El salto cualitativo se produce con la presidencia de George W Bush, y el desembarco en la Casa Blanca y en el Pentágono de Cheney, Rumsfeld, Wolfowitz, Perle, Feith y el resto de la camarilla. La afirmación de la fuerza como recurso se traduce ya no sólo en una arrogante confianza en la posibilidad de utilizarla para rehacer el orden mundial al gusto de los valores occidentales, sino en una clara voluntad de hacerlo a la primera oportunidad.
Sadam Husein había sido elegido desde el principio como caso ejemplar para la aplicación de esta nueva visión del mundo, y los ataques del 11-S fueron sólo un pretexto para aplicar una estrategia largamente acariciada. Tras la guerra de Afganistán, que aún respondía a la lógica del periodo anterior, la decisión de invadir Irak se impuso manipulando los datos de inteligencia, mintiendo a la opinión pública y presionando, con no mucho éxito, a los países aliados. La primera consecuencia fue la ruptura del consenso que había fundamentado la gran coalición de la primera guerra del Golfo.
Cuatro años después, es bastante evidente que nada salió como los neocon habían planeado, que el futuro de Irak es muy oscuro, y que Oriente Próximo no sólo no ha evolucionado en la dirección deseada, sino que la explosiva situación de Irak ha dado un nuevo protagonismo a Irán, amenazando con un conflicto generalizado entre chiíes y suníes. La democracia no sólo no ha avanzado, sino que el gobierno libanés ha quedado contra las cuerdas por la absurda y cruel ofensiva israelí de julio de 2006. Y el conflicto entre Israel y los palestinos ha llegado a una situación insostenible.
El Departamento de Estado de Condoleezza Rice se esfuerza ahora con más o menos éxito por volver al viejo realismo en política exterior, dando un papel a la diplomacia y a la legalidad internacional, y los países aliados tratan de restañar las heridas abiertas por la invasión de Irak. El desastroso desarrollo de la posguerra ha significado que la confianza en la fuerza y su afirmación como valor se han evaporado, y los países que siguieron a Bush en su aventura buscan deslindarse de ella sin desairar a Washington.
No se trata sólo de que se haya extendido la conciencia de que la guerra de Irak fue una locura de consecuencias dramáticas. Es muy poco imaginable, además, que un político de derecha afirme ahora una voluntad abierta de participar en aventuras militares, o de emprenderlas, aunque sea dentro de la «guerra» contra el terrorismo. La cautela con que se está manejando el conflicto de Darfur, pese a las escandalosas secuelas de sufrimiento humano que le acompañan y a la fuerte presión de amplios sectores cristianos en Estados Unidos para tomar posiciones más duras frente al gobierno de Sudán, da idea de lo que ha cambiado en estos últimos cuatro años.
EL CONSENSO NEOLIBERAL
La triunfal reaparición en los años 80 de la economía ortodoxa, etiquetada como «neoliberalismo» debe entenderse en el contexto de los cambios en la economía mundial durante la década anterior. Al igual que la reafirmación de la fuerza militar con Reagan era una respuesta pendular a las humillaciones de Vietnam y de la toma de la embajada de Teherán, el retorno de la economía ortodoxa refleja la búsqueda de alternativas a la gestión económica keynesiana, ya que ésta, como es lógico, había resultado incapaz de resolver los problemas de estancamiento en una situación fuertemente inflacionaria.
Desde la perspectiva ortodoxa, los males de la economía venían de la intervención del Estado, que distorsionaba los mercados e impedía su buen funcionamiento. Frente al habitual relato keynesiano, según el cual la crisis de 1929 había demostrado la necesidad de intervención y justificado las políticas keynesianas, se ofrecía ahora la visión de Milton Friedman, no muy ajustada a los hechos, de que la crisis había alcanzado dimensiones dramáticas tan sólo por una supuesta política monetaria restrictiva de la Reserva Federal. Hubo varios factores que contribuyeron al renacimiento de las viejas ideas, rebautizadas como nuevas. El primero era, por supuesto, la acumulación de «anomalías » que surgían del intento de seguir aplicando políticas keynesianas a una situación económica inflacionaria, y por tanto «no keynesiana». El segundo era la crítica acumulativa de algunas formulaciones que se veían como representativas de las ideas keynesianas, por ejemplo, la curva de Phillips. Y es muy probable que el tercero fuera el auge del sector financiero, frente a la crisis de la industria, durante los años 70, a consecuencia de la inyección masiva de petrodólares. El sector financiero sería, a diferencia de la industria, «espontáneamente monetarista».
Pero lo más importante es que las nuevas ideas encontraron respaldo electoral, primero en el Reino Unido y luego en Estados Unidos. La explicación de este hecho reside en que lo que para los economistas eran «anomalías» para los ciudadanos eran incertidumbres y desorden crecientes. La sucesión de políticas de expansión y estabilización, en plazos muy cortos, y la conflictividad sindical paralela, condujeron a una fuerte demanda de autoridad y orden.
Thatcher fue la respuesta británica a esa demanda, y el optimismo vital y nacionalista de Reagan su versión para la sociedad de Estados Unidos, desalentada por la emergencia de la «nueva cultura» en los años 60, por la división interna en torno a la guerra de Vietnam, el escándalo de Watergate y la caída de Nixon, todo ello coronado por la humillación de la toma de la embajada de Teherán.
Cuando se recuerdan las crisis económicas y los sobresaltos que acompañaron a estos gobiernos neoconservadores, es inevitable pensar que la llegada de Gorbachov y la crisis y caída de la Unión Soviética, fueron factores decisivos para el asentamiento de las ideas neoliberales. Pero, a finales de los años 80, la larga agonía de la crisis de la deuda en América Latina y el colapso y desintegración del bloque soviético se tradujeron en un nuevo consenso neoliberal en economía, cuya traducción latinoamericana sería el Consenso de Washington, y al que se adherirían con entusiasmo las nuevas democracias de Europa del Este.
La crisis asiática de 1997, la bancarrota rusa y la crisis del cambio de siglo supusieron un fuerte desafío al optimismo neoliberal. Pero el clima ideológico entre lo que podríamos llamar «economistas globales» no cambió demasiado, gracias al estancamiento de las economías europeas. La muy desfavorable comparación entre el crecimiento casi nulo en la Unión Europea, con la notable excepción británica, y el rápido crecimiento de la economía en Estados Unidos, parecía ser una demostración inapelable de la superioridad del modelo neoliberal de sociedad, rebautizado como «anglosajón».
Esto ha supuesto una continua presión a favor de una agenda neoliberal de reformas en Europa occidental. De nuevo la excepción era el Reino Unido, por la sencilla razón de que el mercado de trabajo, considerado la clave del modelo anglosajón, está tan liberalizado como en Estados Unidos. Y, en cambio, el gobierno laborista ha ido inc reme ntando las inversiones en sanidad y educación, a la vez que se planteaba una reforma para mejorar el sistema de pensiones, que se ha convertido en un escándalo por su insuficiencia en comparación con las economías continentales y en contraste con el alto crecimiento de la economía británica.
En el resto de Europa occidental los gobiernos no sólo se han planteado reformas para flexibilizar el mercado de trabajo, sino que a menudo lo han hecho a la vez que se subrayaba la necesidad de revisar los sistemas de pensiones para garantizar su continuidad en una situación de prolongación de la esperanza de vida y envejecimiento de la sociedad por el descenso de la natalidad. Y esto a la vez que el Pacto de Estabilidad y Crecimiento les impedía llevar a cabo políticas anticíclicas para crear empleo.