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Letra Internacional 96 Letra Internacional

La derecha en transición

por Ludolfo Paramio
Letra Internacional nº 96, Otoño 2007

Número de páginas: 3
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La idea que se pretende desarrollar en esta nota es que, tras más de un cuarto de siglo, la ideología de la derecha ha alcanzado un punto de inflexión, que se refleja en la dificultad de ganar elecciones afirmando tajantemente sus principios, pero también, en el caso europeo, en la evolución hacia un mayor pragmatismo de sus políticas. Este pragmatismo se traduciría en una aproximación hacia el centro de los políticos conservadores.
Desde la primera presidencia de Reagan en Estados Unidos el clima ideológico del mundo ha estado marcado por la ofensiva primero y la hegemonía después de una nueva derecha cuyos principales rasgos eran la confianza y el optimismo sobre sus propias posibilidades. Aunque es muy posible, como ha señalado un reciente biógrafo, que esos rasgos fueran desde el comienzo una aportación de la personalidad de Ronald Reagan, el final de la guerra fría, la caída del muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética los reforzaron decisivamente.
A comienzos de los años 90 se podía pensar que ya no existían alternativas a la democracia liberal y a la economía de mercado: la historia, en el sentido hegeliano, había llegado a su fin. Ese optimismo, sin embargo, llevaba a conclusiones exageradas y un tanto peligrosas, por ejemplo, la de que los problemas sociales podían resolverse abandonando cualquier intento de intervención pública y dejando que el mercado se encargara de ellos. En América Latina esa era la ideología que acompañaba a la generalización del Consenso de Washington.
La crisis económica del cambio de siglo mostró que el coste de las reformas neoliberales podía hacerse insostenible en sociedades muy desiguales si el crecimiento económico se estancaba o retrocedía. El profundo malestar social contra los políticos y gobernantes identificados con el consenso neoliberal provocó en varios países de la región el ascenso de movimientos «neopopulistas», quebrando así la sencilla visión del futuro de los ideólogos de la nueva derecha. Hoy sólo los gobiernos de México, El Salvador y Colombia se identifican sin demasiados matices con esa perspectiva.
Pero quizá la idea más peligrosa, implícita en la confianza de la nueva derecha sobre sus propias posibilidades, era la de que el mundo se podía rediseñar eliminando los últimos bastiones del totalitarismo y del estatalismo económico. Conviene subrayar que no se trata de poner en cuestión el objetivo último de esta ambición. Extender la democracia y el respeto de los derechos humanos a todo el mundo sería un avance realmente histórico, y pocos dudan de que la desaparición de los estatalismos totalitarios, las teocracias autoritarias o las dictaduras y cleptocracias del mundo subdesarrollado sería muy deseable.
El problema es que esa idea conlleva dos premisas tan discutibles como peligrosas. La primera es la de que la democracia es la forma espontánea de organización política de una sociedad, más allá de sus complejidades o desigualdades internas. La segunda es la de que la fuerza puede ser legítima para desmantelar los regímenes opresores, contando con que la desaparición de éstos conducirá automáticamente, en virtud de la primera premisa, a la aparición de gobiernos democráticos y respetuosos de los derechos humanos.
LA AFIRMACIÓN DE LA FUERZA
La idea de que se podía recurrir a la fuerza militar, por encima de la legalidad y de la diplomacia, para crear un orden internacional acorde con los valores occidentales, alcanzó su cenit con la guerra de Irak. Esta idea estaba presente desde el comienzo del auge de la nueva derecha, pero se mantuvo dentro de unos límites aceptables hasta que la camarilla neocon del segundo presidente Bush decidió manipular los sentimientos nacionales de agravio tras el 11-S para desencadenar una guerra preventiva contra Sadam Husein.
En las invasiones de Granada (1983) y de Panamá (1989) impulsadas por Reagan y Bush padre, respectivamente, se podía argumentar que se trataba de desalojar a gobernantes ilegítimos y violentos, que la mayoría de la población de ambos países estaría de acuerdo con ello y, sobre todo, que el costo en vidas humanas de ambas operaciones sería limitado. Mucho más discutible fue la guerra de desgaste contra los sandinistas, dado que el instrumento utilizado, la Contra, fue responsable de crueles violaciones de los derechos humanos, como se podía esperar de la trayectoria de sus dirigentes, y que se trató de una guerra encubierta, sin control del Congreso de Estados Unidos.
El éxito de estas operaciones, y su costo limitado, sirvieron en todo caso para fortalecer la idea de que la fuerza no sólo podía ser necesaria en ocasiones, sino que era bueno afirmar su papel frente a las obsesiones «pacifistas» y «legalistas» tan extendidas en Europa. Dos hechos fundamentales, al menos, hicieron que la izquierda norteamericana y europea se sintiera a la defensiva en este terreno. El primero fue el despliegue de los euromisiles, frente a la modernización de los cohetes de alcance intermedio del Pacto de Varsovia en los últimos años de Breznev. Pese a que la decisión de la OTAN de instalar los misiles Pershing y Cruise tenía una gran racionalidad, el temor a que dieran origen a una escalada militar llevó a amplios sectores de la izquierda europea a oponerse a ella. La llegada de Gorbachov y su decisión de poner fin a la carrera de armamentos, y la audacia paralela de Reagan en su encuentro a solas con el dirigente soviético en Ginebra, en 1985, para cerrar esta última etapa de la guerra fría, sorprendieron al movimiento pacifista con el paso cambiado, legitimando a posteriori la opción militar de Reagan.
El segundo fue la invasión de Kuwait por Sadam Husein en 1990. La agresión irakí pareció demostrar de la forma más cruda que algunos regímenes, más allá de cómo trataran a sus propios súbditos, eran un claro peligro para sus vecinos, y que ante ellos podía ser imprescindible recurrir a la fuerza. Por supuesto que esto era algo que ya habían experimentado los iraníes diez años antes, pero el carácter hostil y oscurantista de la revolución islámica había hecho que la mayor parte de la opinión pública occidental desviara la mirada de aquella guerra de agresión.
El presidente Bush padre se cuidó de respaldarse para la primera guerra del Golfo en la legalidad internacional y en una amplia coalición internacional, lo que dejaba muy poco espacio para objeciones de corte moral. Así comenzó a extenderse un nuevo consenso a favor del uso de la fuerza en situaciones límite, aunque se tratara de guerras en sentido estricto, y no de intervenciones puntuales.
Con la intervención de la OTAN en Kosovo en 1999, durante la segunda presidencia de Clinton, se daría otro paso en la aceptación del uso de la fuerza. No podía haber una decisión del Consejo de Seguridad que respaldara el ataque contra las tropas de Milosevic, a causa del poder de veto de Rusia y su tradicional respaldo al gobierno serbio, pero la guerra contó con un amplio respaldo en la opinión pública. Era evidente, aun así, que el potencial bloqueo de Naciones Unidas ante situaciones que exigieran moralmente una acción armada sentaba un peligroso precedente.
Desde nuestra perspectiva actual lo que más llama la atención de las actuaciones de la Casa Blanca en todo este periodo es su realismo y su cauteloso pragmatismo ante las reacciones de la opinión pública. Pese a que la primera reacción de Reagan ante el sangriento ataque suicida contra los marines en Beirut, en 1983, fue afirmar que no retiraría las tropas desplegadas en Líbano en misión de paz, pocos meses después comenzó su evacuación. Diez años más tarde, el presidente Clinton haría otro tanto en Somalia, tras los incidentes de Mogadiscio.
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