Como diría el propio Cossío, el llamado Museo del Pueblo va dirigido a:

«Todas aquellas gentes humildes, que viven en las aldeas más apartadas, que no han salido de ellas o han salido sólo a las cabezas de partido, donde no hay museos; que si han visto alguna estampa, no han visto nunca verdaderos cuadros, no conocen ninguna pintura de los grandes artistas. Quisieron las Misiones poder llevar este museo a las aldeas más pobres, más lejanas y escondidas, como hasta ahora vienen haciendo con las demás cosas, porque para esos pueblos son principalmente las Misiones, para los desheredados».

Cossío, con la cooperación de Pedro Salinas —miembro del Patronato—, convocó un concurso para lograr unas buenas copias, a tamaño natural, de los cuadros principales del Museo del Prado. Salinas impulsó a presentar obras a unos buenos pintores jóvenes, Ramón Gaya, Juan Bonafé y Eduardo Vicente, que realizaron unas magníficas copias de las obras elegidas por Cossío: Los fusilamientos de la Moncloa de Goya, La Resurrección del Greco y el Auto de fe de Berruguete.

Los resultados impresionaron a Cossío y a Salinas. A la vista de la vitalidad y la emoción que transmiten, se ampliaron las copias a otros autores: Sánchez Coello, Ribera, Zurbarán, Murillo y dos cuadros fundamentales de la pintura española, Las Meninas y Las hilanderas de Velázquez, hasta lograr dos colecciones de catorce cuadros cada una, además de los Caprichos , Desastres de la guerra y Disparates de Goya.

Terminadas las obras había que hallar a las personas que encarnasen la tarea de misioneros, lo que no resultaba fácil dado el carácter no profesional que se requería, como la «especial disposición, sinceramente fraternal, para comunicarse con el pueblo». Los más entusiastas colaboradores con el museo ambulante serían el propio pintor Ramón Gaya, Antonio Sánchez Barbudo, Rafael Dieste, Luis Cernuda y María Zambrano.

La exposición se acompañaba con dos charlas, una de carácter histórico y otra sobre la técnica y cualidades pictóricas de los cuadros expuestos. También pusieron en marcha las llamadas «charlas ilustradas» acerca de textos literarios: El Quijote , El conde Lucanor , en los que Sánchez Barbudo explicaba los textos y Ramón Gaya al compás los ilustraba con dibujos en grandes pliegos de papel pegados en las paredes de la plaza del pueblo. «El público seguía las charlas con un interés extraordinario y finalizadas, disputaban para conservar los dibujos de carbón.»

La acogida del Museo en los pueblos era entusiasta y, por los comentarios de los visitantes, puede asegurarse que aquellas muestras dejaban una huella imperecedera en los aldeanos. Ramón Gaya confesó que muchos en Madrid les preguntaban: «¿Pero eso sirve para algo? Yo no quise nunca contestar a esa pregunta porque inutilizaba toda la idea de Cossío. Cossío no quería que sirviese para nada concreto, sólo quería que existiera, quería regalar eso de una manera desinteresada».

Manuel Bartolomé Cossío, siempre claro, lo expresó con sencillez y profundidad: «He tenido muchos enemigos en este proyecto y no querría que se desvirtuara mi idea de llevar estos tesoros que tenemos, que los españoles tenemos. Quiero enseñárselos a las gentes que no los han visto nunca, porque también son suyos, pero en absoluto quiero darles ninguna lección, sólo quiero que sepan que existen y que, aunque estén encerrados en el Prado, son también suyos. Eso es lo que quiero». Verdaderamente en las fotografías que se conservan puede observarse la sorpresa, la emoción y el placer en los rostros que contemplan unas obras inmortales pero de las que ellos ni siquiera conocían la existencia.

Los entusiastas de las Misiones habían de emprender otras iniciativas para llevar la cultura a pueblos y aldeas. Destaca la creación del Teatro del Pueblo que dirigió Alejandro Casona, «que recorría el mapa rural de la Península llevando los gozos del arte a los más apartados rincones campesinos».

Grupos de estudiantes embarcados en excursiones sobre unas camionetas, sin propósito cultista alguno, sino con ánimo de hacer gozar a los públicos aldeanos del placer del teatro, representaban a Juan de la Encina, Lope de Vega, el Cervantes de los «entremeses», el Calderón de las jácaras y mojigangas y, por iniciativa de Antonio Machado, una adaptación de Sancho Panza en la Ínsula, pues como dijo el poeta, «los juicios de Sancho, además de malicia y donaire, tienen ese sentido natural de la justicia inseparable de la conciencia popular».

Al teatro de las Misiones le acompañaban conciertos del coro creado por las Misiones, que producían un gran impacto en personas con gran tradición musical oral, pero que nunca habían oído aquellas canciones populares interpretadas por una agrupación vocal.

Pedro Salinas encargó a Rafael Dieste la creación de un Teatro de Guiñol para las Misiones, que tomaría el nombre de «Teatro de Fantoches ». Las farsas escritas por Rafael Dieste para el teatro de guiñol pretendían «avivar la veta de las maravillas en la imaginación popular, al mismo tiempo que la pristinidad de su ética profunda». El Teatro de Fantoches se constituyó en el vínculo más cordial y directo entre el pueblo y los misioneros de la República.

La aparición de un arte nuevo, llamado el séptimo arte, era aún más desconocida para la sociedad española de los primeros años 30. Las Misiones Pedagógicas quisieron también ofrecer el cinematógrafo a los habitantes más aislados del país. No tengo que explicarles la sorpresa, la impresión y la emoción que provocaría en las más alejadas poblaciones la llegada de las Misiones con el camión que transportaba el proyector, el equipo eléctrico y la pantalla. Cuánta zozobra, cuánta ilusión, cuánta alegría en los rostros al contemplar el movimiento de personas, trenes, automóviles, el mar proyectados sobre la pared de la plaza pública.

El alma del Servicio de Cinematografía y Proyecciones fijas de las Misiones había de ser José Val del Omar, que en un trabajo frenético combinaba su papel de operador, proyeccionista y fotógrafo. Pues además de responsable de las proyecciones en pueblos y aldeas realizó nueve documentales en 16 mm sobre las Misiones Pedagógicas y más de nueve mil fotografías.

Si las proyecciones cinematográficas tuvieron el efecto de despertar una nueva conciencia sobre la realidad para los miles de espectadores que contemplaban por primera vez las secuencias de un film, fueron también una escuela de aprendizaje para muchos técnicos y artistas que habrían de dedicar sus esfuerzos al cine. Así lo atestiguan muchos, como Cecilio Paniagua:

«El salto al cine fue interesante. Me vino sin proponérmelo. Entonces desarrollaban una gran labor las Misiones Pedagógicas, en las que llevaban la parte cinematográfica Gonzalo Menéndez-Pidal y José Val del Omar. También estaba Rafael Gil. En estas Misiones debuté en el cine. Fue en una Semana Santa por Lorca, Totana, Cartagena y Murcia. Rodé en 16mm, como todos los films que se hicieron para las Misiones. Aún recuerdo aquella afición que nos animaba a todos, tan desinteresada. Todos éramos amateurs . Nadie cobraba nada. Había un espíritu muy bello e idealista, y sentíamos un gran placer en colaborar en una labor en la que creíamos firmemente».

Los misioneros del Cine, Val de Omar, Gonzalo Menéndez-Pidal y Cecilio Paniagua, además de descubrir el cine a los habitantes de pueblos y aldeas, a un público ávido de conocer, captaban con sus cámaras de cine y fotografía a las gentes que componían el público entusiasta, sus paisajes, su realidad cotidiana. Una colección documental que aún hoy nos emociona contemplar. En los rostros de los campesinos se ven la inocencia y la sabiduría popular forjadas en cientos de años de lucha por sobrevivir.

Rafael Dieste reflexionó tanto sobre los efectos de las Misiones en los destinatarios de aquella obra cultural, como sobre los propios misioneros: «Como resumen sustancial cabe observar dos cosas: una, que las Misiones fueron siempre fraternalmente recibidas por los pueblos en que tuvieron lugar; y otra, que el hecho de colaborar con las Misiones, o de pertenecer a sus equipos, imprimiría carácter».

Las Misiones otorgaban una función salvífica a la cultura. Lo expresó con nitidez Enrique Azcoaga: «lo que los misioneros aprendimos —cosa más importante de lo que parece— es que la cultura salva a los que la siembran de una manera humana y viva».

La extraordinaria labor de las Misiones tuvo, sin embargo, sus críticas. Además de la conocida oposición áspera y descalificadora de las derechas, hubo también algunas opiniones contrarias desde posiciones progresistas. Para algunos, la tarea de las Misiones estaba esterilizada por ocuparse prevalentemente de la escuela y poco de la despensa. No consideraban prioritario el esfuerzo cultural donde faltaban los elementales recursos para la subsistencia.

Un historiador como Tuñón de Lara llega a decir que: «el [misionero] que llegaba al pueblo con el gramófono, el proyector cinematográfico, la biblioteca y las más de las veces con el teatrillo y coro (hubo también el museo ambulante), no respondía a la idea misional de integrarse en el pueblo de misión, sino a la de aportar, en forzosa momentaneidad, elementos de cultura. Esa misión, sin transformar las estructuras agrarias de un país, era como plantar árboles por la copa».

El propio Tuñón parece contradecir su opinión cuando de seguido afirma que «no cabe, empero, infravalorar aquellos esfuerzos».

Hay que hacer justicia a la extraordinaria actividad pedagógica, cuyo objetivo era liberar a la España rural del caciquismo y del oscurantismo que había hecho permanecer al pueblo en la ignorancia. El propio nombre elegido de Misiones suponía una intención liberadora; se trata de dotar al misionero de una función laica no ligada al control de las conciencias que había ejercido la Iglesia en la educación.

Estas líneas no son tanto una exposición de lo que alcanzaron a ser las Misiones Pedagógicas cuanto un homenaje a los protagonistas de aquella magnifica actuación. No puedo apartar de mi mente a aquel pueblo campesino que al proclamarse la República, asombrado ante la modernidad que se avisaba, lleno de esperanza y de ilusión por los cambios que para su vida se adivinaban con el nacimiento de un nuevo régimen, pueblo sin conocimiento cultural pero también portador de unas profundas tradiciones. Tampoco puedo ni quiero olvidar a aquella generación republicana de jóvenes que emprendieron una alegre travesía por los pueblos de España, llevando la prédica de la cultura, del amor y de una convivencia y libertad en la que ponían toda su fe y bondad.

Pronto habían de compartir la intención de acercar el arte teatral dos compañías, la de las Misiones Pedagógicas, que como se infiere de su nombre tenía una función didáctica, y La Barraca, con una orientación estrictamente artística. Ambas instituciones, Misiones Pedagógicas y La Barraca, fruto de la Institución Libre de Enseñanza, de su pensamiento y sus hombres.

La Barraca fue una obra de la República, pero con un creador muy personal: Federico García Lorca. Tal como contó Marcelle Auclair, el nacimiento de La Barraca se produjo el 2 de noviembre de 1931, cuando Federico llegó a la casa de sus amigos, el matrimonio Morla, dispuesto a salvar el teatro español. Federico les expresó su argumentario: para salvar el teatro español es preciso, lo primero, encontrar un público para él. El público existe: es el pueblo. A él le representaremos obras de Cervantes, Lope, Calderón, de los clásicos. El teatro se llamará La Barraca y será un teatro que podamos montar y desmontar en poco tiempo, irá por los campos, por los caminos del mundo, porque el público está en cualquier camino. Y si es verdad que se hace camino al andar (Federico sabía de memoria los poemas de Machado) nosotros vamos a hacer al público en los caminos, montaremos el tablado aun en los pueblos más humildes, y sabrá mantener la tradición de los viejos comediantes ambulantes.

Desde el primer instante Federico contó con Eduardo Ugarte. Y cuando le preguntaron de dónde sacaría los fondos para llevar a cabo ese hermoso sueño, contestó: ¡Bah!, eso es una cuestión de detalle. Lo importante era poner en marcha el carromato de los actores para llevar el teatro clásico a los que están ayunos de poesía y espectáculo.

Todo fue conseguir un camión para trasladar los decorados y las cestas del vestuario, construir un tablado de seis por ocho metros, montarlo en las plazas de los pueblos, buscar las conexiones eléctricas si las había, pintar y colgar los decorados, ensayar los actores bajo la estimulante dirección de Federico. Así lograron un teatro que cambió el rumbo del teatro en España.

Vestidos todos con un uniforme de obrero, el mono, con el escudo en el pecho, diseñado por Benjamín Palencia, representando una rueda y una carátula: el teatro ambulante, se lanzaron a recorrer los caminos de España llevando la voz, la sensibilidad y la capacidad creativa de Federico y su troupe teatral.

Federico dirigía, moviendo con gracia a los personajes, con canciones que nadie sabía de dónde las sacaba, imponiendo una movilidad de escena perfecta que hacía que el público prorrumpiese en incontenibles aplausos. Como testimonia el barraco Luis Sáenz de la Calzada, «nadie podía saber en qué resortes mentales, en qué mecanismos del sistema nervioso se encuentra como agazapada la cualidad plástico-teatral que en Federico alcanzó tan altas cúspides».

Las obras que prepararon y llevaron por pueblos y ciudades fueron: de Cervantes, La cueva de Salamanca, La guarda cuidadosa, Los habladores y El retablo de las maravillas ; de Calderón, el auto sacramental de La vida es sueño ; de Tirso de Molina, El burlador de Sevilla ; de Lope de Vega, Fuenteovejuna, Las almenas de Toro y El caballero de Olmedo ; de Juan de la Encina, Égloga de Plácida y Victoriano ; de Lope de Rueda, Paso de la Tierra de Jauja ; de Antonio Machado, La tierra de Alvargonzález , y del Romancero , «Romance del Conde Alarcos».

Ensayaban en el auditorio de la Residencia de Estudiantes sin decorados, delante de una cortina de color marrón. Para las representaciones contaron con decorados y figurines realizados por excelentes pintores: José Caballero, Alberto Sánchez (magnífico el que hizo para Fuenteovejuna ), Santiago Ontañón, Manuel Ángeles Ortiz, y cuando no era posible contar con decorados, Federico los sustituía por el color que daban a los focos.

Los campesinos asistían a las representaciones con un gran respeto, con un silencio religioso, y en los momentos cumbres aplaudían, irrefrenables. A veces se oían murmullos y ohes por el choque de lo que se decía en la escena con las pudorosas costumbres de la época, como cuando Laurencia en Fuenteovejuna gritaba:

Vive Dios que he de trazar

que sólo mujeres cobren

la honra de estos tiranos

la sangre de estos traidores

y que os han de tirar piedras

hilanderas, maricones,

amujerados, cobardes…

Desde el público llegaba nítido al escenario un ¡Uuuuuhhh!, no sabemos si de sorpresa o de condenación; el caso es que, en la época a que me refiero, 1933, una mujer no decía «maricón» ni aunque la asparan; tampoco hablaba el llamado sexo débil tan mal —o tan bien, que no puedo emitir juicios de valor— como ahora, de manera que yo pienso que era la sorpresa de la gente la que tenía la culpa del ¡Uuuuhhh! cuando Laurencia, con todas las potencias de sus registros vocales y consonantes, soltaba lo de «maricones». Cuando acababa su recitado la gente aplaudía a rabiar, teniéndose siempre que interrumpir la escena; los actores quedaban como estatuas —era la consigna— y, cuando los aplausos decrecían, volvían a la vida. Lo cuenta Sáenz de la Calzada.

Si hoy todo aquello está olvidado, en su momento representó el más noble intento de reconocer la dignidad de un pueblo que ignoraba mucho pero que también sabía mucho. Con objeto de criticar su generosa obra se les decía: «Más ciencia es más dolor». Más ciencia es más dolor, pero también más poder, y era a esto a lo que temían las fuerzas conservadoras, que el pueblo pudiera, por su nueva formación, compartir el poder.

Si el polvo del olvido va cayendo sobre aquellos pioneros de la cultura, voluntarios para elevar el grado de conciencia colectiva de un pueblo largamente abandonado, recuerdos como éste quieren convertirse en reparación de la grandeza y dignidad de aquellos hombres. No podemos explicar cómo de la adaptación del pensamiento krausista a la realidad española pudo brotar una de las cúspides más altas de la cultura en el mundo. Pero así fue durante la Segunda República en España.

Fragmentos de la conferencia «La política cultural de la II República» .

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