La exposición reserva, desde luego, un espacio especial para el grupo de dibujos correspondientes al viaje a Italia, que marca el punto medio del recorrido. Distingue otras dos grandes secciones, una que reúne paisajes anteriores a aquel viaje, otra que completa el itinerario con los dibujos realizados en las décadas posteriores a la estancia en Italia. Pero, a su vez, esos dos conjuntos que flanquean el capítulo de los paisajes italianos están articulados en tres capítulos cada uno, de modo que sobre el orden cronológico se dispone otro temático, que despliega los diversos registros del Goethe paisajista: desde la temprana adhesión a la naturaleza del entorno más cercano, a sus vistas de alta montaña; de sus paisajes nocturnos, que cultivó especialmente en la década de 1770, a las representaciones de nubes que dominan su obra en torno a 1820; de su interés geomántico por el paisaje en la primera década del siglo XIX al capítulo final, «El paisaje como poema», en el que aflora el Goethe que entendió la composición paisajista como correlato e incluso ilustración de la composición poética. Se reproduce así el itinerario que da cuenta del paisajismo goetheano como guía de una escuela de la visión verdaderamente proverbial, en la que encontramos hallazgos tan sobresalientes como el álbum
Veintidós dibujos de 1810 , que reunió en 1821 y dejó como su testamento artístico. La vista del
Jardín de Schiller en Jena , dibujada en abril de 1810, cinco años después de la muerte de su amigo, es uno de los testimonios más emotivos. El dibujo de aquel lugar, que fue espacio del trabajo en común, nos devuelve al escenario de las indagaciones para la
Teoría de los colores y al paisaje como encarnación de la memoria autobiográfica. Después de 1820, en la última década de su vida, el ejercicio del dibujo y el arte del paisaje se convirtieron para él más en motivo de reflexión que en ocupación efectiva. Pero no dejó de reconocer por entonces la deuda que su obra tenía con el primado de lo visual, a cuyo cultivo sin duda habían contribuido decididamente la observación y el dibujo del paisaje. Así lo decía en las conversaciones con Eckermann en 1825: «La objetividad de mi poesía la debo en gran parte a la gran atención que obtuve ejercitando mis ojos y no puedo sino encomiar el conocimiento del mundo que pudo obtenerse de esta manera»
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