La II República española ha sido llamada «República de intelectuales » y «República de profesores», porque la concepción del proyecto republicano partía de considerar a la cultura como parte integrante de la justicia social. El preámbulo del decreto del ministro Marcelino Domingo llegaba a decir: «La República redimirá a España por la creación de escuelas»; estamos ante una visión utópica de la función de la educación, ante una exaltación de los valores de la cultura.
La fuente de donde emergía esta vocación de cultura en la República está en la Institución Libre de Enseñanza que creara Francisco Giner de los Ríos en 1876 y cuyo hombre de mayor colaboración con el fundador, Manuel Bartolomé Cossío, será pieza esencial en la política cultural de la II República.
La creativa aplicación del krausismo y las quejas por los males de la patria y las consecuentes propuestas de los regeneracionistas forjaron un proyecto universal en España que atendía a la solución de la escuela y la despensa, la cultura y el bienestar.
Se encontraron en aquella encrucijada histórica dos movimientos simultáneos, la naciente organización de los trabajadores y el pensamiento de los institucionistas. Manuel Bartolomé Cossío declararía en julio de 1931 al periódico El Sol : «Este momento maravilloso de España no es fruto de unos días. Es la obra de cincuenta años. Lo que cayó, cayó como una fruta madura por un proceso lento y evolutivo. Ese proceso lo determinaron dos fuerzas: la fuerza de aquella disciplina austera e inteligente que impuso a la masa obrera Pablo Iglesias, y la fuerza tenaz de cultura y afinamiento intelectual que emanaba de aquí, de esta casa [la Institución Libre de Enseñanza]. Sería insincero no decirlo».
La República, definida en el artículo 1º de la Constitución como «república democrática de trabajadores de toda clase, que se organiza en régimen de libertad y justicia», era para sus principales protagonistas un gran proyecto cultural, que comprendía tanto la concepción elitista de Ortega como la pasión irreverente de los Ateneos Libertarios, con la gigantesca y sorprendente aportación de las Misiones Pedagógicas y la genialidad de Federico García Lorca al poner al alcance del pueblo llano las obras clásicas del teatro español en su Barraca.
Todo este grandioso proyecto cultural se apoyaba, como opina Tuñón de Lara, en dos principios irrenunciables: «1º, el derecho por igual a acceder a los bienes de la cultura; 2º, la importancia determinante de los valores culturales para construir una alternativa de sociedad capaz de resolver la crisis española».
Aunque las Misiones Pedagógicas tuviesen su origen en ideas de finales del siglo XIX , fue con la llegada de la República cuando alcanzarán por vez primera su manifestación práctica. Manuel Bartolomé Cossío se encontraba en Suiza cuando se proclamó la República. Muy pronto regresará, pues quiere ver y vivir los nuevos hechos. En la Estación del Norte le espera Diego Barnés, quien le mostrará allí mismo el borrador del Decreto de creación de las Misiones Pedagógicas. En él figura como presidente Cossío. Dará su conformidad de inmediato. Desde aquel momento «no dejó un sólo día de pensar en las Misiones» (Luis Santullano). De Manuel Bartolomé Cossío hizo Juan Ramón Jiménez un retrato que acude aquí en nuestra ayuda para comprender su labor en las Misiones: «Pocos hombres me han parecido tan paisaje (...), hablando de él, un jardín se mueve al viento, la tierra olea bajo nosotros como un mar sólido y somos todos marineros del entusiasmo».
En el Decreto de creación de las Misiones se decía que se trataba de llevar a las gentes «con preferencia a los que habitan en las localidades rurales, el aliento del progreso y los medios de participar en él, en sus estímulos morales y en los ejemplos de avance universal, de modo que los pueblos todos de España, aun los apartados, participen en las ventajas y goces nobles reservados hoy a los centros urbanos».
Trataban, pues, de llevar los placeres del espíritu y los progresos de la modernidad a los lugares más alejados de tal disfrute. Lo hacían, además, motivados por la conveniencia de que así fuera para el avance de España, pero también como un acto de justicia. El presidente del Patronato, Cossío, lo expresará con nitidez:
«Las Misiones Pedagógicas que, sin equívoco, hubiera sido, tal vez, más acertado llamar misiones a los pueblos o aldeanas, no se han originado abstractamente, sino ante el hecho doloroso e innegable del abismo que en la vida espiritual, más aún que en la económica, existe en nuestro país entre la ciudad y la aldea. Ciudadanos son todos [los españoles de la misma nación] y con idénticos derechos, pero mientras que a unos el denso ambiente de la cultura les regala a cada paso estímulos espirituales para el saber y para el goce, a los otros el aislamiento les sume en la más honda miseria de todas sus potencias. El aislamiento, ya que aislamiento privativo, cerrazón significa, la terrible palabra con que el último límite de la penuria espiritual se expresa. Si la sociedad busca afanosa, y como su más urgente problema, medios para disminuir, al menos, el abismo que en ella existe en cuanto al disfrute de la riqueza, y esto se pide como obra de justicia, no hay motivos para que por justicia social igualmente no se exija que llegue a los últimos rincones de las chozas, allí donde la oscuridad tiene su asiento, una ráfaga siquiera de las abundantes luces espirituales de que tan fácil y cómodamente disfrutan las urbes. Por esto, como obra de justicia social han de fundamentarse las Misiones. Y cuando el aislamiento desapareciese, perderían la justificación de su existencia».
Para cumplir con los objetivos expuestos por Cossío, las Misiones Pedagógicas crearon un conjunto de equipos encargados de las variadas actividades que creían necesarias para la difusión cultural pretendida. El servicio de Biblioteca probablemente será el más importante.
A la llegada de la República, España era un país sin bibliotecas. Para dar una respuesta a esta lamentable realidad los gobiernos de la República crearán dos tipos: las municipales y las de las Misiones Pedagógicas. Las primeras se organizaban a petición de cualquier municipio. Eran pequeñas bibliotecas de unos quinientos títulos, que tuvieron un altísimo grado de utilización.
En cuanto a las Misiones Pedagógicas, gastaron el 60% de sus reservas en la creación de bibliotecas allí donde nunca había llegado el libro. Y ello porque en contrario a las otras actividades de las Misiones, las bibliotecas no tenían sólo vida durante la visita de las Misiones, sino que permanecían. Cada biblioteca estaba compuesta por cien libros cuidadosamente elegidos por María Moliner, su hermana Matilde, Luis Cernuda y otros colaboradores.
La biblioteca de cien volúmenes estaba acompañada por papel para forrar los libros, fichas para los préstamos y marcapáginas con instrucciones sobre el cuidado de los libros. El maestro del lugar que recibía la colección podía aumentarla con la petición de diez títulos elegidos a su buen juicio.
La biblioteca se complementaba con un gramófono y una colección de discos (Bach, Stravinski, Händel, Mozart, Beethoven, Schubert, Mendelssohn, Chopin, Liszt, Wagner, Rossini, Brahms, Debussy, Falla, Albéniz, lírica tradicional de diversas regiones, entre otros). En cuanto a los libros seleccionados para la infancia, los clásicos de Perrault, Grimm, Andersen, Hoffmann, Las mil y una noches , versiones extractadas de Homero y Dante, y las novelas de Verne, Kipling, Swift y biografías. Para los adultos Cervantes, Quevedo, Dickens, Tolstói, Hugo, Remarque, Wells, Galdós, Valera, Pérez de Ayala, Bécquer, Machado y Juan Ramón, y las obras de divulgación científica.