El proyecto de Telefónica, del que se muestra aquí una pequeña parte
[ 4 ] , fue un plan de documentación industrial único en España: más de siete mil fotografías realizadas por este grupo de autores generó un cuerpo documental coherente y estilísticamente compacto. Su lenguaje fue posiblemente pactado, ya que se mantienen constantes en las miles de impresiones en cuestiones tan afinadas como el formato, angulación, tipo de lente o encuadre. Como resultado del trabajo queda un nuevo dibujo del paisaje natural y urbano, transformado por la implantación masiva de postes y líneas. También está presente la aparición de un nuevo modelo de empresa y de sus relaciones con los trabajadores. Quedan documentados todos los ámbitos de la compañía: la forma de trabajar, las áreas de descanso, los programas de formación y entrenamiento de los empleados. Este sistema, desconocido hasta esos momentos en España, quedó registrado de manera metódica. Los comienzos de la compañía tienen estrecha relación con algunos de los acontecimientos de la historia de España, desde su fundación durante la Dictadura de Primo de Rivera hasta las tiranteces con la República y el gobierno de Azaña. Estos problemas afectarán a la continuación del proyecto documental. Las fotografías, que hasta el año 1934 habían cumplido funciones de comunicación y visualización del proyecto, explicando el modelo industrial como instrumento de desarrollo y transformación de la sociedad, dejaron de cumplir esa función fundamental y se convirtieron en un material de uso interno. El conjunto del archivo muestra una sistematización, repetición y seriación de las imágenes. Recursos narrativos y conceptuales hasta ese momento muy desconocidos en nuestro país y que no se han repetido hasta fechas muy recientes. Marín fue el que documentó de manera más amplia la expansión de la Compañía Telefónica en sus comienzos. Del total de las piezas que fueron recuperadas para la Fundación Telefónica, ejecutó más de un tercio. Suyas son las fotografías que incorporan lugares desconocidos a nuestro paisaje.
Páramos y carreteras polvorientas o embarradas, barrios, que hoy pocos reconocen, de ciudades y pueblos que recibieron el teléfono en los años 20. Fotografías magistrales en las que casi siempre aparecen personajes que se asombran al ver al fotógrafo. El plan de ingeniería de la International Telephone & Telegraph (itt), que incluía la necesidad de documentar cada una de las acciones que requería el establecimiento de la moderna telefonía en España, facilitó la relación de Marín con la CTNE , que se ha prolongado, hasta hoy, con la restauración de su archivo llevada a cabo por Fundación Telefónica.
LOS AÑOS TREINTA Y LA GUERRA CIVIL
A comienzos de los años 30, Marín sigue fotografiando los temas que ya trataba en sus comienzos de 1908, como los diversos aspectos de la sociedad en los veraneos, carnavales, batallas florales, concursos de belleza, caninos, inauguraciones, demostraciones aeronáuticas, carreras de motos y coches, hípica, toros o retratos de actores, actrices, escritores, científicos y políticos, entre otros. Pero existe una cierta evolución al mostrar mayor interés en la exploración de la escena política, posiblemente porque la demanda de las revistas ilustradas así lo definía. Cuando llega julio de 1936 Marín está en Madrid, como de costumbre, fotografiando asuntos parecidos a los de veranos anteriores; véase el banquete homenaje a Eduardo Ortega y Gasset del día 9 de julio con motivo de la bomba puesta en su casa, o las placas de dos días más tarde, con los aviadores filipinos llegados a Madrid como protagonistas. Pero nada más iniciada la contienda abandona su temática habitual y se concentra en la iconografía de la confrontación; aparcando su cámara de gran formato y comenzando a trabajar con una Leica II de 35 mm, máquina que utilizará hasta su muerte en 1944.
El concepto de heroísmo, tan querido por los estetas de la guerra, está ausente en la mirada de Marín, quien por el contrario insiste en el día a día que vivió, y lo transforma en acontecimiento noticiable. Sus imágenes se producen sin aspavientos y sin pausa en Madrid, Somosierra, Guadarrama, Buitrago de Lozoya, El Escorial, Cinco Villas, Toledo, Sigüenza, Aranjuez, Santa Olalla, Despeñaperros, Bailén, Andújar y Montoso, convirtiendo en inmortales a los desconocidos personajes que retrata. No se trata de un monumento a personas o situaciones específicas, sino un retrato colectivo de los que sin saberlo estaban llamados al silencio y al olvido.
Durante cuatro años el autor hará desfilar frente a su cámara a un sinfín de personajes sin identificar, actores fundamentales del conflicto en marcha. En años anteriores sus fotografías recogían todo el espectro de la sociedad española, desde los comunes mortales de la calle hasta los grandes personajes que marcaban el discurrir de la historia.
Tras el largo esfuerzo por ambas partes para acabar enfrentándose en una guerra civil, los personajes conocidos se desvanecen. Marín ha dejado de compartir su tiempo con ellos. Ni reyes, ni estrellas, ni gobernantes. El mundo que nos presenta el fotógrafo ha cambiado radicalmente. El autor se mueve por espacios en los que se evidencia, como en una especie de tragicomedia macabra, la necesidad de sobrevivir. Los desconocidos figurantes, cuando están en los descansos del drama, sonríen a la cámara del mismo modo en que estaban acostumbrados a hacerlo cuando acudían al estudio para ser inmortalizados. Cuando el escenario acoge la tragedia, Marín nos presenta sus magistrales piezas en las que reinan tristeza y abandono.
A medida que la guerra avanzaba y los recursos y espíritu de la ciudad donde permanecía menguaban, su producción fotográfica también lo hizo. Así de las mil cuatrocientas diecisiete imágenes realizadas en 1936, pasó a doscientas dieciséis en 1937, noventa y cuatro en 1938, y ciento treinta en 1939. Su gigantesca producción de los años previos a la guerra se redujo. Como dato objetivo, se conoce la dificultad para obtener material fotográfico durante esos días. De hecho, el que obtiene es un material velado de muy mala calidad. Como opinión subjetiva, Marín se fue agotando él también, registrando el horror cotidiano, dentro de un Madrid muy difícil, asediado por dentro y por fuera.
Marín, que fotografió año tras año la ciudad, testimonia su destrucción durante los bombardeos a que fue sometida. Los que fueran escenarios para sus fotografías vitales y llenas de energía durante décadas, aparecen ahora derrumbados y reducidos a escombros. Fotografía la libanización (valga el anacronismo) del barrio de Argüelles, la Ciudad Universitaria y Moncloa, los destrozos en la Gran Vía y el centro de Madrid, la cuesta de Santo Domingo, Leganitos, Preciados, Ópera, Sol, la destrucción en el puente y puerta de Toledo, los barrios de Usera y Carabanchel, la Colonia Metropolitana, como una trágica continuación de su trabajo ordenado y consecuente de una década anterior, cuando fotografió el nuevo proyecto de ampliación de la Gran Vía, cómo se instalaban por todo el país las líneas telefónicas, se soterraban los cables y se levantaban los nuevos barrios de la periferia de las ciudades, transformando el país al paso de la tecnología.
El terror, el odio y la sinrazón se apropiaron de las mentes de todos. Las fotografías, día tras día, de los efectos de la bombas sobre la Escuela de Ingenieros Agrónomos, en la que estudió y trabajó, sobre el Hospital Clínico, la Facultad de Medicina, la de Filosofía y los esqueletos a los que fueron reducidos edificios y barrios enteros, se corresponden con las situaciones que Capa vivió, como indica Richard Whelan
[ 5 ] , hacia el 25 de oviembre, en su breve visita al frente de la Moncloa.